Todavía es niño

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Cuando en 1959 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño, él era uno de ellos con once años de edad. Estaba en la etapa de pre desarrollo, es decir, antes de que se le abultaran los testículos, el vello púbico comenzara asomarse por allá abajo, el bichito aquel empezara a coger tamaño y la laringe se le agrandara para el entone de voz.

De pantaloncitos cortos todo era carritos de hojalata, el caballito y la pistolita de palo, el rin de una bicicleta arreado con un palito o un pedazo de alambre, una patineta de madera, avioncitos de papel, etcétera, hasta la llegada de los juguetes convencionales.

Cuando desde su casa  aguzaba la vista mirando los tanques y cañones prestos a mantenimiento y ejercicios en los terrenos del cuartel Rafael Urdaneta, Catia (hoy talleres y garaje de los trenes del Metro de Caracas), imaginaba  los juegos de guerra que armaba con sus soldaditos de plástico. Los domingos, la izada y arreada del tricolor nacional era toda una impelable ocasión para ir con la familia a escuchar la militar retreta.

Y era que in crescendo, siempre salía a la calle a jugar fusilao, el escondido, la ere, palito mantequillero, gárgaro agachao, guataco por las orejas y otros antojos. Con las hembras saltaba la cuerda, arrimaba su pie al pisé y se daba ínfulas al jugar papá y mamá apostando ser un protagonista de radionovelas. Por supuesto que ese niño ya en pleno desarrollo leyó a Lorenzo y Pepita, Archie, El Fantasma, Trucutú, Periquita y otros cómics encartados en el periódico. También le metió mano a la pelotica de goma, se puso los patines de la avenida pa’ abajo, se calzó el guante, bateó la bola de beisbol, dribló la de básquet, se lanzó a la piscina.

Con ganas adolescente, aún con el niño adentro, iniciado en aventuras de TV con Rin Tin Tin, Furia, El Zorro, Los Tres Chiflados… fue al cine a ver a Tarzán, Santo, Abot y Costelo, El gordo y el flaco… arrimado al algodón dulce, la cotufa, y el maní en los cines catiences. Las noviecitas, que nunca le faltaron, son cuento aparte.

Muchos años después fue devuelto por su primogénito al parque infantil, el ludo, el monopolio, las metras, el trompo, el papagayo y el beisbol; luego éste le picharía a una nieta y ahora a un par de bisnietas. Acostado junto a ellas, les lee La Cenicienta, El gato con botas, Pulgarcito, Pinocho y otros clásicos, que a mitad de historia lo dejan dormido soñando que todavía es niño.

ÉPALE 422