Todos los joropos

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Un sonido constante, las maracas perpetuas que proponen la síncopa de un golpe seco o escobillao. La armonía de las cuerdas con el cuatro enlazando acordes. El bajo que lleva la rítmica hasta el paroxismo del contraataque. Una voz iracunda se introduce en la memoria y nos grita “Venezuela” desde la reconocible evocación de la extensa sabana, hasta el reclamo místico del amor contrariado.

Es el joropo llanero, uno de tantos aportes de nuestros ricos matices musicales al panorama cultural del mundo. Pero solo uno más. De ahí a la idea de considerarlo nuestra voz más profunda, es lo mismo que suponer a Rómulo Gallegos como el más conspicuo de nuestros escritores y a Acción Democrática como el partido del pueblo.

“Cómo no voy a deciiiiiiirrrrr que me gustaaaaasssss” estalla Luis Silva, uno de los más populares intérpretes del joropo macho-cabrío, y uno piensa en las millones de horas/hombre que se han transitado en este país para establecer, con la bendición sobrevenida de Corazón Llanero, que se trata de “la música venezolana”, en singular, porque lo suenan hasta el cansancio las emisoras FM en la franja horaria de cinco a ocho de la mañana, las camioneticas destartaladas que atraviesan la avenida Urdaneta y el DJ que contrató papá para los quince años de la nena.

Ni siquiera es el único joropo que se interpreta en Venezuela: compite con el oriental que se practica en Monagas, Sucre, Anzoátegui y Nueva Esparta; el central o tuyero que se hace en Miranda, parte de Aragua y Carabobo; el guayanés que se escucha en Bolívar; el larense que también es golpe tocuyano y se ejecuta entre Lara y Yaracuy; y el joropo andino que cubre los estados Táchira y Mérida.

Tampoco es que el joropo llanero es el más bello, aunque esto quizás entra en el espectro de las subjetividades, porque los otros son tan variados y gustosos que se regodean en sonoridades diversas acompañadas de violín, mandolina, bandolín, guitarra, tiple, tambora, cuereta, armónica, etcétera, instrumentos que revelan la inmensa gama de posibilidades sonoras de la Venezuela insondable.

Ni es el más auténtico, pues, al final, todos tienen como punto de partida el mestizaje marinado a partir de la conquista de las tierras de ultramar en el siglo XVI, que agregó a la multiculturalidad del país el recuerdo lejano de la cita del xoropo, esa voz árabe que expresa el encuentro en una parte de la casa para la celebración.

El joropo también es un estado de cosas: es el baile, la alegría, el intercambio, las arepas, el trago. Es la identidad híbrida que se ha dejado imponer un solo camino frente a ese laberinto de probabilidades infinitas que es la música del pueblo, tan variopinta como sus necesidades y anhelos, más allá de los clichés comerciales.

ÉPALE 426