Todos los reyes, un rey: Ubú

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Alfred Jarry estrenó en 1896 una enorme pieza teatral, Ubú Rey. En principio, seguramente con intención del mismo autor, se consideró una pieza satírica, sin embargo, a la luz de hoy, es más bien una obra fundamentalmente realista y triste. Alfred Jarry le abre la puerta al dadaísmo, al surrealismo, al teatro del absurdo; movimientos que, a su vez, derramaron sobre el arte y el pensamiento un formidable balde de libertad, de mirada multidimensional a lo que significa ser humano.

Ubú es un personaje sin ningún tipo de moral, que vive de explotar a sus súbditos. Se solaza en el poder hasta la perversión. Su referente son los reyes de la vida real y personajes como Ricardo Tercero, Macbeth, Titus Andrónicus, etcétera. Él, al igual que toda la realeza antigua y contemporánea, tiene la facultad de imponer la moral, las buenas costumbres, el buen decir, la moda, a su antojo. Tanto, que este perverso grupete de ricos y poderosos seres se hacen llamar nobles. En consecuencia, la palabra nobleza siempre ha tenido dos significados: Clase social poderosa que hace estrictamente lo que le da la gana porque lo merece por razones hereditarias, y un compilado de valores humanos tales como honestidad, rectitud moral, solidaridad. La palabreja es un oxímoron en sí misma. Como es un oxímoron hablar de monarquías democráticas.

Binomio que, una vez absorbida la revolución francesa, se convirtió en la nueva estrategia, la nueva burla al resto de los mortales de los estamentos del poder absolutista europeo.

El descaro de Ubú es tal que es fácil determinar su carácter dual. Por un lado, es un rey a todo dar, por el otro es un bufón. Al bufón muchos estudiosos lo definen como el alter ego del rey, un monarca torcido, las partes oscuras del regente. Algo así como el arquetipo de la sombra que describe Carl Jung.

Los reyes no solamente utilizaban a un ser humano para humillarlo, para divertirse a sus expensas, sino que les servía para drenar su conciencia y para poder contar con alguien que le advirtiera sobre cómo era percibido. De allí ese permiso -único en la corte- que tenía el bufón para burlarse de su principal burlador.

Dentro de esa dialéctica del amo y el esclavo, el bufón, ese rey distorsionado, es quien más le otorga identidad, carácter de verdad a toda esa faramalla de la realeza, la sangre azul, el apellido noble y demás pendejadas. A falta de bufones medievales y renacentistas, las monarquías contemporáneas usan, para siempre ratificarse, al descomunal bufón compuesto por los medios de comunicación y el infinito ejército que replica en todo el planeta, chistes, obituarios, ceremonias y demás sandeces sobre la pandilla real.

Previous article

El rinoceronte