¡Ufff chiamooo, semerenda nota! (Y 2)

Segunda entrega de una crónica que narra las vicisitudes del consumo de drogas en Caracas de mediados del siglo XX

Por Francisco Aguana Martinez • fcoaguana@gmail.com / Fotografías Archivo

La sala de cine en Catia se llenaba de humo

Clocló y Cocú eran “par de dos”, par de raticas, uña y sucio -unas mentecitas pues- a quienes cabe la deshonra de estar dentro de los pioneros (1953) del jibaritismo parroquial. El dueto expendía “la merca” en la voluminosa cantidad de bares que habían en Catia y también en los cines, provocando en los cinéfilos consumidores reacciones que emulaban a los populares héroes de las películas: Superman, Batman, Tarzán, Dick Tracy, etcétera. Y sino, a los luchadores: Santo, Blue Demond, Huracán Ramírez y otros. “El Hombre Invisible” era muy popular pero inimitable; igual Flash Gordon, pero lo evadían porque todo lo hacía muy rápido y algunas mujeres insatisfechas acusaban a los hombres: “¡nojooda, chico: te pareces al Flaj Gordon ese! Y aquello era coñazo y coñazo a la salida de los teatro-cines. Cuentan que en el año 72 proyectaron la película del Festival de Woodstock en el vetusto teatro Bolívar (1929) de la avenida Sucre y en la sala parecía que había penetrado la espesa neblina de Catia debido a la generalizada quema de “monte”. Cuando prendieron la luz, la sala estaba llena de policías de “la metro” (Metropolitana) por todos lados queriendo llevarse presos a los que estaban “tronos  o trabaos”, que le decían a los pacos haciendo la V de la victoria: “paz y amool, broder, paz y amool”.

Los cinéfilos vacilaban mejor las películas

La marihuana era la droga más solicitada en el ámbito popular desde los años cuarenta. A partir de los sesenta su consumo creció exponencialmente gracias al contradictorio apoyo de las campañas de prevención que según algunas investigaciones lograron estimular la curiosidad de los más jóvenes de la sociedad transformando un problema de orden público en uno de salud pública; agregando un elemento más a la violencia generalizada del país en donde los gobiernos llegaron a admitir que la delincuencia estaba ganándoles la batalla. Tuvo también una característica clasista porque mientras en los sectores populares se consumía “la marroña”, preferentemente, desde la clase media para arriba se usaban las drogas exóticas: cocaína, opio, morfina, hachís, LSD etcétera. La droga también fue un aliado más y efectivo en la lucha contra el comunismo, en el caso nuestro se utilizó para intoxicar a los muchachos y apartarlos de las luchas populares que ese momento ocurrían. El consumo y distribución de drogas incorporó al léxico caraqueño numerosos términos. A la marihuana, por ejemplo, se le llamó: mariguana, marijuana (en clave, tú sabes: pa’ disimulá) hierba maldita, yerba, monte, marroña, manteca, mafafa, machiche. De esos sustantivos se derivaban los calificativos al consumidor: marroñero, mafafo, mafafero, machichero, y marihuanero. ¡Ah! y también periquero si consumía cocaína, y dañao y drogo. A estos se agregaban los provenientes de la psiquiatría y la policía: consumidor, drogo o narcodependiente; sustancias psicotrópicas y estupefacientes. Narco se convirtió, a partir de los setenta, en un prefijo para denominar la mayoría de las actividades relacionadas con la droga: narco: mula, terrorista, distribuidor, tráfico, guerrilla, negocio etcétera.

 “Paren al mundo que me quiero bajar”

La prensa reseñaba a malas conductas

Fue una de las consignas más contundentes y reveladoras del ánimo que imperaba en aquella sexta década donde cada año se incorporaban más y más consumidores jóvenes buscando sumergirse en la inconciencia quizás para no enfrentarse a la desesperanza, la miseria y la confusión reinante. Otros, claro está, lo hacían por puro hedonismo, por imitación o porque “era sévere broder”. Fue tal la avidez por las drogas que hasta en Berkeley, Estados Unidos, elaboraron un manual para preparar “bananadine” con conchas de plátano y de cambur. (¿Te ‘tas fumando las cáscaras de guineo? pregunta Lavoe en una canción). Siguiendo esa onda drogo-ecológica los dañaos de aquí elaboraban sendos tabacos, yoe, chicharras, o rolinpeiper, con las semillas de manzana y de Barquisimeto se trajeron la campanita (escapolamina) de la que se deriva la burundanga pa’ engorilarse. Sumémosle a esto las pastillas analgésicas como el optalidón, conmel, cafenol que ligaban con “cocacola” y se metían senda voladora. Al que las consumía se le decía que estaba “pepo” por meterse también remedios psiquiátricos como mandrax, rupinol, fenobarbital, seconal sódico etcétera. Catia era la principal productora de calzados del país y los huelepegas tenían latas a montón para facharse. La mayoría eran niños que en las noches parecían enanos espectrales y se movían como zombis.

Hippies, patoteros y carteles

Las pandillas vandálicas fueron liderizadas por los grandes

Durante todo el siglo pasado fuimos la caja de resonancia, primero, de lo que sucedía en Europa y luego de lo que ocurría en los Estados Unidos; lo que acaecía socialmente en ambos lados repercutía aquí casi inmediatamente y lo reproducíamos adaptándolo a nuestra manera de ser. En los Estados Unidos comienza a gestarse, a partir de los años cincuenta, una serie de movimientos contraculturales que, rápidamente fueron penetrados por los gobiernos de la época, temerosos de perder su hegemonía. Así que muchos fueron infiltrados mediante el consumo del LSD a través de la operación “MK” Ultra organizada por la CIA y el FBI para controlar la mente de los protestatarios. La droga también fue suministrada por el mismo gobierno a los soldados gringos que pelearon en la larga guerra de Vietnam para que se sintieran más poderosos y redujeran las horas de sueño. Con eso se repetía lo que ya habían hecho en la segunda guerra mundial en la que se comenzó a experimentar con anfetaminas y metanfetaminas. En los años sesenta aparecen los “jipis” con su consigna de “paz y amor” su prédica de amor libre y su vida errante y comunitaria. Tales muestras de libertad fueron neutralizadas por la psicodelia y la difamación de Hollywood que los convirtió, con sus road-movie, en maleantes de carretera y arrasadores de pueblos. Aquí en Caracas fueron replicadas, hacia finales de los sesenta, entre otros grupos, por las llamadas “patotas”: pandillas vandálicas constituidas por “niños bien” del este de la ciudad que se desplazaban en costosas motos identificándose con nombres como: Los Intrépidos, Los Chéveres, Plata Negra etcétera. Andaban con gruesas cadenas con las que destruían lo que se les atravesara y con las que peleaban entre sí. Y claro: consumían drogas duras y costosas en los estacionamientos de centros comerciales, algunas discotecas y en las llamadas “mermeladas”: eventos creados por Cappy Doncella y los “Cerebros Elásticos” para difundir la era de acuario. Las patotas cesaron en 1973 combatidas por el “gato” Molina Gásperi” de la PTJ y por el repudio social que advino luego del asesinato, por una de esas pandillas, del niño Vegas Pérez. Las décadas siguientes verán expandirse el tráfico y consumo de todo tipo de drogas con el hipócrita descaro de gobiernos y organizaciones que decían combatirlas y que, lejos de impedirlo lo convirtieron en uno de los mayores negocios del mundo. Toda una verdadera poderosa y pujante industria transnacional organizada en carteles  que deja enormes ganancias a sus socios y su estela de cadáveres y miseria humana regados por todas partes.

Aparecen los movimientos con consignas de paz y amor

Amistades peligrosas

Dolores de cabeza dieron muchos

No la tenían fácil los consumidores o drogos a mediados de los sesenta y setenta. El “qué dirán” era determinante en su comportamiento y sobre ellos pesaba la segregación y hasta el desprecio no bien disimulado. La muchachada se dividía entre los chamos sanos y los dañaos. Los últimos se escondían “pa’ metese su vaina”, chirriarse, arrebatarse, meterse una nota o un tabaco, darse un viaje o unos toques, ponerse pa’ tras o hasta el culo (hoy en H-Mas), engorilarse, ponerse borrao, sollao, alucinao, “echalse a peldel”. Se escondían, si, pero el olor, los ojos y el extraño comportamiento los delataba. Cuando se coincidía con uno o varios de ellos primero llegaba el chisme a la casa que uno mismo. “¡Fulano! Te llama tu amá” te avisaba alguien, te sonaban las alarmas y te ibas como en un dolly-in, veías a tu mamá en un plano general en la ventana de la casa y te detenías en un primer plano de su rostro adusto y fruncido el entrecejo; abría la puerta y ordenaba: “pasa pa’dentro -y uno chorreao- blandiendo un palo inquiría altisonante: “¿se pué sabé qué hacías tú hablando con el Pablo Escobar y el chapo ese ¡ah!? ¡Habla, carajo!”. Con voz trémula y temblando respondías: “na, na, nada amá: es que me los encontré y los estaba saludando”. Sentenciosa advertía: “que sea la última vez que yo sepa que tu andas con esos mariguaneros, porque la próxima te doy un coñaza de padre y señor mío ¿me oiste?”. “Si amá, si” repondías y en lo subsiguiente cuando veías algún carajo de esos cruzabas para la otra acera para evadirlo porque enseguida recordabas la advertencia materna y que va mi pana ¡ni de vaina!

El Chapo y Pablo Escobar eran las peores referencias del narcotráfico

ÉPALE 345