Un cronista llamado Earle

Por Natchaieving Méndez • @natchaieving

“Andábamos por los 18 años cuando nos conocimos, nuestro primer día de clases en la UCV. Estudiaríamos juntos toda la carrera, en tiempos de Mayo Francés, renovación académica y allanamientos semestrales. Ángel, joven urbano, me hablaba de Camilo Manrique, y yo, nieto de coplero, de Florentino y el Diablo. Me recordó a mi vieja un día que, en el final de psicología, me preguntó apremiado: “Earle, ¿qué es un motivo?” Y yo, sin apremio, le soplé: “Es una rosa pintada de azul”. ¡Ay, Ángel!”. De esta manera, Earle Herrera, se despidió de mi padre Ángel Méndez.

Vivía entonces el infausto momento que la mayoría de los seres humanos atraviesan: la evidencia de la mortalidad de su superhéroe, y él, con su pluma precisa y correcta supo describir el dolor y el significado de la partida de un amigo. “No hay mejor manera de despedir a un cronista, bravo y gracias profesor”, pensé, aunque nunca tuve la oportunidad de decírselo.

Lo llamo profesor aunque nunca fui su estudiante, pues mi ingreso a la universidad se dio años más tarde de su jubilación. Sin embargo, sin ser parte de su clase, su influencia estuvo allí en profesores que fueron sus alumnos, compañeros de trabajo que siguieron sus enseñanzas, entrevistas que constantemente ofrecía y en un largo legado de publicaciones de referencia que van desde la narrativa hasta los textos más especializados de periodismo.

En mi destino estuvo siempre encendida la llama de croniquear  la realidad y Earle, el cronista y narrador, sin saberlo fue uno de los promotores. Recuerdo que en la biblioteca de papá un libro llamó mi atención: Cementerio privado (1988), y aumentó mi interés cuando pregunté a mi padre y este me dijo: “Ah, ese es de Earle, ese carajo es pana mío, estudiamos juntos”. A los nueve años, sin tener consciencia que mi papá era mi papá periodista, me parecía curioso que quien escribía un libro fuese algo cercano a mi papá. Para mi un escritor era un ser de otro mundo, casi que con poderes sobrenaturales, fuera de lo normal. Me decidí a leerlo.

Fueron 33 cuentos escritos en 169 páginas y desde la primera palabra me enganchó a la lectura. Oraciones sencillas, cortas, claras; imágenes muy bien descritas; un uso de los signos que guiaba la emotividad de la lectura, el suspenso de cada una de las historias… caramba, muy difícil para una aprendiz de la lectura no dejarse envolver con esa forma discursiva. Fue el comienzo para enamorarme de los cuentos cortos y luego por la crónica.

Muchos de sus estudiantes cuentan la importancia que este cronista daba al hecho de relatar los acontecimientos de principio a fin, situando al lector con cada detalle que pueda conectar con su memoria sensorial, vivencial y geográfica. Tal como bien hacía, se trata de emplear la palabra de forma puntual, sencilla, sin parafernalias lingüísticas que atrapen la curiosidad humana e innata de saber.

En un conversatorio Herrera enfatizó que quien decide incursionar en la crónica debe leer a dos autores a quienes calificó de “grandes cronistas”. Estos, Aníbal Nazoa y Orlando Araujo, seguramente están allá, en la eternidad, sentados y bromeando junto al cronista de la salsa, Ángel Méndez, contando anécdotas como aquella cuando este último preguntó al recién llegado a esta reunión, “¿qué es un motivo?”. ¡Ay profe Earle!

ÉPALE 443