Un efusivo abrazo

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Cuando salió para el quinto, quizá iba pensando que su brazo había hecho bastante. El 4×4 en pizarra le decía que debía mantener el control ante los siguientes bateadores, todos unos “Caballos”. Sabía que sacar el inning era dejar cumplida la misión. La noche cubana de aquel 18 de noviembre de 1999 contagiaba regocijo en un amistoso encuentro entre el equipo de veteranos de ese país y los venezolanos. El estadio Latinoamericano de La Habana, sin el lleno habitual entre el Industriales y el Villa Clara, con el público abanicando banderas de los dos países y la emoción jugando cuadro cerrado.

A lo mejor la toletería cubana sentiría un honor el batearle pelotas a un lanzador presidente, no otro que el zurdo venezolano Hugo Chávez, recién instalado en el poder. A su amigo, el primer ministro Fidel Castro, manager a la sazón del grupo anfitrión, se le veía compartiendo seriedad y bromas dentro de su dogout.

El primer bateador del inning elevó a lo lejos un estacazo, atrapado oportunamente, asomando una nerviosa sonrisa en el lanzador con el sudor de la frente bajándole a rapel. No era para menos enfrentarse a unos anfitriones de tantos quilates. Burlándose de la rabo e’ cochino, los tres siguientes bateadores se embasaron teniendo el manager Remigio Hermoso que relevar al pitcher ante la llegada al home del “Hombre de los grandes momentos”, Lourdes Gourriel, considerado como uno de los veinte mejores toleteros de todos los tiempos en la pelota cubana.

Un hombre calzando unos lentes correctivos se hizo cargo, mientras Chávez fue a cubrir la primera base. Este sería el lanzador derecho Luis Peñalver, como todos aquellos hombres en la acera de la tercera edad. Lo primero que hizo fue ir a hablar con el catcher, y ya en acción, al rato tenia al bateador en dos bolas y dos strikes, uno de estos haciéndolo dar un furioso zapatazo al suelo. El próximo swing llevaría la bola al short para doblar a segunda y el tiro a primera: doble play.

Quizá el presidente Chávez, nunca antes había cruzado un deportivo abrazo tan efusivo como el que le dio esa noche a Peñalver.

ÉPALE 438