Un lugar común deseable

Por Rodolfo Porras

¿Cómo trabajar en los medios de comunicación sin resbalar con uno que otro lugar común? Y más difícil: ¿Cómo hacerlo sin repetir modelos o estilos? He aquí los dos primeros resbalones en este escrito: “ya todo está inventado” y “no hay nada nuevo bajo el sol”.

Aunque parecen decir lo mismo en realidad uno se refiere a la innovación y el otro al descubrimiento.

En la antigüedad bien sea Egipto, Grecia, Roma, China, India, tropezamos con estructuras políticas, luchas por el poder, organización social, privilegios, funcionariados, repartición de bienes y propiedades, códigos, rebeldías, lucha de clases con contenidos que se repiten hoy en casi cualquier parte del planeta.

El periodismo político, entonces, ha caminado –aún antes de su nacimiento propiamente dicho- entre las aguas de la repitencia.

Cualquier libro, manual, ensayo que describa el periodismo político, lo circunscribe a un área conformada por la estructura del poder, tanto del Estado como el de cualquier organización que se sustenta en jerarquías; a lo que se le suman la lucha por el poder; los procesos en los que un individuo o un grupo lo asume. Incluye los distintos sucesos que se generan para regular o desplazar el orden establecido, como postulados, movimientos, rebeliones. Y también las acciones de las personas que se manejan en el tinglado político y las consecuencias de sus actos sean o no parte de la vida pública.

Aunque no faltará quien recurra al manido e inútil concepto de que todo lo que hacemos es político, la generalización del párrafo anterior contiene –más o menos– el espectro que limita y propone los alcances de la actividad del periodismo que nos atañe en este artículo.

Dentro de este espectro hay conceptos fundamentales que le dan sentido al abordaje de la actividad: ética, objetividad, compromiso, percepción, enfoque; conceptos que comienzan a salirse de la competencia de los manuales y se cuelan en la vida cotidiana del emisor y en el de sus lectores. Como afirmó Earle Herrera en varias oportunidades, es evidente que el periodista influye en el lector. Esa influencia puede ser devastadora si estos conceptos, que además son valores, no privan en el ejercicio de la profesión.

Lo curioso es que hay una palabra que sirve de antónimo para todos estos conceptos reunidos y es el palangre. Que es lo contrario a periodismo, a la ética, la objetividad, el compromiso. Aunque podría decirse que está vinculado a la percepción y al enfoque… pero en ambos casos en el sentido de distorsión.

El palangre, como una especie de demonio mitológico, cuya presencia es profundamente destructiva, es tal vez esa fuerza antagónica que permite vislumbrar con más claridad la razón de ser del periodismo: la necesidad de informarse de un colectivo obedece a la necesidad gregaria de pertenecer, de compartir una visión, aunque la valoración sea disímil y hasta opuesta entre sus miembros. El periodismo cumple esa función, informa, puede que se tome partido frente a los acontecimientos, pero los presenta sin distorsión, sin engaños.

De allí que sea pertinente el ejercicio militante del periodismo, no sólo en el oficio sino en una visión del mundo. El periodismo político adquiere, entonces, una dimensión más compleja y rica, en donde la verdad y lo que se piensa de ella no solamente es un compromiso ético sino la invitación a un mundo y un ser humano nuevo bajo el sol, en una sociedad capaz de inventarse todos los días. Y que el lugar común sea el universo en el que compartimos eso que somos.

ÉPALE 443