Una biblioteca doblemente llena de historia

En la esquina de El Conde, los libros y el pasado de Caracas comparten un espacio que lleva el nombre de Simón Rodríguez

Por Clodovaldo Hernández@clodoher / Fotografía Michael Mata@realmonto

Casi todas las bibliotecas están llenas de historia: la que está contenida en los libros, claro. Pero algunas, como la Biblioteca Pública Central Simón Rodríguez, lo está en más de un sentido.

Asentada en una edificación que ocupa un hito en la crónica de la arquitectura venezolana, lleva a cuestas mucha de la vida pasada de Caracas, de sus personajes y de sus grandes acontecimientos.

Empecemos por los primeros años, hace ya más de dos centurias. En el lugar donde hoy  funciona este centro de consulta bibliográfica estuvo la casa de uno de los individuos con título nobiliario que residían en la ciudad colonial a finales del siglo XVIII: Antonio Pacheco y Tovar, el conde de San Javier.

¿Quién era este señor? Pues un rico hacendado de cacao que había comprado su rango a España, igual que lo había hecho su vecino, Fernando Ignacio de Ascanio, conde de la Granja, cuya casona estaba al cruzar la calle, donde ahora se encuentra el pasaje Capitolio, justo al lado del hotel El Conde. Esa es la razón por la que la esquina ubicada a una cuadra del extremo noroeste de la plaza Bolívar, lleva el nombre de Conde o El Conde. Los puristas opinan que, en rigor, debería llamarse “esquina de Los Condes”.

Algunas versiones históricas aseguran que en la casa del conde de San Javier, es decir, del señor Pacheco y Tovar, se instaló la Junta Suprema de Caracas Conservadora de los Derechos de Fernando VII, el 20 de abril de 1810, al día siguiente del célebre paso inicial hacia la Independencia. Luego, en marzo de 1811, se congregaron en sus salones los diputados del primer Congreso de Venezuela.

Como pasa con casi todos los lugares antiguos, este también tiene su leyenda oscura, con espantos y aparecidos.

Cuando la mansión original estaba en construcción, un niño quedó atrapado en las obras y quienes las estaban ejecutando no fueron lo suficientemente diligentes para rescatarlo. Para decirlo con una frase al uso, lo dejaron morir. La madre maldijo al conde, como dueño del lugar, y este tan pronto ocupó la casa, sufrió diversas desgracias, comenzando con la muerte de su esposa. Deprimido y amargado, ordenó pintar de negro todas las paredes y se encerró en la vivienda, muriendo dos años más tarde. El heredero de la casa, un hijo de la pareja, no quería saber nada de tan malhadado inmueble. Según sirvientes y vecinos, tanto el niño muerto como el conde, solían deambular por ella y sus alrededores.

Es fama que al fantasma del conde se le avistaba con una vestimenta muy apropiada a su condición de mantuano: una especie de faldón con muchos adornos y faralaos, capa, espada al cinto y una frondosa peluca blanca, es decir, tal como lo pintó Bartolomé Alonso de Cazales, en un cuadro que pertenece a la colección de la Galería de Arte Nacional.

La casa, pese a su fama de embrujada, tuvo varios usos notables a todo lo largo del siglo XIX y hasta la segunda década del XX. Allí funcionaron la Imprenta Nacional y los periódicos El Eco Venezolano y El Nuevo Diario, este último vinculado al gobierno autocrático de Gómez.

En los años treinta se ordenó la demolición como parte de una ola de “renovación urbana” y comenzó la construcción del edificio que, en su momento, fue considerado un “rascacielos”. Y es que, con sus tres plantas, era el primero con ascensor en la ciudad. Esa característica y el diseño estilo art déco, del arquitecto Guillermo Salas, hicieron de la torre un emblema de la modernización de la urbe.

El proyecto original es que sería el Palacio de Agricultura, base del Ministerio de Salubridad y Agricultura y Cría, pero cuando estuvo terminado, en 1936, poco después de la muerte de Juan Vicente Gómez, se resolvió que fuese la sede del Ministerio de Educación. Es por ello que en la entrada se encuentra una obra en relieve que representa dos estadios de la educación en Venezuela: antes y después de la Independencia.

En los años ochenta el edificio pasó a ser una biblioteca pública, con el muy honroso nombre de Simón Rodríguez. Un busto en mármol gris del gran pedagogo se encuentra en el vestíbulo, junto a los de otros tres grandes académicos: José María Vargas, Juan Manuel Cajigal y Andrés Bello.

En un reportaje publicado en el blog Puraguapura, se señala que el arquitecto Salas era masón, y a eso se debe la existencia de varios símbolos de esa institución iniciática en la obra. “El vitral, uno de sus principales atractivos, es obra de su sobrino Eduardo Borges Salas y representa el conocimiento, la curiosidad y la investigación. De noche, al cambiar la luz, el hall cambia completamente y da la sensación de estar en un magnífico teatro”, dice el trabajo periodístico.

La Biblioteca Pública Central Simón Rodríguez  fue una de las más concurridas por los estudiantes de primera y educación media. La afluencia, como la de todas las bibliotecas, ha disminuido por causa de la omnipresencia de lo digital.

En la actualidad tiene salas de lectura especializadas en Ciencias Sociales, Artes, Humanidades, Literatura, Historia de Caracas y libros juveniles. Hay también un espacio dedicado al pensamiento y la obra de (y sobre) el comandante Hugo Chávez, un auditorio, un infocentro y un centro de libros chinos.

El enfoque de sus directivos es que sea no solo una biblioteca, sino un punto de encuentro cultural. De allí que -aunque con las limitaciones derivadas de la pandemia- alberga presentaciones de teatro, recitales de poesía y cine-foros.

Quien quiera visitar una biblioteca doblemente cargada de historia, en la esquina del Conde tiene la oportunidad perfecta.

Historia, libros y fantasmas Foto Archivo Internet

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