Una tarde perfecta

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Benévola fue la tarde del pasado 2 de octubre con el grupo de músicos apostados en el bulevar Conde a Principal, sitio de descarga en sábados flexibles, sin el asomo de chubasco y truenos como en las anteriores. Fue una tarde perfecta, como perfecto fue el homenaje que le rindieron a su ídolo Julio Jaramillo, el cantor poeta nacido el 1 de octubre de 1935 en Guayaquil, provincia de Ecuador.

Ya desde las dos de la tarde, bioseguridad mediante, el grupo afinaba un variado repertorio cuando oyeron a Ángel recordarles que el afinque sería en honor a Jaramillo a los 86 años de su nacimiento, a quien él había acompañado con su requinto por los días de gloria de “El Ruiseñor de América”, como era nombrado el cantante ecuatoriano. Cinco guitarras y un requinto en complicidad con las gargantas. Para eso estaban Juan, Omar, Jesús, “El chino”, Wilmar, Crucito, Freddy, Ricardo y el compa que quisiera incorporarse. Las mujeres iguales de buenas para el bolero, el vals, el pasillo también ahí al pie de los arpegios de las cuerdas, el chasquido de las maracas y el repique del bongó, con Lila, Blanca y Juanita vueltas toda inspiración.

Como tribuna, el banco de cemento bajo la umbría de uno de los árboles frente al estacionamiento de la cancillería y el restorán La Fragata, con su menú de carnes a precio de dólar today, como marco de referencia; los viandantes que veían y oían el entusiasmo cifrado en tercera edad; los celulares recogiendo la nota…

El re menor, el fa sostenido menor, el Si bemol Mayor, el Sol Mayor, etcétera, testimoniando lo suyo con: Madrecita, Sigue mintiendo, Ódiame, Alma mía, Interrogación, Rondando tu esquina, Mi muchachita, Noches de Hungría… haciendo revivir, en lo personal, la nostalgia y el despecho en aquellas farras rocoleras de por esos bares. El grupo se agrandaba entre exclamaciones, aplausos y unos traguitos a discreción que nunca faltan en una reunión como esa dedicada a un bohemio y parrandero como lo fue el homenajeado. Unas galleticas para el antojo y unas arepitas para calmar el filo. Si bien el asunto era de hombres, las damas no se quedaron atrás, destacándose las voces de Lila, Navidad; Blanca, Nuestro juramento y Juanita, lanzada con Te regalo el corazón luego de calmar los nervios con un par de guamazos.

La tarde no olvidó la perfección con la que comenzó, enlazándose con la noche en una simbiosis crepuscular, para que los amigos bajaran la santamaría ya pasadas las siete de la noche al compás del Alma llanera.

ÉPALE 433