Veinte puntos

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

La primera y única vez que he actuado en una obra de teatro, fue cuando cursaba el segundo grado de primaria en una escuelita paga de la vereda 14 en Urdaneta, Catia, años cincuenta del siglo pasado. Me asignaron nada menos que el papel de Francisco Salias, con la misión de atravesar la Plaza Mayor e ir a buscar a Vicente Emparan (personificado por mi condiscípulo el flaco Muñoz) antes de que entrara a la Catedral de Caracas, llevarlo a cabildo delante del pueblo, y todas esas cosas que relatan los libros. La idea de la maestra Carmen de llevar al pobre Muñoz halado de la oreja, causó risas entre los compañeritos y representantes asistentes al acto cultural. Aún recuerdo la mirada que plantó Muñoz, pero ni modo, con el veinte en la boleta que nos ganamos asunto arreglado.

La historia en pleno desarrollo dice mucho sobre un Francisco Salias teniendo el honor de ser edecán de su tocayo Francisco de Miranda, y de andar con el Libertador Simón Bolívar desde 1813 en adelante representando a la patria que se gestaba, e intervenir en la fragua independentista.

Los hermanos Salias, caraqueños, seis en total, muy echados para adelante, huérfanos de padre, vivían con su madre cerca de donde hoy está situado el Teatro Municipal. Su casa fue puesta a la orden de la conspiración anticolonialista, destacándose Vicente, coautor del himno patrio, de quien dice el historiador Arístides Rojas ser la parte etérea de la familia, muy acentuado, cabeza erguida, entusiasta, epigramático y demás calificativos al por mayor.

Volviendo al suceso del 19 de abril, don Arístides sale a defender a Francisco Salias de historiadores, opinadores de siempre, diciendo que éste llevó a Emparan a empujones, con un puñal en la espalda despojándolo del bastón de mando en medio de la burla y el abucheo del pueblo.

“Salias no agarró por el brazo al gobernador, ni hubo necesidad de esto, ni de amagos. Salias se insinuó, manifestó el deseo general y triunfó, sin necesidad de amenazas ni atropellos. Tampoco lo despojó del bastón de mariscal, pues Emparan tornó con él al cabildo, con él pasó su detención de pocos días y con él se embarcó. Las frases ‘arrancó el bastón, le despojó de la insignia de mando’ son figuradas y solo así deben admitirse”, aclara don Arístides Rojas en su libro ‘Crónica de Caracas’.

Yo por mi parte aclaro que le halé la oreja al flaco porque la maestra me mandó, con veinte puntos en la boleta para él y para mí. ¡Más nada!

ÉPALE 410