Whisky con Pepsicola II (La resaca)

Por María Eugenia Acero Colomine • @mariacolomine / Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

Frigurt con Anís

Una pregunta inocente abrió la caja de Pandora de los archivos temporales: esa carga de memoria sin contenido que hace más pesada la computadora. Tocó hacer contraloría de los afectos y echar un vistazo a la etapa más divertida de mis años mozos.

De esas experiencias, pude conocerme a mí misma mejor: saber hasta dónde era capaz de llegar, qué me gustaba y qué no, y cuál era la esencia de la intimidad. Hubo experiencias en carros, baños, escaleras, entradas de edificios, en plena calle, en un cajero automático y hasta en una funeraria. Hubo un enamorado intenso que estuvo dispuesto hasta a tener hijos conmigo y debí bloquearlo del teléfono para que me dejara en paz, ya que yo solo quería pasarla bien. También hubo un amor eterno en un Festival de Teatro que duró la semana del festival. El despecho lo lloré como una Magdalena, como si me hubieran abierto un hueco en el corazón. Me he reencontrado en la calle con algunos de esos Romeos de cinco minutos, y todos me han saludado con gran cariño nostálgico.

Un buen día, me cansé de tantas historias de una línea, y cerré esa puerta. Quedó de esa etapa el ‘tumbao’ que me acompaña, poemas y algunos escritos. No recuerdo los nombres de ninguno. Es curioso, pero de esa temporada de autoconocimiento cultivé amistades profundas, disfruté de conversaciones enriquecedoras y en ese universo de desparpajo todos nos cuidábamos. Ese aspecto de amistad genuina no lo conseguí en los rincones de la llamada “vida real”.

Toda Experiencia Vale

Recuerdo que hace unos años, viéndome con el psicólogo, me lamentaba de no haberme sentido nunca querida por un tipo. Él se encargó de recordarme que en algún momento fui vista con otros ojos, recibí caricias y un abrazo enternecedor. Reconocer que he podido vivir y experimentar la vida me sirvió para quitarme el prejuicio pendejo de que no haberme casado nunca era señal de fracaso.

El éxito en una relación no necesariamente estriba en desarrollar un vínculo largo, duradero y sólido, que aparezca en las fotos de Instagram y Facebook para demostrar que somos personas funcionales.

Los encuentros casuales y las relaciones alternas en las que se establecen códigos de amistad con beneficios, o terminamos convirtiéndonos en amantes de alguien, suelen ser vistas con desdén por la sociedad, por no responder al patrón del amor romántico. Curiosamente, son los vínculos más comunes desde la sombra del silencio. Los amores fugaces tal vez no nos llenen el corazón, pero nos devuelven el color de las mejillas, nos ayudan a subir la autoestima y contribuyen en ocasiones a superar depresiones, despechos o tristezas.

Quizás el whisky con Pepsicola sea una bebida deleznable para los sibaritas, y la acemita dura no nos llene un colmillo, pero al final se agradece el cariño con que nos ofrendan unos minutos, así al día siguiente no los recordemos.

Épale 486

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