¿Y qué hay de la adicción al trote? (XI)

Por Clodovaldo Hernández • @clodoher / Ilustración Jade Macedo • @jadegeas

Cerca ya de concluir este paseo por las adicciones frente a las cuales el trote puede servir de remedio, veamos hoy el caso de una en la que, por el contrario, esta actividad es la dolencia, no la medicina. Te hablaré de la adicción al trote.

A quienes les encanta bautizar las enfermedades no se les ha escapado esta. La llaman runnorexia, que utiliza la raíz de la palabra inglesa running (que se aplica al deporte de correr) con el sufijo exia, procedente del griego, que

significa trastorno.

Como sucede con otras adicciones al deporte, en este caso, la persona afectada pierde la perspectiva y convierte al correr en una obsesión, al punto de que deja de importarle todo lo demás.

Bueno, si eres una atleta de élite y estás metido en el ciclo olímpico no es ni tan malo que solo pienses en tu deporte. El gran problema es que esta adicción por correr se presenta en gente que en principio se acercó a la actividad como un saludable pasatiempo y terminó por convertirla en un tormento.

Si eres varón, cuarentón, tienes un trabajo estresante, estás preocupado por tu salud, pero más preocupado por tu apariencia, eres competitivo y vienes de un divorcio o un desengaño amoroso, estás en el perfil de alto riesgo. Mucho cuidado.

Las señales de alerta son el darle prioridad al trote por sobre actividades familiares y laborales; exceso de horas de entrenamiento; afán testarudo de batir tus propias marcas; preguntar siempre por las distancias y tiempos de los demás, para compararse; determinación de salir a correr enfermo, lesionado o con un clima muy adverso; y molestarse o deprimirse por no poder entrenar un día.

La obsesión suele desencadenar perjuicios físicos por sobreentrenamiento, lesiones no atendidas que se tornan permanentes, fatiga crónica y excesiva pérdida de peso. También deriva en cuadros mentales de ansiedad, depresión y aislamiento social.

Épale 484