16/01/26. En el vasto universo del entretenimiento, pocas figuras han logrado un protagonismo tan persistente y polémico como Donald Trump. Su presencia mediática nos ha permitido observar, con el transcurrir de los años, la confección de un ídolo de barro devenido en bufón que a estas alturas no debería sorprendernos. Su extravagante transfiguración en el monstruo decadente, arrogante y cínico que es, ha sido posible gracias al modelado del show business donde ha encontrado amparo para mercadear su propia puesta en escena, mezcla de locura con exhibiciones de poder imperial, cuyos efectos políticos no solo acaban de golpear el alma de los venezolanos, sino que tiene en jaque la estabilidad de la geopolítica mundial.
Su capacidad para generar titulares, ya fuera por declaraciones provocadoras o actitudes prepotentes, lo convirtió en un invitado habitual en la televisión estadounidense, la misma que hoy lo desprecia frecuentemente.
Su nombre evoca negocios, política, zancadillas, redes oscuras, pero una larga lista de apariciones en cine, televisión y eventos públicos lo consolidaron como un personaje de primera línea en el mundo del espectáculo. Lo que es peor, en casi todas esas intervenciones, Trump se mostró fiel a un mismo papel: el del hombre desagradable, prepotente, ególatra y competitivo, capaz de transformar su personalidad en un espectáculo que generaba tanto rechazo como fascinación.
El salto del empresario al cine
La relación de Trump con el cine comenzó a finales de los años ochenta, cuando ya era conocido como magnate inmobiliario en Nueva York tras heredar la fortuna de papá, el empresario Fred Trump. Su primera incursión fue en Ghosts Can’t Do It (1989), una comedia romántica que pasó sin pena ni gloria, pero que le valió un premio Razzie a peor actor de reparto. Aquella actuación dejó claro que su talento interpretativo era limitado, pero también que su ambición por aparecer en pantalla era ilimitada.
El cameo más recordado llegó en Mi pobre angelito 2 (1992). En una breve escena, el protagonista Kevin McCallister se cruza con Trump en el lobby del hotel Plaza, propiedad del magnate. Según se supo después, Trump exigió aparecer en la película como condición para permitir el rodaje en su hotel. El resultado fue un cameo que, aunque breve, se convirtió en uno de los más comentados de la saga.
Otros títulos reforzaron su presencia en Hollywood: Pequeños traviesos (1994), donde interpretó al padre de Waldo; Eddie (1996), Celebrity (1998) de Woody Allen, Zoolander (2001) y Amor con preaviso (2002). En todas estas apariciones, Trump no interpretaba a personajes ficticios, sino versiones de sí mismo, cada vez más déspota y despiadado.
La televisión como trampolín
Si el cine le dio visibilidad, la televisión lo convirtió en un fenómeno global. Sus cameos en series como El Príncipe del Rap (1993), La Niñera (1996), Spin City (1997) y Sex and the City (1999) reforzaron su imagen de magnate narcisista. Pero el verdadero salto llegó en 2004 con el estreno de El Aprendiz, un reality show que lo catapultó a la fama mundial.
En El Aprendiz, Trump se presentaba como el jefe absoluto, evaluando a jóvenes aspirantes al éxito empresarial. Su frase “You’re fired!” (“Estás despedido”) se convirtió en un eslogan cultural, símbolo de su estilo autoritario y competitivo. El programa consolidó su imagen de empresario duro y maltratador, y de paso le permitió construir una base mediática que más tarde sería clave en su carrera política.
Durante más de una década, Trump fue el rostro del reality, apareciendo en múltiples temporadas y versiones derivadas. Su presencia televisiva lo convirtió en una figura familiar para millones de espectadores, que lo veían como el arquetipo del jefe despiadado, capaz de humillar a los participantes frente a las cámaras.
Venezuela en la mira
Más allá del cine y la televisión, Trump buscó protagonismo en eventos públicos de gran alcance. Durante años fue propietario de los concursos de belleza Miss Universo y Miss USA, donde imponía su estilo controlador y polémico. Su participación en estos certámenes generó controversias por comentarios sexistas y racistas, como los que sufrió la reina de la belleza venezolana Alicia Machado, Miss Universo 1996, a quien llamó públicamente “Miss Piggy” y “Miss Housekeeping” (señora de la limpieza, por su origen latino) para luego obligarla a hacer ejercicios para perder peso, todo frente a las cámaras.
Además, Trump fue invitado recurrente en talk shows y programas de entrevistas, donde cultivaba su imagen de celebridad polémica. Su capacidad para generar titulares, ya fuera por declaraciones provocadoras o actitudes prepotentes, lo convirtió en un invitado habitual en la televisión estadounidense, la misma que hoy lo desprecia frecuentemente.
La figura de Trump también ha sido objeto de múltiples documentales y producciones críticas. En Fahrenheit 11/9 (2018), Michael Moore lo retrata como símbolo del populismo mediático y del poder del espectáculo en la política contemporánea. Otros documentales han explorado su relación con los medios, mostrando cómo supo convertir su personalidad desagradable en un producto de consumo masivo.
Epsteins
Uno de los pasajes más opacos de su tránsito por el opulento mundo del jet set y el espectáculo, es la amistad que sostuvo con el magnate financiero y delincuente sexual Jeffrey Epstein, su colega en el abuso de menores de edad a través de una extensa red que el poder gubernamental y judicial norteamericano han intentado ocultar de todas las formas, incluyendo el ataque a Venezuela. Como se sabe, Epstein fue arrestado en julio de 2019 por tráfico sexual y apareció “suicidado” dentro de su celda el 10 de agosto del mismo año. Casualmente todo sucedió durante el primer gobierno de Trump.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta