26/02/26. Decir "Petare" en Caracas es, para muchos, invocar un muro invisible de prejuicios. Se habla de la "tierra de borrachos" que estigmatizó el obispo Martí en sus crónicas invasoras del siglo XVIII o del "gueto impenetrable" que hoy reseña la prensa amarillista. Pero quienes caminamos sus calles sabemos que Petare no es una estadística criminal; es un Macondo de ladrillos que resiste, sueña y, recientemente, ha decidido reclamar su derecho a la belleza.
La ciudad formal debe dejar de mirar a Petare como una amenaza y empezar a verla como lo que es: un laboratorio de resistencia... El color que hoy baña el casco central es una victoria contra el gris del estigma.
Es doloroso ver cómo el patrimonio se desmorona bajo la indiferencia. La antigua tienda La Minita, ese recinto de curiosidades, artesanías y bisutería de antier que adornaba una de las esquinas del casco colonial, fue desterrada para siempre por una tienda de bisuterías festivas. Mientras comerciantes asiáticos ocupan casonas del siglo XIX para vender baratijas de plástico sobre estanterías decimonónicas, la memoria de lo que fue —aquella potencia agrícola que instaló la primera hidroeléctrica de Latinoamérica— parece diluirse. Sin embargo, en medio de esa tensión entre el caos de Puente Baloa y el olvido institucional, ha surgido un destello de dignidad: el Festival Internacional de Muralismo Ciudad Mural en su 21° edición.
La intervención en el Casco Histórico, alrededor de la plaza Sucre y el Santuario Dulce Nombre de Jesús, no es puro maquillaje sino una manera de reasumir el entorno, recuperar la ciudad al menos a través de una galería a cielo abierto que convoca a la contemplación, es decir, a la belleza en el estricto sentido del pensamiento socrático. Además, es un acto de justicia poética. Ver el rostro de la muñequera Karina Rivas o las escenas de las bailadoras de las burriquitas, plasmadas en las fachadas, es un recordatorio de que Petare tiene una aristocracia espiritual que nadie le puede quitar. Los doce murales que hoy celebran los soles y peces de Felipe García o la fe en las estampas de Semana Santa, son "códices" urbanos que le dicen al habitante: tu historia vale.
No basta con que la antropóloga Nelly Pittol o la Fundación José Ángel Lamas luchen solas por registrar la "intrahistoria" local en diplomados. La ciudad formal debe dejar de mirar a Petare como una amenaza y empezar a verla como lo que es: un laboratorio de resistencia.
El color que hoy baña el casco central es una victoria contra el gris del estigma. Si logramos que el sentido de pertenencia sea más fuerte que la oferta de hampa o desidia comercial, Petare dejará de ser el "exceso de la metrópoli" para convertirse, finalmente, en el corazón patrimonial que siempre ha merecido. Al final, como dice nuestra amiga y periodista petareña Ivette Chirinos, “todos los de Petare sabemos de qué hablamos: de un pueblo que, a pesar de todo, se empeña en ser un cuento con final feliz”.
POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
FOTOGRAFÍAS MARLON ZAMBRANO • @zar_lon