19/04/26. Hay enunciados que parecen inocentes hasta que las pones bajo la lupa. “Agenda verde” es una de ellas. En teoría, evoca energías limpias, bosques protegidos y un futuro habitable. En la práctica, el término ha sido colonizado por actores que contaminan a gran escala y promueven guerras. No se trata de una conspiración mundial con sala de juntas secreta. Es algo más sutil y, a la vez, más visible: la lógica de siempre, con un nuevo barniz.
La paradoja es cruel: la transición energética, en manos de las mismas lógicas extractivistas y bélicas, termina reproduciendo la destrucción que dice combatir.
Quien observa desde la masa —sin ser activista ni académico— puede notar incoherencias cotidianas. Por un lado, nos piden separar plásticos y cambiar bombillos. Por otro, los presupuestos militares más grandes del planeta siguen creciendo y los ejércitos son responsables de un porcentaje importante de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Para ponerlo en perspectiva: si las fuerzas armadas de un solo país como Estados Unidos (sin contar a los contratistas, paramilitares que hacen el trabajo más cochino) fueran una nación, estarían entre los cincuenta mayores contaminadores del mundo. Y sus maniobras, bombardeos y bases militares no aparecen en los anuncios de sostenibilidad.
Esa es la primera capa del mito: la “agenda verde” que venden quienes promueven la guerra no incluye la huella de sus propios tanques. Hablan de proteger el planeta, pero sus flotas aéreas quitan combustible a la transición energética.
Luego están las corporaciones contaminantes. Algunas de las mayores petroleras del mundo tienen departamentos enteros dedicados a financiar ONG ambientales, reforestaciones simbólicas o cumbres climáticas. Su mensaje: “Nosotros también nos preocupamos”. Mientras tanto, sus negocios principales siguen extrayendo crudo en la Amazonía, derramando tóxicos en el delta del Níger o presionando para que no se regulen los plásticos de un solo uso. No es que sean malvadas por naturaleza: es que su razón de ser es el beneficio, y la salud del planeta es un coste externo que han aprendido a maquillar. El eslogan energías verdes suena bien, pero cuando se mira el destino real de sus inversiones, apenas una fracción va a lo renovable.
¿Es esto una teoría de la conspiración? No. Es lo que muestran los informes de transparencia, las filtraciones y el trabajo de periodistas independientes. Cualquiera con acceso a Internet puede cruzar datos: ver qué empresas financian qué eventos verdes y, al mismo tiempo, qué prácticas contaminantes siguen vigentes. La masa informada no necesita creer en complots; le basta con seguir la ruta del dinero.
Hay una tercera capa aún más delicada: los conflictos armados justificados en nombre de recursos que luego se venden como “estratégicos para la transición ecológica”. El litio de Bolivia y Argentina, el cobalto del Congo, el petróleo de Venezuela. La retórica ambiental se ha usado para validar intervenciones militares o golpes de Estado encubiertos, con el argumento de que esos minerales e hidrocarburos son necesarios para “salvar el clima”. El resultado: territorios arrasados, comunidades desplazadas y ríos envenenados, todo bajo el paraguas de una supuesta responsabilidad ecológica global.
La paradoja es cruel: la transición energética, en manos de las mismas lógicas extractivistas y bélicas, termina reproduciendo la destrucción que dice combatir.
Ahora bien, desmontar este mito no significa negar la crisis climática ni abandonar lo verde. Al contrario. Significa distinguir entre dos ecologías. Una es la de los pobres, la de los campesinos que defienden sus semillas, la de los pescadores artesanales que limpian sus manglares, la de los barrios que plantan huertos urbanos. Esa ecología no tiene presupuesto para relaciones públicas ni lobbies en Bruselas. La otra es la ecología de las élites: la que pone paneles solares en cuarteles militares mientras las bombas caen; la que lanza campañas de reciclaje mientras se autorizan megaminerías tóxicas; la que habla de “desarrollo sostenible” pero nunca cuestiona la guerra como negocio.
El ciudadano que observa e informa no es un cínico ni un paranoico. Es alguien que ha aprendido a preguntar: ¿Quién financia esta campaña verde? ¿Qué contratos de armamento se firman mientras se firman acuerdos climáticos? ¿Por qué los discursos ecológicos de ciertos líderes mundiales omiten sistemáticamente la huella militar o la impunidad corporativa?
La conclusión no es que toda agenda verde sea falsa. La conclusión es que la verdadera agenda verde —la que pone la vida en el centro— tendría que ser antibélica por definición. No se puede proteger la tierra bombardeándola. No se puede defender el clima envenenando ríos en nombre del litio o el petróleo. No se puede hablar de futuro mientras se alimenta la máquina de guerra y se deja a las corporaciones contaminantes que pongan el título.
Así que la próxima vez que alguien hable de “agenda verde” con solemnidad institucional, conviene mirar las manos. Si sostienen un arma o un contrato minero o petrolero, probablemente no sea la agenda de la tierra. Es la de siempre, con otro color.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta