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El pianista cubano Mario Romeu

29/05/26. De los 8 hijos de Armando Elodio Romeu Marrero, 4 fueron músicos destacados. En entrega anterior reseñamos a Zenaida, antes a Armando junior y hoy vamos por Mario, cuyos primeros maestros fueron su padre Armando y su hermana Zenaida. Por Niurka Lecusay nos enteramos de que a la edad de tres años, tocaba el piano a cuatro manos junto a su padre en el teatro Nacional. El Navy Journal y el Excelsior, en julio de 1927, publicaron sendas notas bajo el título: "No sabe leer ni escribir, y ya es un virtuoso". En ellas se podía leer: "... este niño, a los tres años de edad, realiza proezas asombrosas en el manejo del piano y demuestra una comprensión musical muy clara; cabe señalar que este 'micro pianista' solo interpreta aires cubanos". Era de verdad, un niño prodigio. Obtuvo una beca para estudiar en el Instituto Curtis de Filadelfia.

 

 

Desarrolló una intensa carrera como concertista, compositor, arreglista y director de orquesta, que le valió el respeto y admiración de todos los músicos cubanos.

 

 

En 1937, a los 12 años de edad, emprendió una larga gira con la Banda de la Marina —dirigida por su padre—, con la cual se presentó en 36 ciudades de los Estados Unidos, interpretando el Concierto para piano y orquesta n.º 2, de Beethoven y la Fantasía húngara, de Liszt. Durante el viaje, la señora Curtis —fundadora del Curtis Institute de Filadelfia, una de las instituciones más exigentes y destacadas a escala internacional— le otorgó una beca extraordinaria de piano. La prensa publicó: "Niño de doce años triunfa en los Estados Unidos". A los catorce, renunció a una beca promisoria para irse de gira con la Banda de la Marina.

 

 

A partir de la década del 40 desplegó complejas ejecuciones pianísticas, innovó con recursos insospechados y triunfó junto a su hermana Zenaida, en los más exigentes círculos habaneros. Desde 1941 tocó música en vivo en diversas emisoras radiales.

 

 

Desarrolló una intensa carrera como concertista, compositor, arreglista y director de orquesta, que le valió el respeto y admiración de todos los músicos cubanos. Actuó en el teatro Encanto, donde tocó a dos pianos con su hermana Zenaida Romeu González. Ejecutó un ciclo de sonatas en el teatro Auditorium. Interpretó, a dúo con el pianista y compositor Ernesto Lecuona, varias danzas. En el Conservatorio Nacional interpretó las Variaciones sinfónicas, de César Franck, y con la orquesta del cabaret Tropicana tocó jazz.

 

 

Gozó de la  estima y reconocimiento de Ernesto Lecuona, y efectuó numerosas presentaciones con destacados artistas del país y extranjeros, dirigiendo la orquesta de la televisión poco después de inaugurarse esta en Cuba. Entre otros, destacan los nombres de los cantantes Sara Montiel y Lucho Gatica.

 

 

En 1948 dirigió la orquesta del Teatro Fausto de Prado y Colón. En 1950, y hasta 1951, actuó como pianista solista de las orquestas de radiodifusión de Venezuela y con la Orquesta Sinfónica de Caracas, dirigida por Thomas Mayer. A su regreso a Cuba dirigió la orquesta de la recién inaugurada Televisión Cubana, en sustitución de Alfredo Brito, tras su muerte en diciembre de 1954, con la cual acompañó, entre otros, a los pianistas Liberace y Carmen Cavalaro y a los cantantes Sarita Montiel y Lucho Gatica.

 

 

A partir de 1959 fue director de la orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión con la que acompañó al pianista Frank Fernández en la obra Rhapsody in blue, del compositor estadounidense George Gershwin.

 

 

Compuso la música de la película La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet, con la que obtuvo el Premio Coral a la mejor banda sonora en el XI Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, celebrado en La Habana en 1989. Durante su trayectoria artística recibió numerosos reconocimientos, entre ellos la Distinción por la Cultura Nacional, Artista Emérito de la Radio y la Televisión (2004), Premio Nacional de Televisión (2005), Miembro de Mérito de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y la Medalla Raúl Gómez García.   

 

 

En la entrega anterior, hablábamos de Chucho Valdés, sobre quien hay un cuento en que un familiar, no recuerdo si un hijo, o su propio hermano Armando, maravillado al ver tocar al joven, le preguntó si estudiaba piano, y le explicó que no, solo con su padre Bebo, hasta que se fue del país. Sospecho que fue Armando quien hablo con Zenaida para que le diera clases y así fue. Resulta que ni Armando, ni un hijo, fue Mario, quien lo remitió a Zenaida.

 

 

Pero el cuento bueno es que, una tarde de 1967, dos jóvenes visitaron su casa para conocer a su hija Belinda. Estuvieron cantando un rato (Belinda hacía canciones y se acompañaba con la guitarra). Uno de los jóvenes cantó seis o siete canciones. Mario Romeu salió de dentro de la casa.

 

 

―¿Y esas canciones de quién son? ―le preguntó al joven cantante.

 

 

―Mías.

 

 

Romeu lo miró escéptico.

 

 

―¿Seguro que tú no las has oído por ahí, en algún lugar?

 

 

―Bueno, yo las he oído en mi cabeza ―le dijo el joven, que era Silvio Rodríguez, de 20 años―, y con eso ya está: son mías, las hice yo, las inventé yo.

 

 

Romeu les hizo arreglos a dos canciones que escuchó ese día, y le consiguió presentaciones a Silvio en la televisión, en La Habana, acompañado por la orquesta que dirigía Romeu. Una anécdota de Silvio Rodríguez ilustra la sencillez y hondura ética del genial músico. "Para mí, fue una gran suerte que Mario Romeu se fijara en mis canciones y me pusiera por primera vez ante las cámaras de la televisión", aseguró el trovador.

 

 

La versatilidad era otro de sus dones, una noche podía interpretar las Variaciones sinfónicas y, a la siguiente, obras al estilo de los más grandes jazzistas de la época, junto a la Orquesta del Cabaret Tropicana.

 

 

 

 


POR HUMBERTO MÁRQUEZ • @rumbertomarquez

 

ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancorui

 

 

#MarioRomeu #LosRomeu #Cuba

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