25/08/26. Hay algo de la nostalgia que la hace entrañable: nos enternece incluso en medio de circunstancias adversas. Ahora, cuando manipulo la totuma con la que me remojo cada mañana en espasmos osados de un baño escaso, con agua acumulada en pipotes de veinte litros, no dejo de recordar a Chávez y su enorme cruzada pedagógica. Él intentó enseñarnos, con paciencia de monje tibetano, la importancia de ahorrar recursos cada vez más escasos y peligrosamente frágiles, como el agua.
...desde entonces, la totuma pasó a formar parte de mis exclusivos implementos de aseo personal de todos los días... la limpieza y el ahorro se juntan para hacernos sentir más cercanos a nuestra responsabilidad con la vida en el planeta.
Sí, él lo hacía desde un estilo campechano; pero, con su didáctica minimalista, dejaba más claro que cualquier tratado de ingeniería el nivel de despilfarro de agua en la capital venezolana, donde el consumo per cápita de este líquido sagrado duplicaba e, incluso, triplicaba la media mundial. Aquello ocurrió durante un consejo de ministros, televisado en cadena nacional de radio y televisión, en medio de los padecimientos de la sequía que enfrentó Venezuela en 2009. Enseguida, la jauría de medios indignados y sus voceros ocasionales (siempre dispuestos a boicotear cualquier iniciativa gubernamental) lo bautizaron como “el baño comunista”. Esta propuesta, según resumía Chávez, consistía en tres minutos de contacto suficiente entre el agua y la gente para aquella operación de higiene elemental.
Por mi parte, y desde entonces, la totuma pasó a formar parte de mis exclusivos implementos de aseo personal de todos los días. Si bien el baño puede extenderse un poco más de los tres minutos sugeridos por Chávez -entre otras razones, porque al envejecer comenzamos a descubrir territorios inexplorados donde se acumula cierta herrumbre de la edad-, la limpieza y el ahorro se juntan para hacernos sentir más cercanos a nuestra responsabilidad con la vida en el planeta. Esta es una ecuación incomprensible para el capitalismo depredador, el cual reverencia los excesos como un espejo vulgar de la ostentación.
Mi totuma, de paso, es un adminículo de diseño natural que ha ido evolucionando con el tiempo. En cada etapa ha lucido distintas apariencias, según mi estado anímico y mis requerimientos temporales, como un fiel reflejo de mi personalidad: ha ido de lucir ordinaria y deslucida, como una tapara recién bajada del árbol y apenas descascarada, hasta convertirse en un bello cuenco curado y pintado de diversos colores; una auténtica expresión de elegancia, distinción, prosperidad y buen gusto.
Ahora que nos hablan del fenómeno del Súper Niño -un concepto de origen ambiguo que junta torpemente la dulzura de la infancia con los efectos devastadores del cambio climático-, he optado por una totuma intervenida por una artista que resume su obra así: “Acrílico sobre totuma, con protector a base de agua. Es una abstracción de flores en tonos de armonía análoga, simulando un jardín con diferentes tamaños y contrastes”.
Por cierto, uno de los prodigios de nuestro ecosistema, poco ponderado por la mirada prejuiciosa de quienes pretenden obligar al trópico a manar cerezos en flor, es el árbol de taparo. Se trata de un espécimen de una belleza robusta y noble, que regala una sombra mansa mientras se estira con ramas abiertas y pacientes, sosteniendo esas gotas verdes como lágrimas colgantes. Ha servido de inspiración para el imaginario de nuestros campos, pero su cenit artístico lo ha logrado un genio como el maestro Pedro Reyes Millán. Con él hemos conversado largamente para comprender ese universo creativo donde, cual dios, moldea el fruto a su antojo en corsés de varillas ajustadas y hormas inexplicables, hasta que la tapara se convierte en un rubí vegetal, tan sublime como cada intento por llevarle la contraria a lo establecido.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
FOTOGRAFÍAS MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
