25/09/26. Rosa Raydán asumió la presidencia de la Fundación Cinemateca Nacional en abril de 2026. Periodista y gestora cultural, llega en un momento de reconstrucción nacional. Conversó con nosotros sobre el rol de la Cinemateca, la diversidad del cine venezolano y el programa de restauración que devuelve a la vida las obras del pasado.
El cine venezolano no es negocio para nadie: es un acto de amor al arte. Los realizadores son unos batalladores, fieles a sus visiones y al arte que les gusta hacer.
¿Cómo se articula la Cinemateca con el CNAC, la Villa del Cine y Amazonia Films?
La Cinemateca no produce películas ni tiene incidencia en la producción. El Estado venezolano tiene una institucionalidad hacia el cine que recorre casi todos los aspectos de la industria. En producción está el CNAC, que financia obras de autores nacionales a través de convocatorias, y la Villa del Cine, que produce directamente. Antes está Amazonia Films, que distribuye, porque uno de los problemas más álgidos del cine en nuestros países es la distribución. La Cinemateca es custodio patrimonial de las obras cinematográficas venezolanas y una red de salas para la exhibición de cine nacional, de autor y alternativo. No porque estemos en contra del cine comercial, sino para presentar una oferta diversificada. Es una institución de sesenta años que además es centro de producción de conocimiento: investigación, documentación, talleres y diplomados en asociación con universidades.
¿El cine venezolano está saturado de acción delincuencial o esa crítica desconoce su diversidad?
Esas críticas vienen de gente que no conoce, que no sabe de cine venezolano, porque el cine venezolano es muy diverso. Que se diga que es sobre todo de malandro es porque ciertamente son las películas que más se llenan, lo cual quiere decir que son las que más le gustan a la gente. Al cine hollywoodense nadie le critica que sus películas más taquilleras sean de gánster. Siempre leo gente que dice que el cine venezolano no ha visto tantas películas, pero ahí están Oriana, La distancia más larga, La casa del fin de los tiempos, Papita, maní, tostón y muchas más.
¿Qué opina del cine de Jackson Gutiérrez y qué dice su éxito sobre la industria?
Jackson es un vergatario. Su cine me parece bárbaro. Además, ha tenido la fortuna que han tenido muy pocos directores venezolanos: vivir de su cine y llenar salas con su cine. Eso no es poca cosa en un país donde el cine no es negocio para nadie.
¿Los géneros cinematográficos se estancan o cada época tiene su momento?
Creo que cada momento tiene su género favorito. Pensar que un género se estancó porque no se hicieron más películas es verlo desde una visión muy corta. Cada época tiene sus historias, sus géneros, sus rostros y su estética particular. Me parece perfecto que el cine cumpla sus círculos, cumpla sus etapas, porque significa que está vivo. Me preocuparía lo contrario: que no se moviera. El arte tiene que ser así. Y creo que cada nuevo público que se forma busca cosas nuevas, quiere renovar, quiere innovar, quiere refrescar su mirada.
¿Qué le falta al cine venezolano para llegar a más públicos?
Hace falta hacer más películas, nunca van a ser suficientes. Y hace falta un aparato publicitario comunicativo más robusto, porque uno de los grandes problemas del cine venezolano es que nuestro presupuesto es muy ajustado. Cuando llega el momento de vender la película, de que la gente se entere de que está en cartelera y que la vayan a ver, nos quedamos cortos porque eso es caro. El trabajo de marketing es importante. Hay gente que se dedica a eso exclusivamente, hay experiencias exitosas, pero creo que el cine venezolano necesita eso.
Si el cine venezolano no es negocio, ¿qué lo define?
El cine venezolano no es especialmente imitador del cine hollywoodense. Es más bien fan del cine de autor, del cine extremadamente artístico. Eso a veces no contribuye a que la taquilla responda como a los cineastas les gustaría, porque las películas no son especialmente comerciales. No digo que esto sea bueno o malo, es una característica. El cine venezolano no es negocio para nadie: es un acto de amor al arte. Los realizadores son unos batalladores, fieles a sus visiones y al arte que les gusta hacer. Hacer una película es una tragicomedia en sí misma: tienes que armar equipo, buscar dinero, tratar de que un plan muy ambicioso te quepa en una planificación que no es siempre muy amplia en cuanto a recursos y tiempo.
¿Cómo ha sido el recibimiento del cine venezolano en el exterior?
Nuestro cine ha tenido hitos importantes desde hace mucho: desde Araya y Reverón, de Margot Benacerraf, nuestra fundadora, que participó en Cannes. Si bien no es premiado permanentemente, los hitos que ha tenido dicen mucho de su devenir. A la película Alí Primera le ha ido muy bien; recientemente ganó unos premios en San Petersburgo. El documental El maravilloso viaje del dragón de Cabor y Flores también ha ganado galardones y participado en varios festivales. Nuestro cine siempre está activo en los espacios internacionales a los que se nos convoca.
¿Cómo fue el trabajo de restauración de El pez que fuma?
El pez que fuma es la primera película resultante del programa de restauración que lleva a cabo el CNAC en colaboración con la Cinemateca y Bolívar Films. La idea es llevar a su máxima calidad y a los formatos de hoy las películas clásicas del cine venezolano. Estuvo resguardada en los archivos de la Cinemateca casi cincuenta años desde que se estrenó en 35 milímetros. Se le hizo un trabajo de limpieza y adecuación física a las cintas de imagen y sonido, y se llevó a Bolívar Films para ser digitalizada y restaurada. Contamos con la fortuna de que Román había dejado toda la documentación necesaria para que la película se viera como si estuviera recién hecha: no se alteraron colores ni sonido de forma artificial. Hicimos una proyección especial en la Cinemateca, a propósito del tercer aniversario de la partida de Román Chalbaud, y fue tan exitosa que debimos hacer dos más. El reestreno comercial está previsto para el año que viene, cuando la película cumpla 50 años.
¿Qué sigue en el programa de restauración?
La segunda restauración fue Domingo de Resurrección, de César Bolívar, que ya está lista y en laboratorio. La tercera es País Portátil. La Cinemateca tiene un diplomado en conservación y restauración de material audiovisual. El equipo del archivo fílmico está muy metido en eso, sobre todo en la etapa previa: el resguardo del material y su adecuación física para la digitalización. Ese trabajo está comandado por Jorge Yaco, un duro de duros en restauración fílmica. Es vital porque es la recuperación del patrimonio, es traer las historias de hace décadas al presente para que las conozcan las nuevas generaciones, y es también la posibilidad de que esas películas lleguen a nuevos públicos a través de nuevas formas de distribución, como el streaming.
Nuestra conclusión
Al terminar la conversación con Rosa Raydán, queda una certeza: el cine venezolano no se sostiene por lógica de mercado, sino por terquedad y amor. Raydán habla con la precisión de quien conoce la maquinaria institucional, pero también con la pasión de quien defiende un arte que resiste a pesar de todo. Su mirada no es ingenua: sabe que falta dinero, marketing, más películas. Pero también sabe que la diversidad existe, que la historia es larga y que el patrimonio se restaura para que las nuevas generaciones se reconozcan en él. Quizás ahí esté la clave: el cine venezolano no es negocio, pero es memoria. Y eso, en un país que se reconstruye, no es poca cosa.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
FOTOGRAFÍAS JESSIKA SELGRAD • @shot_jesselgrad
