02/10/26. El rock en Venezuela siempre ha padecido la condena del espejismo. Quienes aprendieron a descifrar el mundo a través del canon anglosajón insisten en medir nuestras distorsiones con la vara pulcra de Birmingham o Seattle, incapaces de digerir que la guitarra eléctrica, al cruzar el Atlántico y estrellarse contra el Waraira, suda salitre y respira trópico.
Paul Gillman permanece entrañable precisamente por eso: porque no teme al desborde, porque no maquilla sus costuras y porque hizo del rock un nicho de arraigo popular.
En medio de esa esquizofrenia cultural, Paul Gillman representa la anomalía más persistente, incómoda y vital de nuestra memoria sonora: un sobreviviente que entendió, hace casi medio siglo, que el rock nacional debía nombrarse a sí mismo o resignarse a ser una mala fotocopia colonial.
Desde las primeras sacudidas con Power Age y la consagración fundacional de Arkangel en los albores de los ochenta, Gillman no solo puso la garganta al servicio del estruendo, sino que construyó una épica obrera, mitológica y callejera que dotó de identidad propia a una tribu dispersa. Su figura trasciende el mero protagonismo escénico para convertirse en un hecho de la cultura popular venezolana: un cronista de cuero negro que narró la marginalidad urbana cuando el país petrolero pretendía esconder sus fracturas bajo el brillo del consumo suntuario.
El pasado sábado 19 de septiembre, la plaza de los Museos de Caracas atestiguó que ese pacto con el asfalto sigue intacto. A sus sesenta y seis años, Gillman ofreció un concierto memorable al frente de Los Valientes, una banda afilada y milimétrica que no dio tregua al agotamiento. Lejos de la nostalgia complaciente, el vocalista exhibió una plenitud vocal asombrosa, capaz de despachar con rudeza telúrica y fidelidad un clásico de Ozzy Osbourne en la era dorada de Black Sabbath, para luego plantar bandera con su más reciente manifiesto: Yo soy como soy.
Ese nuevo tema pone en evidencia su estado de gracia y su atrincheramiento ético. En tiempos de algoritmos y fórmulas plásticas diseñadas para el mainstream, afirmar la propia singularidad sin pedir disculpas adquiere un valor pedagógico. Gillman canta para los expulsados del patio escolar, para los señalados y los invisibles, reivindicando la disciplina de no negociar los principios ni rebajar la intención frente al juicio pacato de una élite roquera que aún mira con desprecio la realidad geográfica y política donde le tocó nacer.
Pero la jornada del Festival de las Flores fue también una lección de ecumenismo sonoro, un recordatorio de que el heavy metal y sus raíces comparten un tronco común de persistencia y belleza. Allí relució la estatura mayúscula de Biella Da Costa, indiscutible señora del blues y del jazz en Venezuela, cuya voz conmovedora dialogó en perfecta complicidad con la maestría de Álvaro Falcón, acaso uno de los guitarristas más completos, refinados y deslumbrantes que ha parido nuestro país.
A ese despliegue de magisterio se sumó la presencia imponente del maestro Wolfgang Vivas, portador de una belleza áurea incorruptible, cuya garganta conserva el fuego primordial del folk y el blues fundacional. Vivas no solo encarna la longevidad del oficio, sino la vigencia de una escuela interpretativa donde la emoción cruda prevalece sobre cualquier pirotecnia de estudio, demostrando que el blues criollo posee una densidad dramática tan profunda como la del mismísimo delta del Misisipi, sin complejos.
Entre las filas de estas leyendas emerge con fuerza deslumbrante Wilmer Caldera Chirinos, un fenómeno generacional cuya versatilidad en el bajo eléctrico redefine los estándares del acompañamiento en la escena nacional. Capaz de sostener la estructura armónica de los veteranos y de empujar al mismo tiempo la vanguardia con su propio proyecto discográfico, Cimarrón, Caldera encarna el relevo luminoso: el músico formado que dialoga con la tradición sin perder el pulso de la calle.
En el horizonte de esta obstinada travesía asoman las amenazas del presente: el mercado domesticado y la irrupción de una inteligencia artificial que maquila notas sin alma. Para Gillman, la respuesta ante la frialdad del “scroll” radica en la sangre humana, en ese misterio insustituible donde la carne se expone al error y al arrebato. El software podrá procesar patrones infinitos, pero jamás sabrá lo que pesa una Gibson cargada al hombro o un solo vocal a la intemperie de la garúa y la noche caraqueña.
Paul Gillman permanece entrañable precisamente por eso: porque no teme al desborde, porque no maquilla sus costuras y porque hizo del rock un nicho de arraigo popular. Frente al desdén de quienes añoran el modismo anglosajón, o para no ir demasiado lejos, argentino, su voz nos recuerda que la furia también nos pertenece, que florece en medio del caos caraqueño y que, mientras haya un amplificador encendido, el rock nacional seguirá teniendo razones para no rendirse.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
