16/10/26. "Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. La frase fue popularizada en los años sesenta para ejercer control sobre las mujeres que luchaban por ejercer cargos políticos, estudiar en universidades, destacarse como grandes escritoras, investigadoras, artistas y científicas.
Así como Elena Garro existen cientos de casos similares, donde las mujeres eran musas, asistentes, correctoras, madres, esposas y sombras. Nunca autoras, nunca investigadoras, nunca científicas.
Sin embargo, la lucha por derechos ponía en peligro el dominio y los privilegios que el hombre ha tenido por siglos sobre la mujer. El sistema empujó a las mujeres a estar ocultas bajo el liderazgo de sus padres, esposos o cualquier hombre encargado de decidir por ellas. En ese sentido, tanto el talento, la obra y el nombre de cientos de miles de creadoras en el mundo, quedaron sepultados bajo la sombra de un controlador.
La madre del realismo mágico
Un ejemplo de este ejercicio de control que invisibiliza por gusto a la mujer y su gran obra, lo define la historia de Elena Garro. Nació en Puebla en 1916, fue dramaturga, novelista, coreógrafa, actriz, guionista y poeta. Su obra Los recuerdos del porvenir (1963) es considerada precursora del realismo mágico, incluso anterior a Cien años de soledad. Pero durante décadas, la historia la redujo a un solo título: “la esposa de Octavio Paz”.
El matrimonio, iniciado en 1937 bajo lo que Garro describió como conexión intelectual, presión y engaño, duró más de dos décadas marcadas por infidelidades mutuas. Mientras Paz construía su camino hacia el Premio Nobel de Literatura, la obra de Garro era invisibilizada bajo la sombra de su esposo y de acusaciones infundadas en su contra.
Según Patricia Rosas Lopátegui, autora del libro Cristales de tiempo que rescata los poemas de Garro, como la mayoría de los intelectuales mexicanos en los años cincuenta y sesenta, Paz mantuvo una posición de dominio hacia la poeta. “Octavio Paz no permitió la competencia en casa, él sabía del talento de Elena, pero obstruyó su desarrollo intelectual”, dijo Rosas Lopátegui en una entrevista con la BBC. La escritora reveló que muchas veces, Garro tuvo que quemar sus escritos para evitar problemas con su esposo.
Como si fuera poco, en una conversación directa entre Rosas Lopátegui y Garro, esta última le manifestó que “Paz le había prohibido incursionar en el género de la poesía porque ese era su terreno”.
Persecusiones, amenazas y abandono de Paz
La persecusiones políticas contra Garro la llevaron tanto al anonimato como al exilio, la pobreza y el ostracismo. La misoginia del momento la culpó de liderar conspiraciones contra el entonces gobierno de México y de ser agente de la CIA, lo que impulsó amenazas contra su vida y la de su familia. La acusaron de haber delatado a más de quinientos intelectuales presuntamente involucrados en protestas estudiantiles que terminaron en la masacre de Tlatelolco en 1968.
En 1972, tuvo que exilarse primero en Nueva York y luego en España y Francia. Durante esos más de veinte años de exilio, ella y su hija Helena Paz Garro, vivieron en condiciones de extrema pobreza, hacinamiento y desnutrición. Mientras Paz, quien gozaba de un enorme prestigio internacional, múltiples ingresos y cargos diplomáticos, se negó sistemáticamente a tenderles una mano o interceder por ellas.
Así como Elena Garro existen cientos de casos similares, donde las mujeres eran musas, asistentes, correctoras, madres, esposas y sombras. Nunca autoras, nunca investigadoras, nunca científicas.
Hoy se les reivindica aunque el sistema machista continúa fabricando estrategias de control sobre las mujeres a través de nuevas herramientas de dominio: las redes sociales y la inteligencia artificial, donde los algoritmos buscan perpetuar el mito.

POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
