16/10/26. A las seis y media de la mañana, en el puesto de entrada de la montaña, el movimiento de gente es constante. Entre los que están estirando las piernas y los que apenas se aprietan los cordones antes de arrancar, vi a Bryan Borges. Tenía esa postura firme de quien pasa horas en un gimnasio, con la mirada fija hacia la empinada pendiente. Me acerqué y le conté sobre la columna y, con una sonrisa espontánea, me soltó: “Dale, activo, pero charlamos subiendo”. Así, sin mucha vuelta, nos pusimos los zapatos y apretamos el paso y arrancamos la conversación en pleno ascenso.
—Esta es la recompensa real, real —dice mientras sus ojos recorren el valle de Caracas—. En este instante me centro en una sola cosa: controlar la respiración, ir bajando el ritmo cardíaco y entregarme a la vista.
Rodeados por el verde vivo del Waraira Repano, sintiendo el aire frío que pega en las pendientes y con la vista imponente de Caracas abriéndose a nuestras espaldas, nos fuimos adentrando en lo que significa acudir a la montaña no solo como un ejercicio de cardio, sino como un refugio mental.
Avanzamos un tramo a buen ritmo. Bryan camina con la soltura de quien sabe dosificar energía y fuerza de las piernas.
—Gabriel: ¿Vives cerca del cerro o te toca rodar para venir hasta acá?
—No, para nada. Vivo aquí mismo en La Candelaria, por la zona de parque Anauco, ¿sabes? —comenta mientras la pendiente empieza a exigir más aliento.
—Gabriel: Claro, me ubico perfecto... Y allá abajo, ¿a qué te dedicas?
—Soy entrenador de gimnasio —responde sonriendo—. Me la paso metido entre pesas y máquinas.
Por eso mismo, ver a alguien que trabaja encerrado en un gimnasio buscando el Waraira Repano los domingos llama la atención. Mientras la ciudad abajo duerme la resaca del fin de semana, el camino de tierra nos pone a prueba.
—Gabriel: ¿Qué es lo que te hace levantarte de la cama un domingo temprano para subir la montaña, en vez de preferir quedarte descansando?
—Me gusta la sensación, la actividad. Cuando haces ejercicio sientes cómo el flujo sanguíneo aumenta y eso de una, te llena de energía para lo que venga —explica Bryan, ajustando el paso—. Siento que quedarme acostado me genera una pereza constante. O sea, hay días en los que el cuerpo pide quedarse en la cama y es real, a veces hace falta, pero cuando quiero recargarme de verdad, me vengo para acá.
Seguimos subiendo. En el camino el tiempo se mide distinto y las conversaciones agarran otra profundidad. Para Bryan, el Waraira Repano no es simplemente una caminadora inclinada; hay algo en su atmósfera que va más allá de lo físico.
—Gabriel: Si esta montaña fuese una persona, ¿cómo te la llevarías con ella? ¿Es tu maestra, tu rival o tu mejor amiga?
—No, vale... Para mí la montaña es mágica —responde mirando hacia la vegetación —. Hay días que subo y literalmente me quito los zapatos para caminar descalzo y conectarme directo con la tierra. Yo creo mucho en las energías, y esto me ayuda muchísimo a drenar cuando he tenido una semana muy pesada. De hecho, los domingos es el día que tengo el tiempo y me gusta subir por la energía de los demás venezolanos, se siente increíble la vibra en el ambiente.
El tramo final se pone empinado y el esfuerzo se nota en la cara. Bryan viene de marcar un tiempo brutal y nos hace saber eso —Gabriel: Sobre esos últimos quince minutos de ascenso, donde el cuerpo empieza a pedir cacao... ¿te dices algo a ti mismo para no pararte?
—¡Verga, sí! —suelta una carcajada mientras recupera el aire—. Tenía como dos meses sin subir y coronar en veinticinco minutos para mí fue una sorpresa grata, me motivó muchísimo saber que no he perdido la condición. De lunes a viernes le doy duro en el gimnasio, hago mi cardio, pero este tipo de cardio en el cerro es otra cosa totalmente distinta. En el tramo final había momentos donde decía: “No, vamos, supéralo, sigue, sigue, sigue”. Así es como me manejo en el día a día.
Ya en el final de la subida. Nos frenamos en el borde del mirador a respirar profundo.
—Gabriel: Cuando estás exhausto en ese remate final y te volteas a ver la ciudad allá abajo... ¿qué se te pasa por la mente?
—Mano, te soy sincero: en ese momento exacto la mente se te pone totalmente en blanco por un segundo. Pero cuando te frenas, agarras aire y ves a toda Caracas extendida allá abajo, la sensación es increíble. Lo único que me viene a la cabeza es: Valió la pena totalmente.
Bueno esta es la recompensa, aun con el corazón a millón el objetivo es bajar el ritmo cardiaco controlando la respiración y disfrutar de la vista, ver como el sol va arropando las edificaciones. El entrenamiento y el terminar te da satisfacción pero ver este paisaje lo es todo.
—Gabriel: Y al llegar arriba, con el cuerpo pidiendo cacao... ¿dónde está la verdadera paga de todo este sudor?
Bryan sonríe, inhalando profundo para calmar el pecho que todavía le late a millón.
—Esta es la recompensa real, real —dice mientras sus ojos recorren el valle de Caracas—. En este instante me centro en una sola cosa: controlar la respiración, ir bajando el ritmo cardíaco y entregarme a la vista. Ver cómo el sol va arropando edificio por edificio allá abajo... Haber completado el entrenamiento te da una satisfacción brutal, ahora voy a estirar el cuerpo claro que sí, pero frenarte a contemplar este paisaje lo es todo.

POR GABRIEL APONTE •
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
