05/02/26.
Esa madrugada el barrio despertó en medio de un gran sobresalto, con una gran conmoción, estremeciéndose. El suelo y las paredes de los ranchos se sacudieron como si de un temblor se hubiera tratado, pero esa extraña explosión lo delataba todo. Aunque aún no terminaban las festividades decembrinas, no procedía de ninguna pirotecnia, ni tumbarrancho ni matasuegra, el estruendo y el olor dejaron la atmósfera impregnada de un halo mortal. Antes que cualquiera pudiera reaccionar, retumbó la segunda detonación. Zuuum. !Buuuuuum!
Arriba del cerro relumbraba en llamas el viejo observatorio transformado desde hace varios años en el Comando General de la Milicia. La oscuridad de la noche se veía interrumpida por un resplandor anaranjado que alumbraba los miedos más recónditos de aquellos que, llevados por el instinto y la curiosidad, se asomaban por las ventanas de sus casas para ver lo que había pasado.
En un instante, la jaqueca y la somnolencia se transformaron en aspaviento. Las sombras de unos helicópteros Boeing AH-64 Apache se alejaban en el horizonte del valle, dejando tras de sí el rastro de destrucción característico de su paso tenebroso. Aparato engendrado en el infierno. El golpe había sido asestado, doloroso, preciso. Las heridas no tardarían en brotar.
La mayoría dormía la resaca de la borrachera que seguía después de la cena de Nochevieja y Año Nuevo. La mayoría descansaba haciendo caso omiso de la amenaza de una flota armada, que desde hace meses se había instalado para transformarse en una versión ultratecnificada de los Piratas del Caribe. Los cien pescadores asesinados a sangre fría en alta mar no habían persuadido a estas gentiles personas de que la amenaza era real y que los indeseables visitantes no iban a retirarse sin conseguir su botín, por el medio que fuera, sea cual fuese.
Al instante, los teléfonos comenzaron a sonar y las alarmas de notificaciones no paraban.
Ring, riiinnng. ¡Hello Moto!
–¡Aló mamá! ¿Cómo están?
–¡Ay mi niña, esto es horrible! Bombardean la ciudad.
No podemos contar cuántas llamadas como esas fueron hechas esa madrugada, junto a otras no tan genuinas e inocentes, sino acompañadas de sorna maliciosa e insidiosa mentira.
Qué ironía, nunca pensaría que una noche tan iluminada como esa fuese recordada como una noche oscura, llena de tinieblas. Era precisamente el día de la luna llena, la primera luna llena que daba la bienvenida al año. Bajo la luz de aquel inmenso orbe plateado, el rey había caído en la celada que el enemigo le tendió en su propia casa, pero este relato no va de reyes, es de peones.
Minutos antes, dos ya nada jóvenes milicianos estaban apostados de guardia en el antiguo Cagigal, cuando vieron las sombras a contraluz de aquella superluna, la columna vertebral del ejército invasor. Cada integrante de esa flotilla era una mole de ocho toneladas y un precio que sobrepasaba los 14 millones de dólares. Exaltados, los dos guardias trataron de comunicarse con sus superiores; no hubo respuesta. Ya se había efectuado el primer disparo y el área central de la comandancia ardía en llamas.
En vez de responder a sus instintos de supervivencia y huir ante la amenaza del fuego de aquellas quimeras de acero que se abalanzaron sobre ellos, llenos de coraje, decidieron actuar. Fue su última y la más legítima batalla que dieron en su existencia, a pesar de tenerlo todo en su contra. Dispararon con su equipo portátil un misil antiaéreo 9K338 Igla-S.
Equipados con un sistema de autoprotección con dispositivo de aviso de aproximación de misiles, la respuesta de un Apache fue inmediata. Disparó un misil AGM-114 Hellfire directo contra ellos; esa fue la segunda detonación, la tercera fue el Igla-S interceptado por la defensa antiaérea de la mole negra que se mantenía suspendida en el aire. Ahí quedaron los cuerpos sin vida de estos dos héroes anónimos, mártires que no dudaron en defender su tierra del Leviatán. Nunca se despidieron pensando en que no regresarían de nuevo a sus hogares. Luego, el silencio se apoderó del ambiente mientras el sonido de las hélices marcaba el ritmo de su retirada.
Ese día, qué raro, amaneció más temprano que de costumbre, con una procesión de plañideras, que a pesar de sus sollozos, el silencio que reinaba no reflejaba el movimiento que se desarrollaba bajo el claro sol de aquella mañana.
Juan Carlos Torres Campos (Caracas, 1978)
Intelectual, músico y editor con más de veinte años de experiencia. Como periodista de oficio, ha trabajado en las mesas de redacción de Telesur y Ciudad CCS, donde labora actualmente. Asimétrica, así como la anterior entrega ¿Será un sueño? Constituyen una sucesión de ejercicios narrativos inéditos que surgen como respuesta al bombardeo perpetrado por las fuerzas especiales de Estados Unidos sobre Caracas el 3 de enero de 2026, el cual dejó al pueblo venezolano en estado de profunda conmoción, debido a las víctimas mortales, las pérdidas materiales y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa la diputada Cilia Flores. También es un pequeño homenaje a las y los militares que perdieron la vida en cumplimiento de su deber esa madrugada.
ILUSTRACIÓN: CLEMENTINA CORTÉS