28/08/25. No sé si había un sol llameante de esos que te achicharra a mediodía. No sé si llovía, hacía frío, venteaba o los árboles florecían. No sé si era de mañana o de tarde, si la gente caminaba, los niños correteaban realengos, los carros pitaban sus bocinas atorrantes ni si estaba detenido o caminando por la acera.
Aún me cuesta gritarle “maldito viejo: no hay ideología que justifique el exterminio de la inocencia”. No hay bandera que valga más que la vida de un niño, de cualquier niño, incluyendo al que nos permitimos llevar por dentro.
Sólo recuerdo que fue en la calle Miranda de un pueblo que amo con la mayor transparencia de mi alma, que ha sido vida, memoria y pasión y un vientre que me cobija cada día después de ser regurgitado por la urbe, cuando me encontré a uno de esos queridos memoriosos.
No cualquiera: un monumento de carne y hueso a las glorias del pasado, que fue fundador de Acción Democrática en sus horas tempranas, ese partido que alguna vez soñó con dignificar al pueblo y terminó durmiendo entre las sábanas del poder. Un hombre al que admiraba y reverenciaba porque en este país, el respeto a los mayores es casi religión, y quienes hemos sido formados en el seno de una familia andina, tenemos por norma venerar la experiencia de esos tótems que andan por la vida señalando el camino.
La mala hora surgió tan de repente, cuando vomitó desde su boca fuego de metralla y me quebró en varios pedazos. “Estoy esperando a que empiecen los bombardeos sobre los hospitales” dijo, intentando cruzar conmigo información sobre la situación de Gaza, como quien pide un café con leche y un cachito. “Porque ahí es donde nacen los nuevos terroristas” agregó con alegría fanática, y yo, que aún creía en la ternura, me quedé mudo.
Más que eso: sentí físicamente un golpecito en el corazón, como si se me desgarrara la matrix y la metadata de mi cerebro saltara por los aires, quedando por algunos segundos en el limbo de los algoritmos, tratando de recomponer el significado de las cosas, aferrándome a una víscera sangrante y a una cabilla suelta. ¿Cómo se puede apreciar a alguien que le desea la muerte a un niño?
Ahí entendí que el monstruo no siempre tiene colmillos, que a veces usa bastón y habla pausado, camina lento, musita consejos, glorifica el ayer como una roca fosilizada de cuando éramos felices y no lo sabíamos. A veces, la más terrorífica crueldad se disfraza de abuelito querendón que señala a los muchachos de ahora como una generación perdida, mientras narra sus batallas remotas que ya no importan o están muy lejos de contexto. Porque el odio, cuando envejece, se vuelve más cínico, cómodo y peligroso.
Desde ese día, y a esto me opongo, dejé de mirar al mundo con los ojos del respeto automático. De alguna manera perdí una virginidad que atesoraba, porque toda mi vida insistí en dejarme arrastrar por el asombro del niño que en mí se acurruca, como ya no pueden los niños de Gaza que no tienen tiempo de soñar porque están muy atareados tratando de evitar que una bomba los desguace.
Empecé a ver con ojos de alma herida, pues, si algo merece defensa en este siglo XXI de inmediatez y promesas de futuro, es la infancia. Esa infancia que aún se hipnotiza ante los artificios de colores, que dibuja casas coronadas por arcoíris y soles sonrientes. Esa infancia que no entiende de guerras, aunque las sufre.
Pero él: ese triste monolito antiguo, muerto del corazón, minado de prejuicios. Aún me cuesta gritarle “maldito viejo: no hay ideología que justifique el exterminio de la inocencia”. No hay bandera que valga más que la vida de un niño, de cualquier niño, incluyendo al que nos permitimos llevar por dentro. Sólo soy capaz de citarlo en esta crónica para excomulgarlo de mis querencias desde ahora y para siempre, como un conjuro que necesito invocar para no perder la esperanza, como ese día en que juzgó a quien aún no ha nacido con la violencia de los que ya están muertos, por lo menos por dentro.
POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta