Trajeron el estruendo que quiere
ser único dios en el aire
Nosotros teníamos el viejo silencio
de las piedras
Joel Linares, enero de 2026
15/01/26. Eran las 2:15 de la madrugada cuando Verónica, una amiga y periodista muy querida, me llamó. Me asombré al ver en la pantalla de mi celular su nombre y, sobre todo, a esa hora. Ricardo me pidió que la atendiera, imaginamos que se trataba de una emergencia. Al otro lado escuché su voz quebrada: “Sarah, ¿qué es lo que sabes?”.
Caracas... revive en la cotidianidad, en la esperanza...En esa montaña nuestra que nos da la música matutina que ningún imperio podrá callar, porque de ella emergen las voces ancestrales...
Mi compañero y yo desconocíamos los hechos hasta ese momento. Ya estábamos descansando cuando ella llamó. Ese día, más temprano, compartimos unas copas de vino con unas amigas; después, Ricardo, mi mamá, Melissa y yo, fuimos a caminar y pasamos por la plaza Las Delicias y el bulevar de Sabana Grande. La noche se mostraba brillante entre sus colores intocables vestidos de estrellas. Nos comimos unos helados, echamos broma, cantamos y luego regresamos a casa en un servicio de taxis. Para llegar a La Pastora, atravesamos parte de la Cota 1000 y rodeamos la falda oscurecida de la gran ola, que mecía a la urbe en una canción de cuna.
Cicatrices
Al enterarme de que Estados Unidos había bombardeado Caracas, Maracay, Los Teques, Charallave y La Guaira, sentí un terror que emergió desde mi pecho y estalló en mis poros. El pánico me hacía temblar, mientras Ricardo recibía información desde teleSUR, canal donde trabaja.
Yo no vi el fuego agitándose en nuestro cielo, ni escuché el ruido de las bombas y las ciento cincuenta aeronaves que rompieron la canción nocturna del Waraira Repano. Pero, los relatos de mis amistades me quebraron. “Tuvimos que abandonar la casa y las abuelitas, como pudieron, escaparon en medio de la oscuridad”, me dijo una amiga cuya vivienda queda en Ciudad Tiuna. Para los que no saben, este es un sector caraqueño donde viven más de mil familias y que queda bastante cerca de Fuerte Tiuna, uno de los objetivos militares atacados esa noche y donde fueron asesinados más de cien compatriotas que cumplieron con el deber de defender la patria. Esta violación la realizaron en medio de una penumbra. Antes de abordar con su sed de sangre nuestra ciudad, los gringos se aseguraron de que gran parte de Caracas se quedara sin luz. Así fue por varios días, hasta que el servicio se recuperó de forma progresiva, gracias al trabajo de Corpoelec. Pero, los bombardeos también afectaron las redes de comunicación, en consecuencia, muchas de las personas que habitan las zonas aledañas, estuvieron incomunicadas. Era difícil saber de ellos y ellas. Me preguntaba por cada amigo y amiga. Una de las que pasó por mi mente fue, precisamente, la directora de nuestra revista Épale CCS y su hijita, que tiene la misma edad que Meli.
El desalojo fue casi inmediato, me contó otra de mis amistades. Tenían que abandonar sus hogares y, pese a la oscuridad, bajaron las escaleras de los edificios residenciales afectados por el acto criminal de los Estados Unidos. Hubo quienes tuvieron que dejar atrás a sus mascotas, ya que por logística, les fue imposible llevarlas consigo. Un bolsito con lo necesario, es lo único que pudieron cargar sobre sus hombros. Aunque el miedo y la tristeza eran más pesados que cualquier equipaje.
Un amigo logró publicar en su estado de WhatsApp un video para decir que estaba bien. La imagen que compartió era un cúmulo de manchas y siluetas que las sombras se tragaron a falta de luz, pero supe que había sobrevivido al infierno que se trajo el yanqui desde su tierra.
Volver en el tiempo
Marlon Zambrano, cronista de esta revista, usó la red de mensajería de Meta, para compartir un mensaje que me hizo llorar de rabia y anhelar un viaje en el tiempo al pasado, un deseo que le hice saber a mi amiga y hermana, Natalia, esa madrugada de enero. Marlon, en su estado de WhatsApp, contaba que los gringos habían profanado “una de las ciudades más alegres y solidarias sobre el planeta”. Superaron las sagradas alturas de nuestra montaña y las bombas incendiaron la calma de nuestro cielo, con la titilante Cruz del Ávila vigilando el azul oscuro que le abrigaba.
Quería volver en el tiempo. A esa Caracas que un día antes todavía celebraba el Año Nuevo. La que caminaba los mágicos senderos del cerro, que bailaba en sus plazas al ritmo de la salsa y se saludaba con el abrazo y la sonrisa nobles. Esa Caracas que en el ajetreo montaba el Metro para visitar al pana o se tomaba la cervecita en la esquina de La Ceiba mientras hablaba y contaba nuevas experiencias.
Dolor histórico
A las siete de la mañana, tras un descanso de dos horas, me enteré de que nuestro presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente, Cilia Flores, habían sido secuestrados por la pestilente garra del imperialismo. Sentí el desgarre de un país entero que se desangraba en un “dolor histórico” como nos contó María Alejandra Rendón en un chat grupal.
Hasta esa hora, mi mamá no sabía nada de lo que Estados Unidos se atrevió a hacerle a nuestra Patria. Después de los hechos, la dejé dormir, soñar sueños livianos, descansar la noche con la Caracas que vio antes de cerrar los ojos, abrigando su reposo. Al despertar, me tocó ser quien rompiera ese recuerdo y revelarle una verdad que todavía duele. Saludó a la mañana en una ciudad llena de nuevas cicatrices, pero se tomó su café como quien sortea al adverso.
Los caraqueños y las caraqueñas y quienes nos sentimos parte de esta ciudad pese a no haber nacido aquí, somos como esos anticuerpos que reparan la piel luego de una herida profunda. No hay otra forma que abrazarnos, que denunciar el crimen, tejer una cura para el corazón.
No vamos a desaparecer
El presidente Nicolás Maduro, en muchas de sus alocuciones, compartió palabras de aliento al pueblo. Dijo que si a él le llegaba a hacer algo el imperio estadounidense, no dudáramos en salir a las calles, a exigir respeto, a defender la patria y a trabajar para sacar adelante al país.
Ese mismo día, 3 de enero de 2026, aunque teníamos el corazón reventado de llanto, las y los chavistas salimos a las calles a abrazarnos y despojar nuestros cuerpos de la rabia y la congoja. Convertimos esas emociones en cantos, en consignas, en gritos de denuncia, en poesía.
Más de una semana ha pasado desde que Trump se atrevió a violar nuestro cielo y suelo patrios, donde Bolívar enarboló la libertad y la independencia de Venezuela como el bien más sagrado que lograron héroes y heroínas con sangre. Esta ciudad que nos mece en su mañana verde, sigue siendo el epicentro de movilizaciones para el pueblo chavista, que continúa exigiendo la libertad del mandatario venezolano y su compañera de vida; además, para señalar la grosería y la barbarie imperialista que nombraremos hasta que se derrita en su propia avaricia.
Pero es también, Caracas, la que se levanta y en medio de los escombros, revive en la cotidianidad, en la esperanza del café de media tarde, en las calles agitadas por el transporte público y peatones; en la sonrisa de los niños y las niñas que van a la escuela y de los jóvenes yendo al liceo; de la maestra y el maestro; el personal de salud ofreciendo su palabra sanadora a sus pacientes. En la fiesta de los cumpleañeros de enero, en la poesía de los cultores y cultoras. En esa montaña nuestra que nos da la música matutina que ningún imperio podrá callar, porque de ella emergen las voces ancestrales que nos permiten este rezo, este canto, esta resistencia.
POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
FOTOGRAFÍAS NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art / NATHAEL RAMÍREZ • @naragu.foto