07/05/26. Diversos informes de organizaciones internacionales y estudios académicos han documentado cómo la migración venezolana, particularmente la femenina, se ha visto afectada por la construcción de estereotipos negativos y la hipersexualización en los países receptores, principalmente en América Latina.
La mujer venezolana más que una cifra vista como el sex symbol latinoamericano, son personas; son vidas. Detrás de cada una de ellas hay una historia de resiliencia y resistencia.
La imagen de la mujer venezolana, moldeada durante décadas por el éxito en los concursos de belleza y difundida por los medios, se exportó al resto de la región con una carga de estereotipos que hoy funciona como una trampa. Pareciera que el estereotipo histórico de la venezolana "concursante de belleza" se transformó en un estigma negativo que las persigue al intentar integrarse.
Estos estigmas no solo generan discriminación social, sino que aumentan la vulnerabilidad de las mujeres a la explotación laboral y sexual. Se destaca que las mujeres venezolanas enfrentan una "doble vulnerabilidad": ser migrantes y ser mujeres, lo que las exponen a discriminación laboral (menores sueldos o condiciones precarias) y xenofobia.
En los países de acogida, una de las formas más persistentes de violencia es la de las narrativas hipersexualizadas. Bajo esa mirada, el cuerpo femenino se convierte en medida y destino, y todo lo demás –la formación, el trabajo, la voz– se vuelve invisible. El valor de la mujer se reduce a su apariencia física, y desde el prejuicio se le niega cualquier posibilidad de integración o aporte a la comunidad.
El estigma se vuelve entonces una forma de violencia simbólica y cotidiana. En redes sociales, en los barrios o en los lugares de trabajo, la mujer venezolana está asociada de manera directa con el trabajo sexual, y sobre ella se descargan insultos que combinan misoginia y xenofobia: “veneca”, “prostituta”, “quita maridos”. Estas palabras, que circulan sin poder, son el arma más visible de una discriminación que atraviesa fronteras y clases sociales. El diario español El Mundo tituló un artículo “La invasión de las venecas”, mientras que en Perú se hizo popular una canción titulada Las venecas, que reproduce estos estereotipos. En el barrio Kennedy de Bogotá llegaron incluso a aparecer carteles en la vía pública con la consigna: "¡Despierta! Estas venecas nos están matando. No les des limosnas, comida ni ropa. No les arriendes ni les des trabajo. No seas cómplice de sus crímenes".
Consigna como estas frecuentemente difundidas también han llevado a situaciones de violencia e incluso feminidios en países como Ecuador, Perú y Chile, a veces impulsados por discursos mediáticos de odio o narrativas locales que culpan a los migrantes de inseguridad.
Estas etiquetas dejan una marca profunda en las mujeres venezolanas. La humillación se convierte en desconfianza; la desconfianza, en aislamiento. Así, el estigma no solo aquí sino que crea una etiqueta, un falso criterio sobre lo que realmente es y representa a la mujer venezolana.
Solución con enfoque de género y cooperación
…La respuesta regional debe ir más allá de la contención o el diagnóstico…
Frente a esta espiral, insta a un cambio de enfoque que debe partir de los medios de comunicación como fuente comunicativa y educadora de masas. Sumado a ello también deben actuar las comunas tanto dentro como fuera de Venezuela como grupos formadores de contacto en las comunidades y así ir sumando centros educativos y religiosos a fin de reeducar en pro de cambiar el criterio negativo que se tiene de la mujer venezolana.
La respuesta regional debe ir más allá de la contención o el diagnóstico: se necesita una visión de cooperación y de género que reconozca sus necesidades –de protección, salud, trabajo, autonomía y respeto– ya no pueden seguir tratándose como excepciones. Es necesaria la aplicación de las leyes que legislan al género y que las mismas dejen de ser palabras muertas. Que los entes responsables las apliquen y las hagan valer.
La mujer venezolana más que una cifra vista como el sex symbol latinoamericano, son personas; son vidas. Detrás de cada una de ellas hay una historia de resiliencia y resistencia. Son mujeres que migran con lo que pueden, sosteniendo hogares enteros y desafiando un sistema externo que las empuja a la invisibilidad y a la explotación. Reconocerlas no es solo una cuestión de justicia: es la condición mínima como una pequeña parte de los derechos humanos.

POR OSMELY BOSCÁN • @osmelyboscan
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta