15/05/26. La industria del entretenimiento parece haber descubierto, por fin, que las mujeres mayores de cincuenta años existen. Películas, series y redes sociales celebran ahora el "envejecimiento activo". Sin embargo, tras esta aparente inclusión se esconde una trampa invisible: se ha pasado del estereotipo de la abuela frágil y sumisa al de la mujer madura, blanca, hiperproductiva, delgada, que ha entrado y salido varias veces del quirófano y con un estatus socioeconómico envidiable. Hollywood ya no te pide que te escondas al envejecer; ahora te exige que envejezcas con "estilo", sin arrugas, y facturando.
... Cuando la brecha entre el ideal impuesto por los medios y la realidad cotidiana es insalvable, se produce un severo daño en el bienestar psicológico y la autoestima de las personas mayores.
La romantización del envejecimiento activo se ha convertido en un privilegio de clase. Promover una vejez activa basada exclusivamente en maratones, dietas orgánicas, rutinas de gimnasio costosas y viajes de autodescubrimiento genera un nuevo estándar inalcanzable. Para la gran mayoría de las mujeres, este bombardeo mediático no es inspirador; es violento.
Como bien señala la socióloga y psicóloga argentina Virginia Viguera en sus estudios sobre psicogerontología:
"Los estereotipos sociales actúan como moldes rígidos. Cuando la brecha entre el ideal impuesto por los medios y la realidad cotidiana es insalvable, se produce un severo daño en el bienestar psicológico y la autoestima de las personas mayores".
Este ideal inalcanzable diseminado por las redes sociales, erosiona silenciosamente la salud mental. Al internalizar el edadismo ahora disfrazado de empoderamiento estético, muchas mujeres experimentan una profunda frustración, ansiedad y una sensación de insuficiencia constante. Se castigan doblemente: por envejecer y por no tener los recursos para ocultarlo con la dignidad que impone el algoritmo.
La realidad del contexto latinoamericano
Cuando miramos "aguas abajo", fuera de los focos de Los Ángeles o Europa, la narrativa de la pantalla se desmorona por completo. En Latinoamérica, envejecer significa algo radicalmente distinto. Aquí, la vejez femenina está atravesada por desigualdades estructurales acumuladas durante toda la vida: trabajos informales, ausencia de pensiones dignas y una brecha de género que obliga a las mujeres mayores a seguir asumiendo el rol de cuidadoras no remuneradas de nietos o familiares enfermos.
En nuestra región, una "vejez activa" no es sinónimo de jugar al tenis en un club privado. A menudo, significa caminar kilómetros para abastecerse de agua, buscar atención médica y muchas veces no poder costear medicamentos, sufrir los embates psicológicos de los recortes diarios de electricidad, subsistir en territorios donde continúan los conflictos armados, enfrentar la ruptura familiar por la migración, estirar presupuestos asfixiantes o sostener la economía comunitaria desde la resistencia. La gran industria del entretenimiento ignora que para millones de latinoamericanas el verdadero logro no es lucir de cuarenta los sesenta, sino sobrevivir con dignidad en un sistema que las precariza e invisibiliza.
Es urgente democratizar el concepto de envejecimiento activo. Se necesitan representaciones reales que dejen de conectar el valor de la mujer mayor a su capacidad de consumo o a su eterna juventud. Envejecer y seguir siendo implica validar las arrugas, las limitaciones biológicas y las diversas realidades sociales y económicas. Sí, una mujer puede envejecer de forma positiva aún en entornos donde pareciera imposible, pero para lograrlo hay que reflejar la resiliencia real con respeto y empatía y no solo los privilegios de un sector que puede comprar el mito de la eterna madurez perfecta.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta