18/05/26. La situación de precariedad económica que afronta Portuguesa con la plantilla reclamando respeto por su trabajo y entrega en la cancha que lo metió contra todo pronóstico en las semifinales del torneo Apertura, y la directiva anunciando que ya no tiene más interés en seguir invirtiendo en el equipo, y que lo pondrá a la venta, no sorprende a nadie; porque parafraseando aquellas palabra de Carlos Marx en su análisis de ascenso de Napoleón III al trono de Francia en 1852, podemos afirmar que en el fútbol profesional venezolano la historia también se repite primero como tragedia y luego como farsa.
Es muy trágico que una institución con la solera del Portuguesa, con cinco títulos de campeón a cuesta y una afición que llena el estadio José Antonio Páez para respaldarlo en las buenas y en las peores, haya llegado a una situación de insolvencia, por responsabilidad de una directiva más interesada en las fotos con Neymar o en organizar shows para estrellas foráneas del pasado. Esa plata hubiera sido más provechosa en recuperar la desgastada grama del estadio, en ofrecer mejores instalaciones para los jugadores y públicos y en pagar puntualmente las deudas contraídas a los proveedores de servicios.
Sin embargo, el problema sobrepasa al hecho cierto de una directiva maula, expuesta por la plantilla en su comunicado público. La tragedia económica que termina con el descenso a segunda división o en el peor de los casos en la desaparición del equipo, como ya le ocurrió en el pasado a Portuguesa y le sucedió a una reguera de otras organizaciones, es fruto del modelo económico fallido del fútbol nacional que no se ha podido superar.
La idea del empresario que compra un equipo y lo mantiene de su peculio no sirve para el fútbol nacional, porque cuando el inversionista se cansa de poner dinero o desaparece físicamente, como fue el caso del Caracas del mecenas Guillermo Valentiner, el equipo vive la farsa del Portuguesa o la mengua progresiva que padece el Caracas.
Lo que hay que entender de una vez es que el fútbol es un hecho social, colectivo, y los clubes son producto de la suma de voluntades. Portuguesa no necesita un nuevo empresario, sino de socios mayoritarios y minoritarios dispuestos a formar un club, donde los aficionados también se conviertan en dueños de la institución con derecho a opinar, elegir a su dirigencia y con la responsabilidad de aportar recursos para que su amada institución no dependa de nadie en particular, sino de una sociedad que vele a diario porque la tragedia económica nunca se repita más.