29/05/26. La sororidad no radica necesariamente en "querernos mucho", sino en el reconocimiento de la otra como nuestra igual.
Exigir sororidad obligatoria hacia cualquier mujer, sin importar sus acciones, valores o ideologías, puede trivializar el concepto. El apoyo ciego contradice la base del respeto mutuo...
En los últimos años, el concepto de sororidad se ha convertido en un pilar fundamental de los movimientos feministas. Definido como la alianza, solidaridad y empatía entre mujeres frente a la desigualdad estructural, su objetivo histórico ha sido erradicar el mito patriarcal de que "la peor enemiga de una mujer es otra mujer". Sin embargo, a medida que el término se populariza, surge un debate complejo: ¿es la sororidad una cualidad obligatoria que todas las mujeres deben practicar entre sí?
El pacto frente al mandato
Para comprender el debate, es necesario diferenciar la sororidad del simple compañerismo. Históricamente, teóricas feministas, como Marcela Lagarde, la han conceptualizado como un pacto político estratégico, no simplemente como un sentimiento de simpatía. Su propósito es el apoyo mutuo para lograr el empoderamiento y la igualdad de derechos.
Desde esta perspectiva, exigir la sororidad como un mandato absoluto puede resultar paradójico. Imponer una "obligación" de apoyo incondicional entre mujeres, independientemente de sus acciones, ideologías o valores, corre el riesgo de caer en las mismas lógicas de control que el feminismo intenta romper. Las mujeres no son un bloque homogéneo y por ende, tienen derecho a disentir.
El mito del apoyo ciego
Especialistas en estudios de género y sociología coinciden en que la sororidad no significa simpatía automática ni apoyo incondicional. Históricamente, el movimiento feminista acuñó el término como una categoría política orientada a luchar contra la opresión estructural.
Una de las preguntas más recurrentes es si se debe ser sorora con mujeres que perpetúan la misoginia o que agreden a otras. La respuesta a esta interrogante traza la línea divisoria entre la empatía y la complicidad.
Las alianzas feministas y éticas no pueden sostenerse si justifican el daño. Por ello, el consenso apunta a que las mujeres no tienen el deber de respaldar a quien las violenta. Existe el derecho legítimo de poner límites saludables, alejarse de entornos nocivos y rechazar conductas tóxicas, incluso si provienen de otra mujer.
Exigir sororidad obligatoria hacia cualquier mujer, sin importar sus acciones, valores o ideologías, puede trivializar el concepto. El apoyo ciego contradice la base del respeto mutuo y puede resultar revictimizante para otras mujeres que sufren agresiones ejercidas por miembros de su propio sexo.
¿Se debe sororidad a todas las mujeres?
Activistas y psicólogas coinciden en que no se trata de un "apoyo ciego" como ya hemos dicho. El ejercicio de la sororidad encuentra sus límites éticos cuando los actos o decisiones de otra mujer vulneran los derechos humanos, violentan a otras personas o refuerzan sistemas de opresión.
Obligar a una mujer a respaldar a otra, solo por compartir el mismo género, anula la capacidad de juicio crítico y la autonomía moral. La verdadera sororidad convive con el debate, la diferencia de opiniones y la capacidad de establecer límites saludables.
La trampa de la "mujer perfecta"
Exigir la sororidad como una cualidad obligatoria puede generar una presión adicional sobre las mujeres, creando expectativas inalcanzables que fomentan la culpa. Si el feminismo es una elección política, la sororidad también debe entenderse como una práctica voluntaria que nace de la empatía, el respeto y el reconocimiento del valor de la otra.
Establecerla como una obligación moral para ser considerada una "buena mujer" o "buena feminista" desvirtúa su naturaleza. Forzar relaciones de hermandad donde no existen bases comunes o donde hay incompatibilidad de caracteres, resulta artificial y poco efectivo.
El verdadero propósito: más allá de la amistad
La antropóloga y feminista Marcela Lagarde señala que la clave de la sororidad no radica necesariamente en "querernos mucho", sino en el reconocimiento de la otra como nuestra igual.
Esto se traduce en varios principios prácticos:
- El respeto profesional y personal: reconocer el valor y el espacio de las demás, incluso cuando existen desacuerdos ideológicos.
- La empatía estructural: entender que existen condiciones de vulnerabilidad y violencias sistémicas que atraviesan al género femenino de manera transversal.
- La no reproducción de violencias: evitar juzgar, criticar o sabotear el desarrollo de otras mujeres basándose en mandatos machistas tradicionales.
Hacia una solidaridad consciente
La sororidad, más que una regla inquebrantable, es una herramienta de cambio social y una cultura que busca tejer redes de apoyo. Su valor radica en la voluntad de no ejercer violencia, discriminación o invalidación hacia otras mujeres.
Replantear la sororidad como una elección consciente, y no como una imposición, permite construir alianzas más sólidas y genuinas. Al final del día, el objetivo no es que las mujeres estén obligadas a ser amigas o a estar de acuerdo en todo, sino promover un entorno donde prevalezca el respeto, el reconocimiento mutuo y la defensa colectiva de una vida libre de violencias.

POR OSMELY BOSCÁN • @osmelyboscan
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta