23/07/26. El doblete sísmico que estremeció al país el 24 de junio, quedó marcado en la memoria colectiva de quienes los vivimos. El reconocido ingeniero y arquitecto japonés Kit Miyamoto lo catalogó como uno de los tres terremotos más violentos de los últimos tiempos, junto al de China en 2008 y el de Turquía en 2023.
Cuando transcurren varias generaciones sin experimentar un gran terremoto... la percepción del riesgo sísmico disminuye... Recuperar esa memoria mediante la educación, la investigación y la divulgación científica es una excelente forma de fortalecer la prevención.
Nuestra historia registra aproximadamente cien terremotos destructores desde el siglo XVI y al menos doce eventos de magnitud superior a 7; sin embargo, la ausencia de una cultura de prevención y el olvido generacional han hecho que vivamos de espaldas a esa amenaza natural.
La memoria histórica de nuestros sismos es la pieza para la construcción de una cultura de prevención desde las comunidades. Para profundizar en este tema, Épale CCS conversó con la doctora Alejandra Leal Guzmán, especialista en sismología histórica y gestión del riesgo. Con una amplia trayectoria en el estudio de los terremotos del pasado y su impacto en el presente, Leal nos ofrece recomendaciones para entender que vivir preparados no significa vivir con miedo, sino con conciencia y responsabilidad compartida.
Poco se conoce sobre la memoria histórica sísmica de nuestro país, ¿qué lecciones desde el punto de vista cultural, educativo y social nos dejó el doblete sísmico del pasado 24-J?
Pienso que el primer aprendizaje fue precisamente descubrir que Venezuela sí es un país sísmico y que nuestros sistemas de fallas activas sí pueden producir grandes terremotos, es decir, eventos de magnitud superior a 7.
Muchas personas crecieron con la idea de que los grandes terremotos ocurrían en países como Chile, México o Japón, mientras que aquí eran eventos muy poco probables. Sin embargo, nuestra historia registra alrededor de cien terremotos destructores desde el siglo XVI, y aproximadamente doce sismos con magnitudes superiores a 7. Eso significa que la actividad sísmica forma parte de la dinámica natural del territorio venezolano: es una realidad con la que tenemos que vivir.
El doblete del 24 de junio también nos recordó la importancia de la memoria histórica. Cuando transcurren varias generaciones sin experimentar un gran terremoto en una determinada región, la percepción del riesgo sísmico disminuye y olvidamos que vivimos sobre un territorio atravesado por cuatro sistemas principales de fallas activas. Recuperar esa memoria mediante la educación, la investigación y la divulgación científica es una excelente forma de fortalecer la prevención.
Además, estos eventos sísmicos evidenciaron que la gestión del riesgo no puede comenzar después del terremoto o de cualquier otro evento natural destructor. La gestión de riesgo debe construirse de manera permanente mediante educación, planificación, fortalecimiento institucional y organización comunitaria.
En Venezuela se han registrado terremotos de gran magnitud desde hace más de 500 años, con una periodicidad de 60 años o casi un siglo, a diferencia de Chile o Japón donde pueden ser más frecuentes. ¿Ese amplio tiempo entre eventos en nuestro país ha podido generar el olvido generacional y la ausencia de una cultura educativa en riesgos sísmicos? ¿Cómo podemos empezar a cambiar eso desde las comunidades, las instituciones públicas y privadas?
Antes haría una precisión importante: los terremotos no siguen una periodicidad fija que nos permita anticipar cuándo ocurrirá el siguiente. Lo que observamos es que los grandes terremotos pueden estar separados por varias décadas en una misma región, y ese intervalo favorece el olvido generacional. No nos pasa únicamente a los venezolanos: es un fenómeno ampliamente registrado alrededor del mundo.
Y aquí hay que considerar que la experiencia directa tiene un enorme peso en la percepción del riesgo. Nuestro último gran sismo, un evento de magnitud 7.6, ocurrió el 29 de octubre de 1900 y, por supuesto, ya no hay testigos vivos de este evento. Durante el siglo XX se produjeron varios terremotos destructores a lo largo de nuestros sistemas de fallas activas. De esos eventos, la mayoría de los venezolanos sólo recuerda los de Caracas 1967 (6.6 Mw) y Cariaco 1997 (6.9 Mw).
Por ejemplo, para hablar de este siglo: el terremoto de Yaguaraparo del 21 de agosto del 2018, de magnitud 7,3, fue sentido en buena parte del territorio nacional y en la región, pero produjo daños relativamente moderados debido a la profundidad de su foco y a otras características del evento. Muchas personas ni siquiera lo sintieron, por lo que no llegó a incorporarse plenamente a la memoria colectiva, a pesar de haber sido uno de los terremotos más importantes registrados recientemente en Venezuela.
Por eso la memoria histórica resulta tan importante. No podemos depender únicamente de la experiencia personal para comprender la amenaza sísmica y percibir el riesgo que se deriva de ella. La educación, la divulgación científica y el conocimiento histórico permiten mantener viva esa memoria incluso cuando han pasado varias generaciones desde el último gran terremoto.
¿De qué manera podemos usar la memoria histórica de sismos pasados en la gestión del riesgo en las comunidades, comunas y consejos comunales?
La memoria histórica deja de ser únicamente un relato del pasado cuando se convierte en una herramienta para tomar decisiones en el presente. Los registros históricos no solo nos han permitido evaluar los terremotos del pasado para estimar su distribución y sus características: su fuerza (magnitud), su localización (epicentro) y su destructividad (intensidades).
Los registros históricos también permiten identificar zonas que han experimentado daños repetidamente, reconocer patrones de afectación y comprender cómo determinadas formas de ocupación del territorio incrementan o reducen el riesgo y la vulnerabilidad frente a eventos sísmicos.
Ese conocimiento puede incorporarse a estrategias de divulgación científica por redes sociales, mapas comunitarios de riesgo, planes locales de emergencia, actividades educativas, simulacros y procesos de organización vecinal. La historia no sirve únicamente para recordar lo ocurrido; también nos ayuda a prepararnos mejor para el futuro.
¿Cuáles serían los primeros tres pasos concretos que recomendarías para que desde nuestros hogares, comunidad, empecemos a construir una cultura sísmica y aprender a vivir con réplicas, sabiendo que habitamos un país sísmico?
El primero consiste en conocer el territorio donde vivimos. Informarnos sobre las amenazas presentes en nuestra localidad es el punto de partida para cualquier estrategia de prevención.
El segundo es elaborar planes familiares y comunitarios de emergencia. Saber cómo actuar, dónde encontrarse y cómo comunicarse reduce la incertidumbre durante una crisis.
El tercero es incorporar la preparación como una práctica cotidiana mediante simulacros, actividades educativas y organización comunitaria.
Aprender a convivir con los terremotos no significa vivir con miedo; significa vivir preparados.
¿Qué diferencias se evidenciaron entre el barrio informal en los cerros de Caracas en comparación con los urbanismos planificados?
Considero que todavía es muy temprano para responder esa pregunta con rigor científico y criterio técnico informado.
Establecer comparaciones de ese tipo requiere hacer evaluaciones estructurales, trabajo de campo y estudios detallados de daños. Adelantar conclusiones sin tener esa evidencia podría conducir a interpretaciones equivocadas. Pienso, y espero, que las investigaciones que se desarrollen en los próximos meses nos permitirán comprender con mayor precisión cómo respondieron las edificaciones en distintos tipos de suelos y cuáles fueron los factores que influyeron en los daños observados.
Desde el gobierno se impulsa la reconstrucción de La Guaira; ¿qué factores se deben tomar en cuenta en ese proceso para que también se reconstruya el tejido social y la confianza en el espacio que se habita y en las áreas comunes, así como para garantizarles el derecho a la ciudad a las víctimas?
La reconstrucción no debería limitarse a reemplazar edificaciones dañadas. También implica reconstruir condiciones de seguridad, confianza y calidad de vida urbana.
Para ello es fundamental realizar estudios geológicos y geotécnicos detallados, fortalecer la planificación urbana y el ordenamiento territorial, revisar y aplicar rigurosamente la normativa sismorresistente, actualizar la información sobre amenazas donde sea necesario y diseñar espacios públicos que favorezcan la cohesión social.
Reconstruir significa también reducir la vulnerabilidad futura. De lo contrario, se corre el riesgo de reproducir las mismas condiciones que amplificaron los daños durante estos últimos eventos.
Luego, ocurre que la gestión del riesgo no consiste en decidir de manera general si un territorio debe o no ser habitado. Consiste en comprender que el riesgo no depende únicamente de la amenaza natural, sino también de la vulnerabilidad y de la exposición. Existen sectores donde será necesario restringir determinados usos, otros donde podrán aplicarse medidas de mitigación y otros donde será posible reconstruir bajo criterios adecuados de seguridad.
Las decisiones deben construirse con base en evidencia científica, planificación territorial y con una estrecha participación de las comunidades. El arraigo, la identidad cultural y el derecho a la ciudad son dimensiones fundamentales que deben dialogar con la reducción del riesgo, no enfrentarse a ella.
Hay quienes hablan de que La Guaira no debería habitarse y desarrollarse únicamente como destino turístico. Otros opinan que debería convertirse en un "campo santo". Sin embargo, ahí viven generaciones enteras con un arraigo profundo y una identidad cultural forjada en el puerto, el mar y la montaña. ¿Cómo concilias esa necesidad de mitigar el riesgo, la preocupación del resto de la población venezolana, con el derecho al arraigo y la permanencia cultural?
Pienso que ese proceso no debería plantearse como un dilema entre permanecer o abandonar La Guaira, porque la gestión del riesgo busca precisamente encontrar formas más seguras de habitar el territorio.
Por ello, las decisiones deben apoyarse en evidencia científica, planificación y participación de las comunidades. Habrá sectores donde determinadas ocupaciones deban reconsiderarse, otros donde puedan implementarse medidas de mitigación y otros donde sea posible reconstruir con criterios adecuados de seguridad.
Y definitivamente, el arraigo, la identidad cultural y el derecho a la ciudad forman parte de esa discusión y deben integrarse con las estrategias de reducción del riesgo de desastre.
POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
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