No todos los mitos habitaron el Olimpo ni empuñaron rayos contra titanes. Algunos mitos caminan entre nosotros, se calzan zapatos gastados y toman café en la esquina. Son aquellos que escriben sin saber que están escribiendo: el arriero que traza caminos en la montaña, el albañil que levanta paredes con la precisión de un geómetra, la abuela que conoce el nombre de cada hierba y su secreto.
Seres humanos que hoy son otra cosa —oficinistas, repartidores, maestras de escuela— pero que llevan dentro la memoria de otros tiempos. Sus manos guardan el gesto del herrero, sus ojos el destello del explorador. Dejan huellas como los antiguos: una palabra dicha a tiempo, una canción que se hereda, una herida que sana. No necesitan estatuas. Su leyenda se escribe en el asfalto, en la ternura, en el pan compartido. Porque el mito no es lo que fuimos, sino lo que sigue latiendo en lo que somos.
Éste escritor urbano empuña la palabra con la precisión del rapero y la sensibilidad del poeta. No se describe en la ciudad desde la distancia; la habita, la suda, la canta. Su pluma es un micrófono que amplifica el latido de la gente, y en cada verso de esta parte de un ft con mi amigo snake de la Vega, revela la humanidad escondida tras el asfalto.
Si yo me describiera diría que soy buen tipo.
Con mil destrezas, a pocas de ellas les doy fortaleza.
Y aunque quisiera, muy difícil que lo fuera,
lo que mi existencia sueña es un gran rompecabezas.
Cada imagen una pieza en un filme que no termina,
hasta que baje el telón y se apaguen los reflectores.
Siento una intriga inquietante por hallar conocimiento,
por ir hasta los extremos para encontrar el punto medio.
Suelo soñar demasiado, eso me hace un despistado más,
lo digo por que encontrado muchos soñadores al andar,
haciendo camino donde no lo hay,
arrieros somos construyéndolo con arte.
Y antes que por lo anterior quieran lanzarme confetti,
sepan, también puedo admitir haber sido un perfecto imbécil,
de haber herido al amor y fanfarronear algunas veces,
de haber querido encajar y mentir para lograrlo.
¿Ya ves? no soy tan bueno,
¿o es que a lo bien no les gusta su reflejo?
lejos sí estoy de ser un idiota,
antes pienso para existir sin paranoias donde me agarre la nota.
Perdona si no se nota, ¡anota que!
mis neuronas vuelan sobre las flores de Gilgamesh, mes a mes.
Pueden pasar las estaciones,
yo pongo verde al estrés,
seguiré andando y escribiendo mientras me encuentre sobre mis pies.
Más, a mí caracas: un soneto
El waraira te ciñe como un talle
de muchacha dormida entre los cerros,
y el barrio sube, río de destierros,
hasta morder el cielo y desgajarle.
Por tus venas de asfalto corre el valle
con sus manos de música y aguerros
¿cuándo la guacamaya —fuego, hierro—
se hizo llanera en tu rosado talle?
La luna, como un ojo que no olvida,
se asoma a tus ventanas de concreto
y encuentra el corazón de tu herida.
¡Caracas, dura, dulce, en tú secreto!
Tu pueblo labra el sol en la subida
y hace con cada esquina éste soneto.
