04/09/26. La rabia que me da, o la contrariedad que siento, es que el apocalipsis haya llegado sin ofrecer señales apocalípticas, es decir, devastadoras, según la radiografía con la que pretendió anticiparse la ficción narrativa y cinematográfica.
Es el apocalipsis... pero no exhibe serpentinas de colores maravillosos ni una repentina aparición –por ahora- de seres níveos... Es más bien la percepción de que algo va a salir mal, pero que muy ma
Nuestro apocalipsis nos agarró bebiendo birras, relajados, tomando un autobús rumbo a la chamba o sacando al perrito a hacer sus necesidades en el jardín del vecino. Ni siquiera podría decir que nos ha sorprendido, sino que sencillamente nos viene atravesando sin el sentido de espectacularidad con el que supusimos el fin de los tiempos, anunciado por un coro de ángeles del infierno y el sonido atronador de unas trompetas celestiales.
El apocalipsis este, que se puso en evidencia con la pasividad con la que "scrolleamos" el Instagram mientras tiembla aquí y allá, te secuestran a tu presidente, se desploma un glaciar, bombardean Irán, se asoma desde su enorme imbecilidad un hombre naranja que se adueña del mundo y de tus vecinos, tiene el aspecto de una fiesta tenebrosa pero aburrida. Es casi una romería adeca sin elección de su reina o un contrapunteo sin improvisador.
Esta extraña forma del fin, viene aderezada con un incipiente calor y aguaceros repentinos, el desbordamiento de las quebradas que desde siempre han inundado las riberas de la ciudad, pero esta vez como con cierto encono, y se diluye en fogonazos escandalosos que lo mismo son truenos monzónicos como son rayos interestelares de los objetos voladores no identificados que declararon al Waraira Repano zona libre de humanos y base de operaciones. Carmencita Padrón lo viene diciendo desde hace años, pero la hemos refutado con desprecio burlón.
Es el apocalipsis, decimos, pero no exhibe serpentinas de colores maravillosos ni una repentina aparición –por ahora- de seres níveos comisionados por dios para ofrecernos la absolución frente al Juicio Final. Es más bien la percepción de que algo va a salir mal, pero que muy mal, mientras nos pirateamos los canales del streaming y tratamos de ver la mayor cantidad de estrenos cinematográficos posibles (y uno que otro clásico) mientras nos vence el sueño para despertar al día siguiente con otro aquelarre en la Tv o en las redes.
Este apocalipsis de pacotilla tiene entre sus signos a una horda de los avernos que hemos convenido en llamar “influencers”, cada uno más bestial que el otro, con su summum de verdades despóticas y su arbitraria redefinición de la vida en la tierra a partir de sus empíricas observaciones, que nosotros, espíritus asustadizos, reverenciamos con un “like” no sólo como gesto de aprobación sino como símbolo de comunión, casi como buscando el perdón de nuestros pecados.
¿Dónde quedaron las multitudes desnudas, las orgías zoofílicas, el estanque de mujeres y el carrusel de hombres erotizados, capitaneados todes por el Príncipe de las Tinieblas mientras va devorando almas, como intuyó El Bosco en su célebre Jardín de las delicias?
Es un fin insospechado por inocuo, es casi lo mismo que morir de muerte natural. Un cierre descafeinado como la versión acomodaticia de La Odisea de Christopher Nolan, u otra maldita precuela del universo Star War.
Alguien dirá, y con razón, que ya no salen hombres y mujeres como los de antes, dispuestos a dejarse el pellejo en un apocalipsis de manual, de los que ofrecen la tierra fracturada por volcanes fulgurantes y ríos de lava que corren libres, despedazando ciudades, mientras bestias de seis cachos nos lapidan con sus lenguas venenosas. Esos apocalipsis como los de antes, que no te dan tiempo de cambiar de canal.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
