10/09/26. Hace unos días, un médico venezolano se hizo viral. En un video, comunicaba a un joven y a su madre un diagnóstico positivo del Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH), además de dos enfermedades de transmisión sexual. No mostró rostros ni identidades, pero el tono directo y la crudeza con la que abordó la situación dividieron a la audiencia.
El caso viral evidenció una realidad que muchos viven en silencio: el temor a ser juzgados por su propio médico.
El caso generó dos bandos: quienes defendieron su profesionalismo y quienes señalaron su falta de empatía. Más allá de la controversia, nos obliga a preguntarnos: ¿cómo debería comunicarse un diagnóstico que transforma la vida de una persona?
Comunicar un diagnóstico positivo de VIH no es lo mismo que dar un resultado de rutina. El VIH, a pesar de los avances médicos, sigue cargado de estigma. Recibir esta noticia implica enfrentar miedo, culpa y juicio social. La forma en que se comunique puede determinar si el paciente buscará tratamiento o se hundirá en el silencio.
La práctica médica en Venezuela está regida por el Código de Deontología Médica, que establece el secreto profesional como pilar de la confianza. Cuando un médico graba un diagnóstico, aunque no muestre los rostros, pone en riesgo esa confidencialidad. El hecho de que el video se haya viralizado expone a los pacientes a un escrutinio público que nunca solicitaron.
Pero el problema no es solo técnico. Es humano. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que la consejería previa y posterior a la prueba de VIH es esencial. En Venezuela, más de dos de cada diez personas con VIH han reportado discriminación en centros de salud. El caso viral evidenció una realidad que muchos viven en silencio: el temor a ser juzgados por su propio médico.
El estigma no es un problema menor: es una barrera que impide acceder a pruebas, tratamiento y acompañamiento. Cuando un médico comunica un diagnóstico sin empatía, refuerza ese estigma. Está diciendo, aunque no con palabras, que esa persona es diferente, que su condición es motivo de vergüenza.
La pregunta no es retórica: si usted tuviera que recibir una noticia que cambiará su vida, ¿cómo le gustaría que se la dieran? ¿Con un tono todo frío, y con regaños? ¿O con empatía, con tiempo, con la posibilidad de hacer preguntas?
El médico viral en redes sociales quizás tenía buenas intenciones. Pero la ética médica no se agota en no mostrar los rostros. Se construye en cada palabra, en cada gesto, en la forma de respetar la vulnerabilidad de quien confía en nosotros.
Los profesionales de la salud tienen una responsabilidad inmensa: no solo curan el cuerpo, también pueden sanar o herir las almas. El debate abierto nos invita a reflexionar sobre la formación médica en habilidades comunicativas. No basta con saber de medicina, hay que saber de personas. Y eso, en una sociedad que aún lucha contra el prejuicio, no es un lujo, es una urgencia.

POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
