11/09/26.
Era invierno y no cualquier invierno. Era una temporada cruda y nevada.
Las niñas se aburrían junto a la chimenea. Y el perro con ellas. La vida estaba afuera, pero no las dejaban salir.
Los mayores se movían en silencio por la gran casa. La abuela cocinaba dulce de ciruelas, la madre bordaba un pino sobre una servilleta.
La niña mayor buscó una de las hojas en las que su padre solía escribir cartas, y la estrujó entre sus manos. Miró indecisa el bollo de papel. Un, dos, tres y lo arrojó al fuego. Enseguida tomó la pinza, apoyada en la pared, rescató el papel en llamas y lo dejó a un costado, sobre el piso de piedra de la
chimenea.
Luego se acostó panza abajo, a mirar cómo se quemaba. Las demás niñas la imitaron.
El papel abollado se teñía de negro. Un manto avanzaba sobre la esfera blanca así como, a veces, avanza la oscuridad sobre el cielo. Entonces ya no fue un papel quemado sino una madeja de la noche.
—¡Qué bonita la noche cuando se hace ovillo! –dijo una niña.
Y continuaron mirando.
Lentamente, las llamas se apagaron. El resultado fue una negrura llena de chispas. O más bien, una ciudad de noche, con todas las ventanas iluminadas.
—Qué enorme ciudad y cuánta gente vive en ella.
—Miren allá, las luces de un edifico.
—Miren allá, un barrio de casas bajas.
Las niñas miraron embelesadas aquella ciudad nocturna, donde cada familia tenía su lámpara.
—Ya debe ser tarde, porque las ventanas empiezan a apagarse –dijo la mayor.
Una a una, las mínimas brasas del papel se morían.
—Todos se están yendo a dormir. —Y la niña saludó—: Buenas noches.
En el papel se consumían las últimas partículas de fuego. Se apagaban las luces de la ciudad. Pero en un sitio y otro aún quedaba gente despierta.
—¿Cuál será el último en apagar la luz?
—Veamos.
Ya casi todas las ventanas habían desaparecido.
—Allí. Allí atrás, ¿ven esa lucecita?
—Debe ser un señor que lee hasta muy tarde.
Tal vez, dentro de la esfera de papel quedaba algo de fuego porque, de pronto, se encendió una nueva chispa.
—Será una madre con su bebé pequeño. El niño se despertó llorando y ella tuvo que encender la lámpara.
Las niñas, echadas boca abajo, siguieron mirando la noche en la ciudad abollada. El fuego se rendía.
—¡El señor dejó de leer!
—Suerte que no se quedó dormido con la luz prendida.
En la casa donde lloraba el pequeño, también se apagó la luz.
—El bebé se tranquilizó.
—Ahora todos duermen.
Las niñas bostezaron. Afuera se hacía de noche.
De: Salamandras, 2015.
Liliana Bodoc (Santa Fe, Argentina, 1958 - Mendoza, Argentina, 2018)
Escritora y poeta argentina que se especializó en literatura juvenil y adulta. Con La saga de los confines, su trilogía más famosa, compuesta por Los días del venado (2000), Los días de la sombra (2002) y Los días del fuego (2004), se mostró como la revelación argentina en el género de la épica y la literatura fantástica. Sus libros fueron traducidos al alemán, neerlandés, japonés, polaco, inglés e italiano. Con su novela El espejo africano (2008), obtuvo el prestigioso premio Barco de Vapor. Recibió múltiples galardones, incluidos los Premios Konex de Platino (2004 y 2014) y el título de doctora honoris causa por la Universidad Nacional de Cuyo en 2016.
ILUSTRACIÓN: CLEMENTINA CORTÉS
