18/09/26. La obra no empieza cuando se abre el telón. Se apagan las luces, se cruza el estacionamiento del Teatro Alberto de Paz y Mateos y el suelo se convierte en un río. El escenario son las aguas de Granada. En el centro, un hombre con los ojos vendados, inmóvil, esperando la muerte. Es Federico García Lorca que recita sus primeras palabras: "¡Si muero, dejadme el balcón abierto!".
La obra es un ritual de memoria, un exorcismo poético que nos obliga a confrontar la brutalidad de la opresión frente a una idea que quedó escrita en palabras eternas.
En ese momento, comienzas a cuestionarte su valentía ante la oscuridad y ¿por qué acabar con la vida de un hombre a quien describían como alegre, simpático, hipersensible y frágil: UN POETA. También aterran las sombras tras las cuales se esconden los verdugos con una mirada punzante no solo hacia el poeta. Las y los espectadores sentimos esa sed. Alrededor, lavanderas que cantan, bailan y anuncian lo que nadie quiere escuchar: que el poeta va a morir a manos de los falangistas.
Anoche tuve un sueño tortura, muerte y traición...
Así comienza Granada, traición y crimen, la pieza inmersiva con dramaturgia de Aníbal Grunn y dirección compartida con Carlos Arroyo y Rufino Dorta. La Compañía Nacional de Teatro se atrevió a romper la cuarta pared y nos lanzó a un recorrido de seis estaciones por los pasillos, salones y bares del teatro, donde la música, la poesía, el teatro y la danza te reúnen con seis representaciones de Lorca y sus obras.
Mientras los soldados con fusiles, te siguen, te demandan atención y guían por el camino hacia cada estación, los rezos también te persiguen, mientras la poesía te atraviesa como la bala que, pese a sus objetivos, no callaron al poeta hace noventa años.
El río que nos lava el alma
La primera estación es un bautismo. Las lavanderas cantan El río mientras el agua corre. “Quiero lavarme el alma”, repiten, y una no sabe si hablan de Lorca o de quienes están allí presentes. Detrás, un Federico con los ojos vendados, como si ya no quisiera ver lo que viene. Las mujeres bailan, y en sus cuerpos se adivina la vida que se escapa.
"Nació poeta y artista como el que nace ciego”, dice una voz. Y pienso en Lorca, en su Granada, en su muerte anunciada.
El café, el balcón y la traición
La segunda estación es un café. Hay guitarra. Hay amistades. Hay un Federico que ríe y que brinda. La música española se mezcla con el humo y el aroma a café, a cigarro, a fiesta. Por un momento, parece que todo va a estar bien. Pero los soldados están ahí, en las esquinas, con sus fusiles. Vigilando. Esperando.
Dos mujeres en el balcón recitan la poesía de Lorca mientras abajo, frente al público, las luces enfocan al poeta que canta acompañado por la guitarra. A la par, dos personajes (padre e hija) irrumpen y escenifican una graciosa escena que involucra la risa de Lorca y quienes le rodeamos.
La tercera estación nos lleva a los salones del teatro. Las plañideras entran con un rezo dulce: “dulce cruz, dulce clavo”. El poema Romance de la luna, luna se eleva como una plegaria contra la muerte que se acerca. Bajo la guitarra del gitano herido, un teniente coronel de la Guardia Civil dicta órdenes. La represión tiene nombre y uniforme.
En la cuarta estación, el bar. El poema Ciudad de los gitanos se mezcla con el sonido de los fusiles frente a la que resisten la alegría, la sensualidad y la declaración de amor, con un fragmento de la obra lorquiana: “¿Si yo me convirtiera en nube? / Yo me convertiría en ojo”.
Un intercambio donde el erotismo y el deseo se ven interrumpidos por una guitarra que vuelve a entonar el dolor de una ciudad “La luna y la calabaza... con las guindas en conserva”.
La quinta estación es un poema cantado, un “amargo” que se clava en el pecho. “Amargo”, susurra una mujer triste. Y yo le pregunto a la muerte, como Lorca: “Yo le pregunté a la muerte”.
Amargo.
Ay yayayay.
Yo le pregunté a la muerte.
Ay yayayay.
El cuchillo, la sangre y la llegada a la ciudad de los gitanos, donde trascurre la sexta estación. La sexta es el silencio. El silencio de un cuerpo que cae. El silencio de una España que traiciona a su poeta. El silencio de un balcón que se queda abierto, y una madre en diferentes etapas que llora la partida.
Un ritual que no se olvida
La obra es un ritual de memoria, un exorcismo poético que nos obliga a confrontar la brutalidad de la opresión frente a una idea que quedó escrita en palabras eternas. Las actrices Francis Rueda, María Brito, Irabé Seguías, Livia Méndez, y más de cuarenta actores y actrices, se desgarran en escena.
Los músicos, con Julia Carolina Ojeda a la cabeza, tejen un contrapunto operístico que amalgama la raíz gitana con la identidad sonora venezolana.
Salí del teatro con la sensación de haber caminado dentro de un poema. Cuando termina la escena con Aníbal Grunn recitando las últimas palabras, los aplausos resuenan entre el dolor, la admiración y la necesidad de seguir cantando a Lorca desde este lado del balcón.
Su amor que es poesía vive en nuestros corazones
Quiero lavarme el alma
POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
FOTOGRAFÍAS NATHAEL RAMÍREZ • @naragu.foto / SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz / MINISTERIO DEL PODER POPULAR PARA LA CULTURA
