21/09/26. Hay duelos que se sienten raros porque traspasan los bordes del tiempo. Despedir a una amiga mayor cuando una es más joven deja un vacío inmenso; de esos que se intentan llenar con una taza de café caliente y alguna canción de Nicola di Bari sonando bajito de fondo, mientras se trata de entender cómo la vida va cambiando —y cambiándonos— de sitio.
Se fue la amiga, la confidente... Queda su huella en los cimientos de mi propia historia... se queda a vivir para siempre en la memoria.
Nelly Hernández Lugo medía un metro sesenta, pero era una gigante. Su carácter fuerte venía de cuando lideraba las luchas estudiantiles en Caracas, en los años sesenta con una valentía que tambaleaba cualquier estructura. Estuvo entre las primeras mujeres que ingresó a la Universidad Central de Venezuela para estudiar arquitectura, en una época en la que eso era casi un atrevimiento. Y no se quedó sólo con los planos sobre la mesa: fue una visionaria que logró el sueño del techo propio y supo invertir en inmuebles que terminaron siendo el refugio y el hogar de su gente, porque repartió cobijo y solidaridad.
No obstante, detrás de esa arquitecta indomable y de temple firme, estaba una humanidad hermosa y llena de ternura. ¿Cómo no recordarla con sus ojos saltones y su sonrisa pícara, disimulando que tenía unas cervecitas escondidas en el cuarto, o sacando esa chispa creativa con la cual inventaba nombres geniales para programas de radio en emisoras AM?
Como buena comunicadora que siempre fue, el café nunca faltó en reuniones de trabajo o tertulias de media tarde, y entre sus no negociables estaba el café con azúcar. "El dulce no amarga", decía mientras removía con una cucharita su clásico marrón oscuro.
Ejemplificó a cabalidad a la mujer resiliente y "echada para adelante". A menudo contaba que, aunque tuvieran los zapatos rotos, su madre la obligaba a ella y a sus hermanos a ir a la escuela. Con base en este recuerdo, siempre repetía que su mamá era la del carácter fuerte y su papá, el consentidor; una dupla que forjó su temple.
La consideré como la viva representación de La Vikina: altanera, preciosa y orgullosa. Por eso tal vez dolió tanto la implacable presencia del Alzheimer, que socavó su existencia poco a poco. Ver cómo ese portento de mujer se iba desvaneciendo —conservando apenas una mirada de niña perdida en un rostro lleno de arrugas— se convirtió en una despedida larga y dolorosa, hasta que el pasado 14 de septiembre el sufrimiento dio su último suspiro y por fin se hizo el silencio.
Se fue la amiga, la confidente, la que manejaba de forma impecable el arte de la discreción, la que una noche, sin preguntarme nada, me recibió diciendo: «Esta es tu casa, te puedes quedar»; la de la risa franca que en muchas ocasiones venía acompañada de un maravilloso humor negro. Queda su huella en los cimientos de mi propia historia, recordándome que las almas grandes no caben en las medidas del mundo y que la verdadera amistad, esa que desafía los diagnósticos, se queda a vivir para siempre en la memoria.
Descansa en paz Nelly y gracias, por tanto.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
