18/09/26. Nos conmueve hasta los huesos imaginar a un triste y lánguido Bolívar remontar el río Magdalena, derrotado por las circunstancias políticas de ese año fatal de 1830, sintiendo el fin de su propio tiempo histórico como quien va deshojando su vida en pétalos de olvido.
...Gabo dibujó al Libertador que más nos seduce: el ser humano que tenía mucho de iluso. De alguna manera, ese es un ingrediente esencial para todo el que se mantiene íntegro en su dignidad...
Lo escuchamos dialogar con su eterno edecán, José Palacios, sobre los hechos triviales que fue amontonando hasta construir su epopeya, con la nostalgia de un niño terrible y malhumorado que, en medio de la enfermedad, la traición y la pérdida del sueño grancolombiano, pretendía tomar rumbo a Europa desde Cartagena para entregarse a un retiro melancólico, sin saber que su tiempo estaba cronometrado por esos dioses rencorosos que tuercen el destino de los grandes hombres hasta verlos completamente vencidos.
“Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos perdiéndote tú”, le escribió a Manuela Sáenz en esas horas postreras, mientras definía el itinerario de sus últimos días sobre esta tierra infame que vendió su sueño libertario y fundacional a los intereses mezquinos del poder por el poder, pues parece que es el sino profundo de los países de la América nuestra.
No nos cuesta nada imaginarlo alucinado y narcisista, pero sólo así su genio pudo sobreponerse a la guerra eterna que, tras enormes pérdidas materiales y humanas, socavó al poderoso ejército español hasta hacerlo huir definitivamente de esta parte del mundo. No tuvo igual suerte con sus paisanos, aliados, compañeros de lucha, subalternos, muchos aferrados a apetencias personales que poco o nada tenían que ver con ese sueño iniciático que enrumbó a una pandilla de pueriles insurgentes a procurar la libertad de todo un continente.
El Bolívar humano al que no le gustaba perder, se hería enormemente frente al escarnio de la opinión pública, ponderaba como un valor insustituible la amistad, le huía a Manuelita cuando deseaba desfogar sus pasiones básicas con otras amantes; patiquín y osado a la vez, impulsivo y vehemente.
Así se fue, escarnecido, aclamado por pocos y despreciado por muchos que lo llamaban loco, tirano y “longaniza” mientras abandonaba Bogotá y transitaba con escasos escoltas, edecanes y seguidores fieles hacia el norte de la Nueva Granada para hacer el definitivo viaje sin retorno.
García Márquez lo retrató con la genialidad del escritor consagrado, pero también impulsado por su búsqueda personal del general (el coronel) modelado por su abuelo y transmutado en los coroneles u hombres y mujeres de poder que definieron a pulso y mandarriazo la silueta de este continente tan deseado y manoseado a la vez, hoy herido por un poder imperial que el Libertador habría aborrecido y combatido, sin duda.
No podemos evitar pensar en Chávez, con sus cercanías y diferencias. Si bien el rumbo de Bolívar estuvo signado por la pugnacidad política y el desmoronamiento de una cohesión geográfica que terminó siendo quimérica, cuando nuestros países aún segregaban purulencia desde las heridas de la guerra, el destino de Chávez fue atroz. Su prematura muerte quebró un proyecto y dejó un manojo de expectación que se quedó en el tintero, mientras el dolor y las contradicciones sumieron al pueblo en una especie de aturdido desaliento.
Podríamos pensar, como canta Rubén Blades, que seguimos buscando a América. En El general en su laberinto, el Gabo dibujó al Libertador que más nos seduce: el ser humano que tenía mucho de iluso. De alguna manera, ese es un ingrediente esencial para todo el que se mantiene íntegro en su dignidad, para el que no se vende y se torna incómodo y arrebatado atesorando un sueño absoluto, aunque imposible.
“He arado en el mar”, dicen que dijo como una proclama antes de hacer mutis de la escena. No sabemos si lo repitió Chávez al término de su periplo vital, encomendado, como estuvo, a la esperanza de que ese sueño preterido de un país de justicia y equidad se concretara en la felicidad certera de la gente, de toda la gente.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
