25/09/26. Todo texto presenta una estructura de viaje. No sólo referido a creaciones que narran literalmente un viaje como la Odisea de Homero, La Tempestad de Shakespeare o Buenaventura Chatarra de Rengifo; la estructura se refiere al texto en sí, entendiéndolo como un recorrido desde el planteamiento inicial hasta su culminación.
Es inevitable que el punto de partida tenga uno de llegada, pero esa llegada depende de nosotros.
El viaje como estructura compone una proposición teórica, un cuento cualquiera, una pieza teatral, un chiste o una idea. Pongamos por ejemplo el viaje de este mismo escrito: Arrancó con el título “El destino” pasa por estas palabras que está leyendo en este preciso instante e, irremediable, desembarcará en un cierre; entre otras cosas porque ya está escrito: es su destino.
Al destino también podemos aproximarnos con una experiencia que seguramente todo animal urbano ha vivido. En una autopista hay una tranca infame. Alguien la observa desde un carro a buena marcha en dirección contraria. Va mirando un largo martirio ronroneante, aderezado con histéricos cornetazos. Recorre el atasco hasta llegar a los últimos de la cola. Unos minutos después observa los carros que se desplazan a buena velocidad y, más adelante, se encontrarán con la tranca. Esos conductores no vinculan su presente con el tormento que se les avecina. El observador sabe lo que les va a tocar, él viene del futuro de esa gente. Él conoce su destino.
Esta inevitabilidad nos coloca en sintonía con aquello del “destino divino”, las tres hermanas cuyos designios son temidos hasta por el mismísimo Zeus o, simplemente, con el saber popular que dicta: “con el destino nadie puede”.
Conseguir o con seguir el hilo, permite desentrañar el destino que no es otra cosa que una de las puntas de un mismo tejido. Una trama cotidiana de causas y azares, como canta Silvio Rodríguez, también de intenciones, acciones, creencia, posibilidades e imposibilidades, pero sobre todo de voluntades, inteligencia y la indestructible fuerza del amor y la solidaridad.
Las circunstancias de la autopista no es la única manera de partir del futuro, también se vislumbra, con interpretaciones de la realidad pasada y presente, y con planes: en el siglo XVIII, los gringos ya tenían un plan y dijeron creer en un “destino manifiesto”, y Bolívar también tenía el suyo, y planteó un “inexorable decreto del destino”. Dos futuros en direcciones contrarias, dos destinos que, aunque el recorrido inclina la balanza de un lado o del otro según el transcurrir, las dinámicas pueden transformarse, los finales pueden trocarse. Es inevitable que el punto de partida tenga uno de llegada, pero esa llegada depende de nosotros.

POR RODOLFO PORRAS • porras.rodolfo@gmail.com
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancoru
