02/10/26. Hay un momento en que el olfato se adelanta a todo. Es ese instante en que algo se cocina y el aroma te envuelve antes de que veas el plato, antes de que lo pruebes, antes de que sepas qué es. El cuerpo responde antes que la razón. Se te hace agua la boca. Se te eriza la piel. Y sin darte cuenta, estás sonriendo.
Hay un lenguaje en la mesa que el venezolano domina sin saberlo. El café que se ofrece como pretexto. El postre que se comparte como intimidad. La arepa que se hace con las manos y se entrega como quien entrega algo más que comida.
La comida no solo alimenta: también seduce, insinúa, codifica. Desde el "¿quieres que te haga una arepa?" que es casi una declaración de amor, hasta el "está para comérsela" que dice más de lo que uno cree, hay un lenguaje del deseo que se dice con el plato, con el sabor, con la mesa. La sexología le puso nombre a ese cruce: sitofilia, la parafilia que integra la comida en el deseo sexual. Pero antes de que los académicos lo bautizaran, el pueblo ya lo practicaba.
Especias que tocan interruptores
Hay algo en las especias que no es solo sabor. La canela calienta sin picar, deja un rastro dulce en la lengua que dura más de lo debido. El clavo es intenso, casi eléctrico: una sola unidad puede dominar todo un plato, como esos besos que se sienten en la nuca. El jengibre tiene un ardor que sube, que despierta. La pimienta llega después, como una caricia inesperada. El comino es terroso, profundo, de esos sabores que se quedan en la memoria del cuerpo.
Y luego está el ají. El ají no se come: se enfrenta. Pica, enciende, hace que la lengua busque agua, que los labios se humedezcan, que el cuerpo entero reaccione. Hay quien no lo resiste. Hay quien no puede vivir sin él. Como todo en la vida, pues.
El neverazo generacional
Hay escenas que marcan a una generación. La de 9 semanas y media —Mickey Rourke y Kim Basinger frente a una nevera abierta, comiendo de todo, entre risas y una lengua juguetona— es una de ellas. No hay sexo explícito. Hay algo mejor: la tensión de dos cuerpos que se desean y usan la comida como excusa, como preludio, como lenguaje.
El cine latinoamericano también tiene lo suyo. Como agua para chocolate convirtió la cocina en campo de batalla erótico: los pétalos de rosa en las codornices, el deseo de Tita transmitido a través de la comida. En nuestra América, la comida y el sexo siempre han hablado el mismo idioma.
Las formas que no necesitan explicación
El cuerpo humano está en todas partes, y el pueblo lo sabe. La pepitona —esa semilla de auyama que se parte con los dientes— guarda un misterio que no necesita traducción. El caracol, con su espiral húmeda, invita a recorrerlo con la yema del dedo. La almeja es la concha que se abre despacio, que se entrega cuando confía. El plátano, el pepino, la berenjena, el chorizo: están ahí, en la nevera, en el mercado, en la olla.
Y luego está el lenguaje. La comida y el sexo comparten un mismo vocabulario, una misma gramática del cuerpo. Es un código que se aprende sin darse cuenta, al ser amamantados, en la calle, en la casa, en la broma del amigo que te dice un chiste y tú sabes de qué habla.
El inventario de las variantes
La sitofilia no es un cajón único. Es un espectro. Está el feederismo —o cebismo, en buen criollo—, donde el placer no está en la comida sino en el acto de alimentar. El feeder provee, el feedee se entrega. Una danza de poder y cuidado.
Está el sploshing, que consiste en untarse de pudín, crema batida o chocolate. La clave no es el sabor, sino la textura, el desorden. La crema tibia resbalando por la piel, el chocolate dejando un rastro que alguien, tarde o temprano, va a querer limpiar con la boca.
Y está el nyotaimori, la práctica japonesa de servir sushi sobre el cuerpo desnudo. El cuerpo como bandeja, como mesa. La variante más estética y la más incómoda, porque pone sobre la mesa la pregunta de siempre: ¿dónde termina el juego y empieza la cosificación?
Los códigos venezolanos
Aquí los códigos existen desde siempre. La arepa que se abre y se rellena. El "matar el queso" como tener relaciones sexuales. Las arepas "rompe colchón", esas que se comen en las costas y que la sabiduría popular elevó a la categoría de afrodisíacas. El sancocho que se cocina en grupo. La hallaca que se envuelve en familia y se reparte en diciembre, con su carga de amarre, relleno y envoltorio.
Hay un lenguaje en la mesa que el venezolano domina sin saberlo. El café que se ofrece como pretexto. El postre que se comparte como intimidad. La arepa que se hace con las manos y se entrega como quien entrega algo más que comida.
La filosofía popular
"El que no come, no ama", dice el dicho. Y quizás tiene razón. Porque la comida y el sexo comparten una misma raíz: la pulsión oral, el placer de la boca, la necesidad de incorporar al otro. Freud lo dijo con palabras elegantes; el pueblo lo dice con la arepa en la mano.
No es una perversión de la modernidad, ni un invento de Internet. Es una constante antropológica. El deseo que se cocina a fuego lento.
Así que la próxima vez que alguien te diga "¿quieres que te haga algo de comer?", piénsalo dos veces. Porque en esta tierra, como en pocas, la cocina sigue siendo un lugar de guiños, de lenguajes que no vienen en ningún manual.
No es una rareza importada esto de la "sitofilia". Es una forma de decir lo que no se dice con palabras. Y aquí, donde la comida es sagrada y el humor es resistencia, esos códigos se llevan en la sangre. O mejor dicho, en el estómago. Así que cómetela.

POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
