02/10/26. Cada vez que arranca el ciclo académico en Venezuela entre septiembre y octubre, las conversaciones en redes sociales y pasillos se llenan de la energía propia de un nuevo comienzo. Sin embargo, en medio del entusiasmo por el retorno a los salones de clase, de vez en cuando surgen expresiones que revelan prejuicios arraigados. Recientemente, un joven manifestaba en Instagram su molestia ante la presencia de personas mayores en la universidad, argumentando bajo una mirada excluyente que ellas "quitan oportunidades" a las nuevas generaciones. Más allá de la anécdota, el trasfondo de este comentario expone una capa profunda de edadismo: la idea errónea de que el saber tiene fecha de vencimiento y que los espacios educativos pertenecen en exclusiva a una sola etapa de la vida.
Abrir las puertas de la educación sin barreras cronológicas es construir una sociedad verdaderamente democrática
Frente a esta visión limitante, es urgente reivindicar el derecho universal a la educación a lo largo de toda la vida. Aprender no es un privilegio que se agota en la juventud ni un trámite exclusivo para conseguir el primer empleo; es una dimensión inherente a la condición humana.
Para comprender esto, es clave entender que las razones por las que una persona mayor decide estudiar son distintas a las de un joven, especialmente en América Latina. Mientras que un recién graduado de bachillerato suele pisar la universidad impulsado por la urgencia de construir un perfil profesional y abrirse paso en el mercado laboral, el adulto mayor lo hace desde otro lugar. En nuestra región, las trayectorias de quienes hoy tienen sesenta o setenta años —en especial mujeres, madres y cabezas de hogar— estuvieron marcadas por contextos socioculturales complejos: carencias económicas, la urgencia de sostener a la familia, brechas de género que relegaban el estudio o la falta de acceso a la educación formal en zonas apartadas. No estudiar a los veinte años no fue una elección negligente, sino el resultado de realidades que postergaron sus aspiraciones.
Por eso, cuando una persona mayor regresa a las aulas, sus motivaciones no responden al afán de acumular títulos para competir en el currículum. Lo hacen movidas por el deseo de sanar una deuda histórica consigo mismas, por la curiosidad intelectual, por el placer de saborear el conocimiento sin las presiones del pasado y por mantenerse activas, conectadas y con un profundo sentido de propósito en esta etapa de la longevidad. Para acompañar esta búsqueda, la educación andragógica se alza como una opción fundamental: una disciplina pensada específicamente para guiar el aprendizaje de los adultos, reconociendo su autonomía, su experiencia acumulada y conectando los saberes teóricos con la riqueza de sus vivencias previas.
Lejos de "quitar un cupo", su presencia enriquece el intercambio académico. Aportan una memoria social viva, resiliencia y una diversidad intergeneracional que transforma el espacio de estudio en un espacio más humano. Los jóvenes que comparten con compañeros mayores no pierden oportunidades; por el contrario, ganan perspectivas y aprenden a valorar que el deseo de superación no declina.
La discriminación resta valor a la experiencia y hace poco viable la coexistencia. Abrir las puertas de la educación sin barreras cronológicas es construir una sociedad verdaderamente democrática, donde cada quien, tenga la libertad de seguir escribiendo su propia historia.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
