30/10/26. Visitar el cine Cipreses para disfrutar de El pez que fuma, dirigida por Román Chalbaud y con guión de José Ignacio Cabrujas, ahora reestrenada en su impecable versión restaurada, no es solo un ejercicio de nostalgia cinéfila. Es una inmersión en nuestras pasiones colectivas.
...las pasiones adultas, cuando son genuinas y están habitadas por mujeres complejas, dueñas de su propio destino, conservan intacta su vigencia...
A casi cincuenta años de su estreno, la mirada se desplaza inevitablemente hacia aquello que en los años setenta pudo leerse como un tosco melodrama marginal, pero que hoy resplandece con la fuerza de una radiografía sociopolítica reveladora y de un profundo estudio sobre las fisuras humanas.
Entre los rincones oscuros de ese bar-prostíbulo regentado por el poder económico y simbólico de una mujer, surge la relación entre La Garza (Hilda Vera) y el joven Jairo (Orlando Urdaneta). Verlos hoy, desde la perspectiva de género, invita a deconstruir los mitos añejos sobre el deseo femenino. La sociedad patriarcal suele concederle al hombre maduro el derecho al desborde amoroso y a la compañía juvenil, pero castiga, invisibiliza o ridiculiza el eros de la mujer veterana que se enamora de un muchacho.
Frente a esta doble moral, la crítica especializada ha sabido valorar la magnitud de estos personajes. El reconocido investigador y crítico cinematográfico Alfonso Molina, en su obra Democracia y melodrama. El país de Román Chalbaud (2000), apunta cómo las dinámicas de poder, afecto y dependencia que se tejen en el burdel reflejan de manera alegórica las estructuras de un país atrapado entre sus propias ilusiones y carencias. La relación entre La Garza y Jairo no escapa de esta lectura: encapsula un pacto frágil donde el afecto se cruza de forma descarnada con la necesidad de supervivencia.
Lejos de los estereotipos condescendientes, la mirada de Chalbaud y de Cabrujas construyó en La Garza a un sujeto de deseo pleno, soberano de su cuerpo y de su dinero. El vínculo amoroso mezcla el afecto profundo y la pasión en una misma dinámica. En sus conversaciones, cuando se cruzan la orfandad y los baches de su pasado —donde confluyen de forma poética las memorias de la infancia, las madres ausentes y la sombra omnipresente del petróleo—, la relación trasciende el simple intercambio utilitario. La Garza ama desde su experiencia acumulada, consciente de que el refugio que busca en ese muchacho puede ser efímero, pero lo elige con absoluta libertad y lucidez. Su vulnerabilidad frente a Jairo no la debilita; al contrario, humaniza a un personaje que ha tenido que endurecerse para sobrevivir en un entorno hostil.
Esta autonomía afectiva dialoga profundamente con las reflexiones teóricas en torno al amor maduro en las mujeres. Al respecto, la escritora e investigadora Rosa Montero señala:
"La vejez y la madurez femenina han sido tradicionalmente castradas por el imaginario social, como si el deseo fuera un privilegio exclusivo de la juventud. Sin embargo, amar a una edad avanzada exige una valentía mayor, porque se despoja de las coartadas de la inocencia y se asume desde la absoluta conciencia de la propia vulnerabilidad y de la libertad reconquistada".
Ver esta cinta hoy confirma que el fuego de las mujeres no se apaga por cumplir años y que las relaciones intergeneracionales, tanto en la ficción como en la realidad merecen fluir libres de prejuicios morales.
Salir del cine Cipreses deja una sensación clara: las pasiones adultas, cuando son genuinas y están habitadas por mujeres complejas, dueñas de su propio destino, conservan intacta su vigencia y su capacidad de conmover.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
