Durante años fui docente. Y durante años creí que estaba enseñando. Organizaba sonidos, dirigía ensambles y coros, corregía partituras. Amaba ese oficio, y todavía lo amo: la música me puso el pan sobre la mesa de esa manera durante mucho tiempo. Pero había algo que no terminaba de cuadrar.
La escuela donde trabajaba funcionaba como una línea de montaje. Los estudiantes entraban a una hora, salían a otra, se sentaban en filas, levantaban la mano para pedir permiso y respondían lo que el libro decía. Los que se salían del molde eran "problemas de conducta". Los que preguntaban demasiado eran "interrupciones". Y la música, ese saber que yo llevaba al aula, era siempre la última materia, la que se recortaba cuando había que "priorizar contenidos".
Ahí entendí algo que Paulo Freire había escrito décadas antes: la escuela tradicional es bancaria. El maestro deposita, el estudiante acumula. No se enseña a pensar: se enseña a repetir. Y el que repite bien, aprueba. El que pregunta, estorba.
Aquello de lo "universal"
Se nos ha dicho que la educación occidental es el modelo. Que las aulas graduadas por edad, los currículos uniformes, los exámenes estandarizados y las campanas que marcan el recreo son la forma "natural" de aprender. Pero no es natural: es una invención europea del siglo XIX que se expandió con el colonialismo. Antes de eso, y fuera de eso, las sociedades aprendían de otras maneras: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la imitación, en el relato.
Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, lo advirtió hace dos siglos: "Inventamos o erramos". Copiar modelos ajenos sin preguntarse si sirven para nuestra realidad es el camino del error. Él proponía escuelas para todos, aprendizaje por la experiencia, oficios junto a las letras. Formar ciudadanos, no súbditos. Y aquí seguimos, doscientos años después, discutiendo lo mismo.
¡Épale! Ese mito aquí lo rompimos
Quien les escribe desmontó ese mito cuando lleguó a la revista ÉpaleCcs. Suena raro decirlo así, pero es exacto. Porque el periodismo también es pedagogía, aunque no lo parezca. Cuando se informa con responsabilidad, cuando el objetivo es acercar la verdad a la mayor cantidad posible de gente y elevar su conciencia, se está enseñando. Y se enseña sin campana, sin filas, sin boletín.
En Épale encontré un espacio donde el conocimiento no se deposita: se comparte. Donde el barrio, la calle y la gente común son materia de estudio, no ruido. Donde un cronista puede aprender más de un vendedor de café que de un manual de estilo. Ahí entendí que comunicar es un acto pedagógico, y que la pedagogía liberadora no necesita un aula: necesita una ventana.
Freire decía que alfabetizar es leer el mundo antes que la palabra. Eso hace Épale: leer Caracas, leer su gente, leer lo que no aparece en los titulares. No reproduce el sistema: lo cuestiona desde dentro. Y quien lee esa crónica, sin darse cuenta, está aprendiendo a mirar distinto.
No se trata de quemar escuelas. Se trata de preguntarnos para qué sirven. ¿Estamos formando personas que piensan, o personas que obedecen? ¿Se enseña a leer el mundo, o solo a descifrar exámenes?
La educación occidental no es universal. Es una tradición entre muchas, y su hegemonía no vino de la pedagogía sino del poder. Mientras no lo reconozcamos, seguiremos reproduciendo en serie lo que decimos querer cambiar.

