21/09/26.
La carcajada puntiaguda del cóndor acompañaba el vuelo de las breves mariposas. Breves en tamaño y en tiempo, las mariposas pasaban de ida y vuelta frente a la roca en la que el cóndor instalaba cada día su desprecio. Lejos de preocuparse por eso, las mariposas aprovechaban sus preciosos minutos.
El cóndor se revolvía de risa.
—Vuela, vuela, pequeñita, que apenas tienes una semana de vida. Por mi parte, tengo ochenta y cinco años por delante, ¡y quizás más! Puedo quedarme en esta roca contando las veces que vas y vuelves.
La mariposa recién nacida bombeó fuerza a sus alas y aprendió a volar.
—Vamos, date prisa, que te quedan seis días.
La mariposa pasó de una azucena a una mata de lavanda, jugó con un saltamontes, se detuvo en un pétalo que parecía piel de tigre. Se subió a una semilla de cardo, y voló hasta el siguiente árbol como quien cruzara el mundo.
—Más rápido, más rápido. Te restan cinco días.
La mariposa aprendió a salvarse de los depredadores. Tuvo su batalla.
—¡Cuatro! –se rio el cóndor.
La mariposa encontró su par. La mariposa amó.
—¿Solamente tres días? Yo en tu lugar volaría más rápido.
La mariposa buscó un lugar seguro donde poner a salvo el minúsculo huevecillo del cual saldría su descendencia. No importaba que ella no estuviese allí, eso igual sucedería.
—Caramba, dos días –dijo el cóndor.
La mariposa se hizo vieja, vivió su vejez.
—¿Es hoy? –preguntó el cóndor–. ¡Qué inmensa pena!
Al día siguiente, el cóndor comenzó con otra mariposa recién nacida.
Para un búho que estuviese mirando la escena, la cuenta sería sencilla. 4 mariposas al mes. 48 mariposas al año.
En ochenta y cinco años, 4040 mariposas.
Mucho se burló el cóndor, acomodado en una roca, de las mariposas condenadas a muerte en siete, seis, cinco, cuatro...
—¿Sabes lo que significa “efímera”?
Desde luego, las mariposas, que no tenían tiempo para perder, pasaban sin responderle.
Un día, justo cuando pasaba ante él una mariposa que acababa de abandonar el capullo, el cóndor sintió un escalofrío entre el plumaje y la carne. Sus patas se doblaron. Quiso volar pero sus alas se sacudieron con pesadez.
Un búho hubiese tenido la respuesta.
—La mariposa 4039 acaba de pasar frente a ti. Han transcurrido ochenta y
cinco años.
—Pero me quedan muchas cosas por hacer –dijo el cóndor–. Estuve bastantes horas en esta roca.
—¡Vaya! –comentó el búho–. No creo que el tiempo sea piadoso con los que, teniendo alas, se quedaron a ver pasar la vida de los otros.
El cóndor anciano murió cuando atardecía.
Muchas mariposas después, su esqueleto continuaba al sol, sobre la roca.
Si me disculpan... No voy a perder tiempo escribiendo una moraleja.
De: Silfos, 2016.
Liliana Bodoc (Santa Fe, Argentina, 1958 - Mendoza, Argentina, 2018)
Escritora y poeta argentina que se especializó en literatura juvenil y adulta. Con La saga de los confines, su trilogía más famosa, compuesta por Los días del venado (2000), Los días de la sombra (2002) y Los días del fuego (2004), se mostró como la revelación argentina en el género de la épica y la literatura fantástica. Sus libros fueron traducidos al alemán, neerlandés, japonés, polaco, inglés e italiano. Con su novela El espejo africano (2008), obtuvo el prestigioso premio Barco de Vapor. Recibió múltiples galardones, incluidos los Premios Konex de Platino (2004 y 2014) y el título de doctora honoris causa por la Universidad Nacional de Cuyo en 2016.
ILUSTRACIÓN: MAIGUALIDA ESPINOZA
