21/03/25. Desde hace algún tiempo, me ha resultado útil comprender la noción de “red” al referirme a “la comunicación” “digital” u on line, como lo que realmente es, una “captura”, un quedarse atrapado, atorado en la trama de los variados dispositivos que implican no sólo una gramática de sujeción al poder instituido, con sus inherentes retóricas comerciales, cadenas de consumo filigranadas por refinados algoritmos que, una vez instaurados en la psique, condicionan el despliegue de un repertorio esperado por quien los diseña y finalmente emite.
...debemos conocer el monstruo por dentro, usando dichas redes y evitando, en lo posible, que ellas nos usen, porque como operadoras de un poder instituido, seguirán fagocitándonos emocional, afectiva, cognitiva y de manera progresiva...
Al respecto, una colega recién incorporada a uno de mis lugares de trabajo, me indica, vinculándose al tema, que se trata de un tipo de afectación, y creo que he captado lo que quería decirme, cuando le respondo que, en efecto, tiene que ver con las emociones y sentimientos que determinados mensajes elicitan en el receptor. Aquí destaquemos, por favor, que este o esta, más que una de las partes “comunicantes” es más bien, una polaridad escindida como vehículo imposible de su propia generación como tal, es decir, como ejecutante del propio acto, llamémoslo habla en tanto facultad humana y lenguaje en cuanto condición de la propia existencia social.
He dicho red, pues me siento envuelto en cada uno de sus hilos y estos, ¿qué son? ¿Acaso la “fibra óptica”? ¿El wi-fi? No, y no tan invisibles, intento pronunciarme con apenas el eco desprendido de la no-influencia. ¿Puedo ser yo, en todo caso quien “habla”, teniendo la pequeña pantalla de por medio, intentando reconocer la voz, los movimientos que “me son propios”?
No, no y pronuncio el monosílabo teniendo como fondo un mensaje borgiano: el yo, lo que se dice yo, es un imposible. Todo fluye a través del pensar y el ser colectivo, no se admite ninguna separación, ninguna singularidad.
Y vuelve la voz de la colega: lo que son gustos, mis gustos, puedo filtrarlos, puedo discriminar, ver sólo lo que quiero ver, lo demás lo obvio, nos afecta porque puedo responder…
Celebro su inocencia, tanto que extiendo mis manos para que no se nos vaya a romper en el próximo scrolling, porque además sé que ni siquiera los gustos nos pertenecen en este “mundo” mediático, no olvidemos por favor, lo que el término media-tico, signa y reproduce…
Ahora regreso a mí o a lo que pienso soy o pretendo ser, puedo tener mi IG, fácilmente traducible a un ID, una identidad desconocida, puedo rubricar mi carnet de identidad, mi cédula, para decirlo en términos criollos, puedo hacerlo, tener “mi cuenta privada”, pretender que sólo “me sigue” quien deseo, pero hay un punto, aumente o no el número de seguidores, que no hay “intimidad”, la antropóloga Paula Sibilia nos lo ha recordado muy bien: la perversidad incomunicable del espectáculo plantea, es cierto, otro tipo de subjetividad, agreguemos aquí, inevitablemente, dada sus condiciones profundamente mercantiles, alienable…
La determinación me conduce a los túneles de la memoria de quien se sabe cuerpo-psique, intentando interpelar el devenir de nuestro al parecer cada vez más insólito presente: el del tiempo fracturado, proyectado como eterno, pero hundido en su propia miseria, la del extrañamiento. Expliquemos un poco más: aun cuando las “redes sociales” puedan aparentar ser un recurso para “salvar”, “resguardar” la memoria colectiva, la propia velocidad en la que expone sus intercambiables narrativas, impone la fugacidad como premisa y esa es una de las principales formas en que, además de hacerlas desechables, imposibilita que “la afectación” pueda ser procesada realmente como una producción de sentido en quien las experiencias, bien como un espectador o como un posible productor, por ejemplo cuando ve o “realiza” un reel.
Más allá de lo caníbales en que nos convierten dichas redes, es decir, sujetos que son imágenes, historias consumidas por otros, que al mismo tiempo se nutren de otras, porque un ser es, en esencia, lenguaje, aunque a veces lo olvidemos, sí que podemos, siguiendo al antillano Glissant y a los franceses Deleuze y Guattari, posibles sujetos “rizomáticos”, es decir, que podemos expandirnos en relación horizontal con la otredad, y eso es precisamente la manera en que desplegamos la imposibilidad de un “arraigo” en los términos convencionales de céntrica profundidad que no pocas veces ocluye la posibilidad de encuentro entre los diferentes que somos.
Tal significación metafórica, como toda producción de sentido, tal vez pueda servirnos para comprender de qué manera y por qué la subjetividad no puede ser desde su anclaje al vacío que soporta la industria del consumo que son, en efecto, las redes que nos capturan… porque tal es la manera en que opera la determinación binaria del píxel y sus invariantes permutaciones. Pensarnos en términos de relación no por lo que se espera de nosotros sino por lo que deseamos acentuar como muestra de nuestra honesta autenticidad, es un primer paso para interpelar la incomunicación de las “redes sociales”.
Y como no podemos aislarnos, debemos conocer el monstruo por dentro, usando dichas redes y evitando, en lo posible, que ellas nos usen, porque como operadoras de un poder instituido, seguirán fagocitándonos emocional, afectiva, cognitiva y de manera progresiva, también corporalmente…
Muchas gracias.
POR BENJAMÍN MARTÍNEZ • @pasajero_2
ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ