24/07/25. Poco a poco vamos aprendiendo, dice ella, una adulta contemporánea, al subirse al ascensor, lo ha dicho como respuesta inmediata a la frase de otra, una tal vez un poco mayor, si no es así, no vamos a conservarlo… y es que son cinco, tal y como se ha leído en el aviso antes de entrar, "Cinco personas solamente. Máxima capacidad", aunque adentro se lea una indicación de que puede soportar hasta una tonelada, diez personas…
...allí encontramos desde el que se queda dormido, hasta el que saca su dispositivo tecnológico para además de comunicarse, ver su serie favorita…
Salimos a la superficie respirando un aire de mayor seguridad, de que contaremos con el servicio por más tiempo, nos hemos montado porque la última escalera mecánica, la más larga, no funciona y yo he querido experimentar la sensación porque he sentido como un logro compartido que al menos ya contamos con banquitos en los andenes, a pesar de que no es suficiente, de que es necesario cubrir con más asiento porque la espera, sí, la espera todavía no es muy agradable, mucho más en este mundo de múltiples aceleraciones.
La música, constante, trata de hacer ameno el trayecto, pero no puede hacerlo, no es suficiente cuando los vendedores informales, con todo el derecho que tienen al trabajo, han regresado sobre todo a las transferencias y hacen cada vez más difícil la circulación.
Cuidado que están asaltando en el metro, me dice una amiga claustrofóbica y yo la escucho atento porque siempre uso el metro, porque sigue siendo más económico que las camioneticas, porque a pesar de todo, no hay tanto ruido y si tengo suerte, capaz que llegue más rápido. Sí, como usted ha leído, lo que se supone fue creado para hacernos la vida más práctica, dado las fallas eléctricas gracias a Dios no tan constantes como antes, no siempre fluye como debería de ser.
Sin embargo, a pesar de todo, el metro, en cierta forma, sigue siendo un lugar de tránsito sociable, no es para nada, como diría el antropólogo posmoderno francés, Marc Augé un “no lugar”, es un lugar, un punto de encuentro, no hace mucho por ejemplo, un coro exponía su repertorio en plena transferencia de la estación Plaza Venezuela, el más emblemático punto de conexión de todo el sistema metro, y allí estábamos, los que no íbamos muy apurados, deleitándonos, incluso otros realizaban grabaciones con sus teléfonos.
La escena me recordó, los galerías en otra transferencia, la de Capitolio, donde también el arte se muestra sobre todo a nivel fotográfico, pero más allá, el metro es toda una galería, tan dentro de las estaciones como fuera de ellas: se ha integrado el arte como vivencia y eso, incluyendo, claro está, más allá de autores conocidos, como Escobar, Narváez, Soto, Bastardo, Politano, Silvestro, Delozanne, Abend, Daini… invitándonos a experimentar nuestro tránsito como algo más que un mero traslado.
Y si tal vez cierta sensación de ansiedad o algo similar nos alcanzara, común en toda metrópoli, no siempre, al menos en el metro de Caracas, es la de inseguridad, pues allí encontramos desde el que se queda dormido, hasta el que saca su dispositivo tecnológico para además de comunicarse, ver su serie favorita… y que así sea. Para lo cual, claro, no podemos dejar de insistir en una mayor articulación entre los servidores públicos del metro en sí y los cuerpos de seguridad.
Y en este mismo sentido, aprovecho para celebrar, el trato siempre cordial de las y los reservistas, en su mayoría personas adultas mayores que orientan en los torniquetes, las y los jóvenes que están atendiendo en las casetas, el aumento de las tarjetas y la implementación del sistema biopago para su venta y recarga, así como también, la progresiva iluminación y ventilación de sus espacios. ¡Sigamos!
POR BENJAMÍN EDUARDO MARTÍNEZ HERNÁNDEZ • @pasajero_2
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta