05/02/26. Cuando frente a uno hay una figura totalmente inerte y al lado una que se mueve, que está viva, seguramente vamos a concluir que la que está quieta no está viva, o lo que no es lo mismo, que está muerta. Tal vez por eso en una habitual reducción al absurdo, asumimos que el movimiento es señal de vida.
Asumimos una quietud, casi una inmovilidad, sin que eso signifique que estamos muertos o entregados. Que algún momento será el momento, y como las estatuas en el escenario, nos moveremos con toda la fuerza de una dignidad agazapada porque la historia debe continuar.
En muchos montajes se presentan escenas con un actor completamente inmóvil, haciéndose el muerto. En ese caso suele estar esparramado en el piso, en un sillón o totalmente quieto y obediente a la gravedad, con su cuerpo pendiendo de algo que lo sostiene. También puede ser que la inmovilidad pretenda aparecer en escena como una estatua, de manera que llegado el momento haga algún gesto o diga una palabra y esto sorprenda al espectador.
Cuando el actor tiene que fingir estar muerto en escena hace un esfuerzo por no moverse, a veces “la muerte” viene precedida por una carrera, una pelea, una acción que demanda esfuerzo, entonces el “cadáver” trata de controlar la respiración, pero necesita oxígeno. El iluminador trata de atenuar la luz, los otros actores tratan de enfocar la atención sobre otra cosa, pero muchos de los espectadores no pueden apartar la vista del diafragma que, por cuenta propia, se ensancha y disminuye sin importarle las intenciones del actor. Todos saben en las butacas, también en el escenario, que el personaje está completamente muerto y todos saben que el actor esta completamente vivo. Pero se acepta sin ningún reparo: La función debe continuar.
Esa paradoja sostiene cualquier pieza escrita, cualquier montaje, cualquier actuación. Nadie espera que lo que ve en escena sea real, pero todo exige que sea verdad.
En la vida cotidiana pedimos que realidad y verdad sean una sola cosa, sabemos que, al igual que en escena, hay verdades difíciles de expresar o de aceptar y realidades que ni siquiera percibimos. Establecemos acuerdos tácitos y actuamos en consecuencia. A veces olvidamos inmediatamente, otras no podemos olvidar pero nos hacemos los pendejos, otras no sabemos qué pasa, pero se hace evidente que no todo es verdad, no todo es real; entonces nos envuelve la incertidumbre. Asumimos una quietud, casi una inmovilidad, sin que eso signifique que estamos muertos o entregados. Que algún momento será el momento, y como las estatuas en el escenario, nos moveremos con toda la fuerza de una dignidad agazapada porque la historia debe continuar.

POR RODOLFO PORRAS • porras.rodolfo@gmail.com
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta