16/04/26. Cada vez que he pisado suelo cubano he tenido la certeza de estar atravesando la historia. No la de los manuales o de los documentales, sino esa epopeya viva y romántica que sembraron Fidel y el Che en el imaginario de los jóvenes latinoamericanos de mediados del siglo XX. Caminar por La Habana, con sus fachadas derruidas derrochando dignidad, es sentir el pulso de un pueblo que ha decidido mantenerse en pie frente a la embestida más despiadada que puede sufrir una nación: el asedio de la potencia hegemónica del hemisferio.
...su ejemplo permanecerá intacto en la memoria histórica de Nuestra América. Es un ejemplo diminuto en el mapa, pero infinito como toda ilusión, demostrando al mundo que la dignidad no se negocia...
Lo que hoy se vive en la isla es la continuidad de una lucha titánica, una batalla de David contra Goliat que se ha profundizado y vuelto más cruenta en tiempos recientes. El bloqueo norteamericano constituye una monstruosa política de asfixia económica y financiera diseñada para quebrar la voluntad humana. En la era del supremacismo y la retórica gangsteril de Donald Trump, las amenazas se han tornado más crueles, activando mecanismos para cortar el poquito de oxígeno que le quedaba a la economía cubana. Se busca rendir por hambre y desesperación a una sociedad que, desde 1959, cuando los barbudos de la Sierra Maestra derrocaron al tirano Fulgencio Batista para devolver la isla a sus moradores, eligió un camino propio de libertad.
Sin embargo, la resistencia cubana se nutre de algo que las sanciones no pueden bloquear: su alma cultural. La isla se defiende con la música que se escapa por las rendijas de sus ventanas, con el aroma del tabaco recién cortado que se mezcla con el aire salado de Malecón y su beso con el Caribe, y con una hospitalidad que parece desconocer la hostilidad de su entorno geopolítico. He andado por sus calles, sintiendo esa soltura de puertas abiertas y de cara al sol que caracteriza a su gente, una calidez que se resiste a ser desconectada.
Esa identidad es un bastión. Es Silvio Rodríguez dispuesto a tomar el fusil; es la Vieja Trova Santiaguera bailando y cantando con la fuerza centrífuga de su ancestralidad; es Pedro Juan Gutiérrez, el "Bukowski de la Habana", que en sus crónicas sucias y realistas desnuda la fibra humana sin perder la ternura. Es Tomás Gutiérrez Alea y su mirada incisiva ante las contradicciones, hurgando los tuétanos del absurdo en películas como La muerte de un burócrata o Fresa y Chocolate; es Lezama Lima y su poesía paquidérmica y barroca. Recordamos con Cuba a Buena Vista Social Club, a la Orquesta Aragón, a Omara Portuondo y a una legión de autores que han mantenido viva la llama del pensamiento crítico como la poeta Nancy Morejón y el filósofo Pablo Guadarrama. El arte cubano no es una anécdota: es un escudo contra el imperialismo cultural que quiere arrasar con su grotesco poder colonizador.
El futuro es incierto (todos los futuros se nos vuelven inciertos) y, probablemente, no será muy halagüeño en el corto plazo. Los lobbies de la "gusanera" mayamera siguen presionando para estrangular la economía, y el poderío norteamericano sigue tratando de imponer su ley mediante el miedo. Pero a pesar del atropello, de los años de carestía y de la decadencia material visible en sus paisajes urbanos, Cuba sigue invocando la solidaridad y la humanidad.
Quizás les depare tiempos de más oscuridad, pero su ejemplo permanecerá intacto en la memoria histórica de Nuestra América. Es un ejemplo diminuto en el mapa, pero infinito como toda ilusión, demostrando al mundo que la dignidad no se negocia, y que incluso con el sol en los ojos y la muerte en la puerta, se puede seguir soñando en pie.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta