A mi madre, mis abuelas y demás maestras.
de la parroquia Coche, Caracas.
24/04/26. Desciendo por las ondas que transmiten las noticias de la radio, anuncian un nuevo curso, uno más de la gran diversidad que realizan los vecinos en la vieja casona colonial.
...las bibliotecas no han muerto, ellas resucitan cada vez que la humanidad abre los párpados de un libro para encontrarse a sí misma.
Entre pinos, eucaliptos, araguaneyes, acacias, samanes, jabillos, bucares y los pequeños edificios, el aviso tallado en madera recién pintada: Biblioteca Pública Municipal.
Voy y anoto el número de una cédula recién sacada en la oficina a un costado del mercado, llevo lo necesario, las ganas y lo que creo que puedo necesitar: lápiz, borra, sacapuntas y cuaderno.
¿Llegó el profesor?, sí, ahí está, en la placita bajo el jabillo, me asomo, abro bien los ojos y vuelvo a entrar, ¿ese que está ahí?
Sí, él, es un poeta.
¿Un poeta?, sí.
Y es que no lo parece, sin embargo, me acerco.
Mucho gusto, digo mi nombre extendiendo la mano, cierra el diario, mucho gusto, sonríe: Miguel James.
¿Te gusta la poesía?, ¿los cuentos?
Algo.
¿Escribes?
Sí, algunos cuentos.
¿Lees?, ¿qué te gusta leer?
Digo nombres, algunos, los que me vienen de pronto: Julio Verne, Robin Hood, historias de animales…
De pronto me encuentro en un pequeño salón en el segundo piso de la biblioteca, estoy rodeado de gente mayor, estudiantes universitarios, no entiendo mucho lo que dicen, un coro de cigarras, de ramas movidas por el viento, eleva otros nombres: Rubén Darío, Pablo Neruda, García Lorca, Gabriela Mistral, Andrés Eloy Blanco…
Respiro, un camino de eucaliptos me conduce a un recital al otro lado de la ciudad, otros jóvenes me acompañan, digo mis versos emulando las entonaciones del maestro, armo otras imágenes al leer y otras más van mutando cuando finalmente las plasmo en el papel, una tras otra ofrendan algo parecido a enseñanzas bíblicas.
Me asomo al balcón, un horizonte que llaman “tierra de nadie” con la gran montaña al fondo me recuerda hazañas logradas y por lograr, otros recorridos me esperan, media vuelta y voy entrando en ellos.
Libros y más libros ordenados por materias, orden alfabético, estantes tras estantes me pierden en múltiples universos, me tienen, me entretienen, capturan el instinto para expandir el ser hacia allá, hacia donde puedo reconocer mi ínfima existencia y al mismo tiempo eslabón de una infinita continuidad.
Cada libro reencanta el mundo cada vez que es leído, un mundo que a veces, es cierto, aparece agonizando entre los escombros, descendiendo las escaleras en espiral como si estuviera en la mismísima obra de Dante, en otra sala a la diestra evadiendo una vez más el olvido, realiza un taller de origami, otro lenguaje fecunda las manos, un poco más allá, hacia la izquierda, otros cuerpos van dejando su cascarón para alcanzar posteriormente un jardín borgeano.
Abandono el recinto cruzando la puerta de cristal, no sin antes advertir otra vez a mi derecha, una gran roca de signos “prehispánicos” como si aquellas inscripciones talladas pudieran pertenecer a una misma lógica universal.
Camino en dirección al metro, pensando en que esta llena biblioteca, aunque un poco más amplia a la que solía visitar en mi niñez, pertenece a una ineludible tradición hecha voluntad inalienable: leer para ser.
La pregunta trazada en lo alto del frontispicio de este pasaje ha sido respondida: las bibliotecas no han muerto, ellas resucitan cada vez que la humanidad abre los párpados de un libro para encontrarse a sí misma.
Lo digo a mitad de esta semana cuando las llamadas “redes sociales” de Internet invitan a participar en una amplísima gama de actividades que se están realizando en diversas bibliotecas del mundo para celebrar precisamente eso que somos: el libro, la lectura, el idioma, la palabra, el gesto, es decir, el amor que nos funda como humanidad.
Sigamos pues, escribiendo-nos, leyendo-nos y haciendo de las bibliotecas uno de los lugares más sagrados creados por mujeres y hombres que saben lo que es, como dijo Gabriel García Márquez, vivir para contarla.

POR BENJAMÍN EDUARDO MARTÍNEZ HERNÁNDEZ • @pasajero_2
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentint