24/04/26. El que no conoce a Aquiles Nazoa, no conoce la sonrisa de Caracas. Porque este poeta, periodista, dramaturgo y humorista caraqueño fue mucho más que un hombre con una pluma. Fue un mago al que las palabras le brotaban en chispazos de ternura y carcajadas rebeldes. Nazoa le habló al pueblo, no para bajarse de un trono de intelectual, sino para caminar a su lado, descalzo, celebrando lo sencillo y poniendo el dedo en la llaga sin perder la gracia.
Leer a Nazoa es un acto de celebración callejera. Nos enseñó a ser un poco más humanos, a reírnos de las grandezas disfrazadas y a encontrar en las cosas más sencillas la verdad más profunda.
Un jardinero de almas en El Guarataro
Nació un 17 de mayo de 1920 en el barrio El Guarataro. Su papá era jardinero. De ahí le vino la maña: Aquiles no cultivaba plantas, sino jardines enteros de ilusión y crítica. De aprendiz de carpintería, botones en un hotel, a guía turístico en el Museo de Bellas Artes supo del sudor del trabajador, de la miseria y la grandeza del barrio. Aprendió, sobre todo, a mirar a su gente con los ojos limpios y agradecidos que siempre invitó a sus lectores a usar.
De la risa con filo y el amor sin pantalla
Se metió en los diarios más grandes del país, como El Universal y El Nacional, con su columna Punta de Lanza. Ahí estuvo dando puntazos, con humor fino pero certeza de acero. Con esa misma valentía, en 1956 fue expulsado del país por la dictadura de Pérez Jiménez. Y claro, también lo acompañó la poesía del amor, ese motor que lo llevó a escribir la delicia de Caracas, Física y Espiritual, con la que ganó el Premio Municipal de Literatura en el 67.
El maestro de los animales imposibles
Pero su legado, creo yo, se entiende mejor con las historias que él mismo nos regaló. Porque Nazoa no se mide en tomos empolvados, sino en la forma en que nos enseñó a mirar. Y para entenderlo, no hay mejor idea que la de su caballo que se alimentaba de jardines. El cuento empieza con una maravilla: "Yo conocí un caballo que se alimentaba de jardines... cuando uno le miraba los ojos las cosas se veían de todos los colores en los ojos del caballo". Y lo mejor no era solo eso, sino que todo se veía "como si tuviera siete años".
Ese caballo multicolor se paseaba por la plaza, comiéndose las flores, y transformaba todo lo que miraba. Ese es el primer legado de Nazoa: enseñarnos a mirar la realidad con la ternura del que todavía cree en la magia. Porque él se alimentó de los jardines de su pueblo —el humor callejero, la política desgraciao, el amor más puro— y todo lo que tocaba lo volvía poesía.
Y si el caballo era la ternura, el burro flautista era la pura necesidad de cantar sin pedir permiso. Porque Nazoa también fue ese burro que se atrevió a hacer música sin partitura, riéndose de las solemnidades y demostrando que el arte verdadero nace muchas veces del puro gusto de hacerlo. Y así, entre el caballo que florece jardines y el burro que toca por puro placer, apenas se asoman otros personajes suyos: Caperucita criolla, esa versión venezolanísima del cuento clásico, o Caballo de manteca, otra belleza frágil. Todo ello dicho con la parquedad de quien sabe que las grandes enseñanzas se quedan más si apenas se nombran, como una caricia al viento.
El legado que sigue respirando
Leer a Nazoa es un acto de celebración callejera. Nos enseñó a ser un poco más humanos, a reírnos de las grandezas disfrazadas y a encontrar en las cosas más sencillas la verdad más profunda. Su legado no está en una estatua, sino en esa flor que crece cada vez que alguien elige ver el mundo con la sabia inocencia de quien sabe que lo más sencillo es, al fondo, lo más cierto. Por eso, cuando uno lee a Aquiles Nazoa, el mundo, por un momento, vuelve a tener siete años. Y eso, en estos tiempos, es la más sabia de las rebeldías.

POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancorui