01/05/26. Hay lugares donde el tiempo se vuelve madera. La Red de Artes, en Caracas, fue uno de ellos durante una mañana que nadie olvidará. Allí, bajo el nombre modesto de "conversatorio", ocurrió algo más parecido a una ceremonia: dos luthiers, un puñado de oyentes, y la directora del espacio como sacerdotisa de un sable que vibra en las cajas de resonancia del cuatro venezolano.
... por unas horas, el cedro y la caoba hablaron. Los alquimistas del sonido demostraron que la magia no requiere varitas mágicas: requiere paciencia, oficio, y una comunidad...
Yo llegué con mi celular en mano como herramienta de trabajo, pero también con las uñas llenas de música de cuerdas. Porque no solo reportaba: aquella mañana me sentía en mi propio elemento, entre hermanos de oficio que hablaban el mismo idioma de la madera y el pulso.
Al llegar, el lugar estaba repleto de personas. Algunas caras conocidas, otras no tanto. Pero lo que más me marcó fue la elocuencia con que los maestros transmitían las ideas: permitía comprender no solo el oficio de la luthería o la magia de la música, sino la urgente necesidad de que nuestra cultura se transmita hacia las generaciones más jóvenes.
“Hoy hemos tenido una experiencia lúdica, profunda y del conocimiento”, dijo Araceli García, directora de la Red de Artes, con los ojos brillando. Y no exageraba. Porque lo que ocurrió fue, ante todo, un desenterramiento. Se desenterraron maderas dormidas, oficios que parecen hechicería, y una certeza: en Venezuela, a pesar de todo, hay hombres y mujeres que convierten el cedro en voz.
Los magos y sus maderas
Juan José Hernández llegó desde el taller de luthería de la Universidad Bolivariana. César Rivas, desde el corazón del 23 de enero. Ambos se sentaron frente a los asistentes como quien va a revelar un secreto milenario. Y hablaron de lo que parecen cosas simples: la dureza de la caoba, la flexibilidad del cedro, la manera en que la madera “respira” cuando la trabajas.
"Yo he trabajado con muchísimas maderas", explicó Juan José, "pero el cedro es la más versátil. Sirve para absolutamente todas las partes del cuatro. Es nuestra madera, criolla, y con ella podemos construir un instrumento soberano". La palabra “soberanía” flotó en el aire. No era un discurso político vacío. Era la constatación de que, mientras haya cedro y manos dispuestas, el país puede fabricar su propia alma sonora sin pedirle permiso a nadie.
César Rivas, por su parte, añadió un conjuro aún más asombroso: "Hay que romper el mito de que el cuatro es muy difícil de hacer. Se puede hacer hasta con materiales sintéticos reciclados". No se trata sólo de tradición, sino de reinventar la magia con lo que se tiene a mano. Él aprendió el oficio en 2012, llegando desde la música: “Aprendí luthería para poder hacer mi propio instrumento”. Y desde entonces forma parte de la Red de Constructores de Sonido, una hermandad que agrupa a la mayoría de los luthiers del país.
El hechizo de la transmisión
Pero la verdadera magia no está solo en construir. Está en enseñar. Araceli García lo planteó como una urgencia: "Si el trabajo de difusión no se hace de forma masiva, ese conocimiento se queda en la intimidad del hogar. Se pierde la transmisión generacional". Por eso celebraba el censo de la Gran Misión Viva Venezuela, que registró 189 mil artesanos en el país. “Una muy buena parte son constructores del sonido”, dijo. Gente que, entre dificultades, insiste en darle forma a la identidad.
Juan José recordó que antes no había escuelas de luthería. "Era cosa de uno o dos discípulos por maestro. Eso cambió en los años ochenta, con los talleres de la Fundación Bigott". Hoy existen escuelas en Caracas, Lara, Falcón, y el cuatro venezolano se fabrica incluso en Japón. César Rivas sueña con más: “Que la luthería sea una cátedra en la escuela, en el liceo, en la universidad, como en Argentina”. Y la Red de Artes, con este conversatorio, dio un paso para que ese sueño se extienda.
El cuatro: un instrumento sin fronteras
La magia también habita en la versatilidad del cuatro. No es folklore solista. Araceli lo dijo maravillada: "Con el cuatro puedes tocar un polo margariteño, pero también jazz o blues. Hay jóvenes en redes sociales tocando Sympathy for the Devil con el cuatro. Es extraordinario". Juan José añadió la raíz: "Esa copla alargada del canto indígena con la armonía del cuatro suena perfecto. Es nuestra música". Y César recordó que el cuatro ha entrado hasta en las comunidades originarias cariñas, volviéndose parte de su voz.
Fuera de la sala de la Red de Artes, Caracas seguía con sus ruidos cotidianos. Pero adentro, por unas horas, el cedro y la caoba hablaron. Los alquimistas del sonido demostraron que la magia no requiere varitas mágicas: requiere paciencia, oficio, y una comunidad dispuesta a escuchar y aprender. La Red de Artes tendió el puente. Y yo, como músico de cuerdas, me fui con la certeza de que allí no solo se habló de madera y notas: se sembró una semilla que ojalá florezca en cada joven que alguna vez soñó con hacer hablar a la madera.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
FOTOGRAFÍAS NATHAEL RAMÍREZ • @naragu.foto