12/05/26. No es solo un reportero gráfico. Francisco “Frasso” Solórzano — fotógrafo de Últimas Noticias y El Nacional, ganador del Premio Rey de España (1989) y del Premio Aníbal Nazoa— convirtió su cámara en una herramienta de memoria histórica. Sus imágenes del Caracazo, aquellas que mostraron al mundo los más de dos mil muertos que la versión oficial ocultó, son hoy un archivo de la herida venezolana. Esta entrevista no pretende sólo contar su vida, sino entender por qué, treinta y cinco años después, “prohibido olvidar” sigue siendo un lema incómodo y necesario.
...está prohibido olvidar... Documenten con verdad, sin miedo. La fotografía es la única que al final se queda.
Llegamos como a las diez y media. Nos abrió la puerta con un abrazo de esos que parecen de siempre. Frasso nos invitó a pasar. La sala era modesta, llena de libros, cajas con fotos y una luz que entraba por la ventana. Él habla rápido, entre risa y risa mete algún “coño”. Nathael —mi compañero reportero gráfico, otro loco del lente— conecta al instante. Pero es Frasso quien se fija primero, ve el equipo de Nathael, pregunta, señala. Apenas saca una cámara, Nathael se inclina, toca. Yo, que no soy fotógrafo, sólo atino a sonreír. En un momento Frasso pregunta “¿tú tomas café?”, asentimos, él sirve tres tazas y yo ayudo. La conversación empieza a rodar. Entre café y recuerdos, voy soltando solapadamente las diez preguntas que traía preparadas. Aquí van, casi como las respondió.
¿Dónde estaba usted el 27 de febrero de 1989 y qué lo hizo tomar la cámara?
En el periódico. Vi el primer autobús quemado en La Teja. La gente tiraba piedras, basura, y la policía le cayó a plomo. Aquello no era un motín, era un levantamiento.
De todas esas fotos, ¿cuál le duele más recordar?
Dos. Una señora que le mataron un hijo, su cara quedó pegada en la pared. La otra no es del Caracazo, es de Jerusalén, una niña de seis años pidió auxilio dentro de un carro, le dieron 178 disparos. Eso me da una tristeza arrecha.
Usted habla de más de dos mil muertos. ¿Cómo sabe?
En el Cementerio del Sur registraron más de ochocientos muertos. Yo fui testigo en La Peste, 72 cadáveres en bolsas. El Estado no los ha identificado con ADN. Esa deuda es muy dura. La cifra oficial es mentira. Lo digo porque lo vi.
¿Qué sintió cuando su foto del camión de cadáveres dio la vuelta al mundo y le dieron el Rey de España?
La tomé en Petare. Con ella gané el premio en el 89. Mis compañeros del El Nacional me hicieron un almuerzo. El premio es una pieza de mármol y bronce, pesa un montón. Se me ha partido, pero lo guardo con orgullo. Ningún otro venezolano lo ha ganado.
Con tanta censura, ¿cómo logró que esas imágenes salieran?
En El Nacional se publicaron. Estuve detrás de un carro de perros calientes que me cubría de la plomazón. La verdad no se pudo esconder. Mis imágenes mostraron los muertos en la calle.
¿Por qué "Prohibido olvidar" es tan potente e incómodo?
La fotografía es una acción permanente contra el olvido. Ese lema recuerda lo que muchos quieren enterrar. Los pueblos que no recuerdan sus errores pueden volver a cometerlos. El Estado tiene una deuda con los muertos de La Peste. Por eso hay que decirlo siempre.
¿Cómo ha cambiado su día a día como reportero gráfico en Caracas, desde el 89 hasta hoy?
Antes el riesgo era el plomo. Ahora el ruido digital entierra la noticia. Pero sigo saliendo. El Caracazo me enseñó a estar donde duele. Y ahora me dedico a los atardeceres: tengo más de mil, desde la Guajira hasta Carúpano. Si vendo dos al día, me hago millonario. Es otra manera de no olvidar, mirar el país desde la belleza.
Cuando habla con jóvenes que no vivieron el Caracazo, ¿qué nota que falta?
Falta memoria. Hemos sido mezquinos con la historia. En las escuelas debería discutirse como un problema social. He ofrecido dar clases de fotografía sin sueldo, sólo para que el ojo se entrene. No me han llevado.
¿Qué lección le daría a quienes documentan la realidad venezolana hoy?
Primero, que la memoria no sea el olvido. Segundo, que lo enseñen en las escuelas. Tercero: está prohibido olvidar. El Caracazo fue el cierre de una etapa y la apertura de otra. Documenten con verdad, sin miedo. La fotografía es la única que al final se queda. El Premio Nacional no me lo dieron, pero me queda el orgullo. El Aníbal Nazoa, ese sí lo acepté.
Háblenos de sus proyectos actuales, especialmente la exposición.
Estoy montando una muestra en el Museo de Bellas Artes con Orlando Ugueto y el fallecido Franklyn Suárez. Es una cronología de mi vida y la fotografía venezolana desde 1973. El Caracazo, Oscar de León, Rosita Caldera, las manos de Inocente Carreño, los diálogos de paz, Jerusalén, y mis atardeceres. La fotografía es un aprendizaje diario. Si Dios quiere, pronto la inauguramos.
Terminamos las preguntas. La entrevista se quedaba corta, "me faltó tarde" repetí varias veces. Frasso es un libro de historia viviente. Cada anécdota abría otra. Viajamos a Palestina, a la Vía Dolorosa, al Muro de los Lamentos. Nos presentó a Chávez humano, cercano, y a Fidel, resistente e indoblegable, con sus manos cuidadas. Llegamos a los wayúu de La Guajira, a sus rostros. Viajamos en atardeceres de playa y montaña. Todo con una taza de café de por medio, servida por quien escribe.
En un momento Frasso recitó un poema suyo. Rescatamos este fragmento:
“Quiero la paz que nace en la libertad y el amor.
No quiero la paz de labios silenciosos frente al genocidio palestino.
Quiero la paz del mar tranquilo, del mar que nos regala el sustento inacabable.
Quiero la paz que la patria necesita”.
El poema completo fue recitado por Frasso durante la conversación. Reposa en su archivo personal como un pendón, junto con miles de negativos. Esta entrevista respeta sus palabras y su humor, sin exageraciones. A veces la mejor entrevista es la que no parece entrevista.
Calló, miró la ventana y repitió la frase que nunca sobra: “Un pueblo que no recuerda sus errores es capaz de volver a cometerlos”. Afuera Caracas sonaba. Adentro, la memoria se volvió acto vivo, con sabor a café y verdad sin pose. Nathael aún miraba las fotos del camión de cadáveres. Frasso reía por algo del Marginal Pérez, refiriéndose a su amigo José Manuel Pérez quien fue cronista de sucesos en el diario Últimas Noticias y con el que casualmente comparto nombre y apellido. Antes de irnos soltó: “La fotografía es la única que al final se queda; hay que usarla como un coñazo, pero con cariño”. Nos reímos, nos abrazamos. Frasso se quedó en la puerta despidiendo con una mano. La próxima vez él pondrá el café otra vez, y quizá yo vuelva a prepararlo.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
FOTOGRAFÍAS NATHAEL RAMÍREZ • @naragu.foto